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Siempre queda bien pegarle a la música pop de la década de los 1980. El problema es que quienes creen que esos años fueron solo sintetizadores, efectitos y hombreras en grupos surgidos de turbias discotecas de Baleares, dejan de lado otros que transitaron caminos menos obvios.

Uno de esos personajes fue Robyn Hitchcock, un inglés hoy canoso y con un estampa que a golpe de vista recuerda un poco a Andy Warhol, que esta noche inicia una serie de dos conciertos en Lindolfo.

Mientras los rebaños ochentosos se iban tras quienes marcaban la tendencia discotequera, mientras muchas bandas decidían colgar los instrumentos tradicionales y pasarse a las máquinas, Hitchcock emprendía un camino personal por los paisajes más tradicionales del trovadorismo, como si su solitaria guitarra acústica fuera el bastón para caminar esos submundos.

Cuando el mundo entero cantaba como un himno el tema Stop, de Erasure (con su famoso “We’ll be together again” del inicio) Robyn Hitchcock homenajeaba a músicos de la rancia tradición folk inglesa, como Donovan o Syd Barrett, o a músicos de la rancia tradición yanqui, como Bob Dylan; todo eso mezclado en una ensalada aderezada con canciones de un timbre y una fuerza digna de Lennon.

Un “neosicodélico”
Londinense formado a inicios de los 70 en la ciudad de Cambridge (cuyo ambiente universitario propenso a los encuentros y a las influencias ha dado frutos hasta hoy), Hitchcock integró la banda The Soft Boys, una fusión entre pop y ritmos cercanos al punk, con la última digestión de Pink Floyd y un estudio sistemático de los lados B del Álbum Blanco de los Beatles.

Con los Soft Boys solo editó dos discos: A can of bees, en 1979, y Underwater moonlight, de 1980.

Por momentos sonaban como unos Kinks menos estilizados y más herméticos, o como una versión más surrealista que grupos más “proletarios” como The Jam, los Soft Boys junto a otras bandas laterales del sistema comercial recibió el nombre de “neo-sicoledia” y se diluyeron poco después del segundo disco.

Guitarra y voz
Esta soledad le permitió a Hitchcock grabar un par de discos donde tocó la mayor parte de la instrumentación. Pero la crítica los despreció y no pasaron de ser intentos de algo que hizo eclosión en un disco de 1984 que se sostiene en su voz y en su guitarra y que se llamó I often dream of trains.

Allí sembró la semilla del Hitchcock que se verá y escuchará en Lindolfo. Estará plantado frente a un auditorio íntimo (no entran más de 100 personas), con una guitarra acústica, una voz que aún se mantiene en buen estado (basta ver sus videos en vivo en internet), una poesía por momentos surrealista, por momentos con apuntes sociales, por momentos con simples y contundentes letras de amor. No más que eso. Lo que no es poco.

Volvamos a la historia. Poco después de su disco acústico, Hitchcock formó una nueva banda, The Egyptians. Junto a ellos (dos exintegrantes de los Soft Boys) grabó un par de discos que funcionaron muy bien en el creciente canal musical de televisión MTV.

En medio del éxito con los Egyptians, Hitchcock hizo un alto solista y grabó su disco paradigmático: Eye, de 1990, de nuevo a contrapelo de la corriente y considerado por muchos críticos como el punto más alto de su carrera. Las baladas de este disco integran su actual repertorio en sus shows en vivo.

Canciones como Queen Elvis, Satelite o Glass hotel se transformaron en leyendas del género indie internacional. Pero MTV pedía más Egyptians. Tal fue su repercusión en 1993 que tocaron en vivo en el show de David Letterman, para el mercado estadounidense.

Luego el director Jonathan Demme (El silencio de los inocentes) filmó un documental sobre Hitchcock, y después vino otro: Sex, food, death and insects (que se proyectó en el último festival de Cinemateca). Y con un álbum de covers de Bob Dylan, se embarcó en rarezas como un experimento en Groenlandia con Jarvis Cocker. Esta noche y mañana, este señor estará parado con su guitarra frente al público uruguayo.

Los dos shows comienzan a las 21:30; las entradas cuestan $ 1.000

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