ver más

A pesar de que la enciclopedia virtual Wikipedia lo ubique todavía como “Steve McQueen (director)”, mientras que para la búsqueda “Steve McQueen” salta la estampa del rubio actor estadounidense, lo cierto es que este director, británico y negro, de 44 años, va ganando en peso, en respeto y en admiración dentro del mundo del cine, a base de talento.

Con solo tres largometrajes, varios cortometrajes previos, películas y algunas exposiciones de arte (pintura, escultura e instalaciones), McQueen demuestra su sensibilidad visual, su ritmo plástico, sus ideas de cómo narrar una historia, una fuerza tremenda y un gran esteticismo en la forma de mostrar la violencia de sus historias. Y sobre todo, peso, en el buen sentido de la palabra. En un momento en que lo “pesado” huye de todos los proyectos artísticos, en una época donde la liviandad de la pavada lo ocupa casi todo, es una buena cosa saber que no todo está perdido y ver las películas de McQueen es un buen argumento para demostrarlo.

Su último filme es 12 años de esclavitud, una de las nominadas al Oscar, que versa sobre una historia real que sucedió a mediados del siglo XIX en el sur de Estados Unidos. Un negro que vivía en el norte con su familia como hombre libre llegó engañado a Washington, donde lo secuestraron y lo mandaron a una plantación, primero algodonera y luego cañera, como esclavo.

Según contó Brad Pitt (quien tiene un papel secundario y es además productor de la película) en una entrevista reciente a la revista Rolling Stone, McQueen tuvo dos razones muy fuertes para filmar 12 años de esclavitud. Por un lado, le encantaron las memorias de Solomon Northup, el músico que sufre el secuestro y las penalidades durante más de una década en el infierno que era el Sur para un negro. Pero por otro lado, el director quería hacer una película sobre la esclavitud porque hay muy pocos filmes sobre ese período. “Tuvo que venir un británico a decirnos eso”, declaró Pitt. (También es cierto que no existen demasiados filmes sobre las diversas formas de esclavitud que aplicaron los ingleses a lo largo de su imperio alrededor del mundo).

Uno de los muchos méritos que tiene la película (además de los plásticos, técnicos, narrativos) es el discursivo. Con un tema tan políticamente correcto como la esclavitud, McQueen no pretende con esta historia hacer un panfleto sensiblero de la cuestión. 12 años de esclavitud sí pone en primer plano, por supuesto, las barbaridades del régimen esclavista y las particularidades de algunos personajes con los que se cruza Solomon a lo largo de su trágico periplo por las plantaciones. Con solo ser históricamente descriptiva, la película ya se ubica de determinada posición.

Pero no hay música barata de violines ni escenas lacrimógenas inducidas, ni los típicos clichés de Hollywood, ni efectos forzados que descolocan al espectador atento. Sí hay una gran película, que emociona por el impacto de lo que se ve y por la manera en que se ve lo que se ve.

Luego de su debut con Hunger, sobre los últimos días de un preso irlandés del IRA, y de Shame, sobre un hombre melancólico adicto al sexo e incapaz de iniciar una relación con nadie, McQueen traza con 12 años de esclavitud su tercera raya sobre el firmamento del cine actual. Los proyectiles llegaron a destino. Y siempre con la cara del actor Michael Fassbender como fetiche.

Lejos del facilismo campante, los personajes de McQueen (un preso, un marginado emocional y un esclavo) luchan y dan su vida por salir de esa situación, aunque queda para la discusión si lo logran del todo. Solo quedan aplausos y esperar el próximo proyecto de alguien que, más allá de tocayos, ya tiene nombre propio.
Seguí leyendo