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De cara a un escenario internacional turbulento e incierto, el gobierno uruguayo se embarca en una aventura que puede costarle muy cara. La Rendición de Cuentas era una instancia clave para que las autoridades dieran muestras tanto a los uruguayos como al resto del mundo de que el país entiende los retos de una inminente crisis internacional y reacciona de la manera más acertada: con prudencia y responsabilidad en la definición del gasto.

Pero no. Lejos del consenso político, que es la clave para salir inmune cuando los vientos de la economía mundial soplan en contra, el gobierno se divide.

Y hoy los encontronazos entre astoristas y mujiquistas a la hora de concebir el manejo de las finanzas públicas tiene una connotación muy diferente a cuando la discusión se daba en un contexto de sólido crecimiento y un escenario internacional adverso pero nada caótico.

Quizá tengan razón los integrantes del equipo de asesores más cercanos al presidente, compuesto por técnicos de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y otros expertos afines a políticas más activas de redistribución del ingreso, cuando señalan que el país todavía enfrenta problemas sociales que no se solucionan con más crecimiento económico.

Sin embargo, los planteos de mayor gasto social para cumplir los compromisos electorales se enfrentan con la restricción que impone el contexto actual.

De cara a la expansión de la crisis europea, en un escenario de desaceleración y un posible estancamiento de los grandes países emergentes, una expansión del gasto público representa un incremento de la vulnerabilidad de la economía uruguaya. Eso lo saben el ministro de Economía, Fernando Lorenzo, y el vicepresidente de la República, Danilo Astori. Saben que no se puede seguir apuntalando el gasto con dinero que Uruguay hoy no tiene y al que cada vez va a ser más difícil acceder en el mercado de capitales.

Quizá el mujiquismo subestime la amenaza externa y se sienta confiado en una bonanza que en cualquier momento puede llegar a su fin.

Lo cierto es que el enfrentamiento interno entre los principales líderes de la política económica no contribuye a la hora de generar un escudo en materia de confianza.

Porque ahí va a estar el principal desafío para Uruguay: en diferenciarse del resto del mundo y generar la imagen de un oasis en medio del desierto de oportunidades. El país puede ser un imán para los inversores deseosos de rendimientos a bajo riesgo, pero para eso debe ser considerado como una alternativa segura, conducida por líderes que saben lo que hacen y sobre todo, lo que no deben hacer.
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