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Ha muerto Eduardo J. Corso. Y qué difícil es sintetizar en unas pocas líneas una vida tan fecunda. No por los 92 años que tenía cuando falleció el martes pasado, sino por las cosas que hizo en su vida.

Creo que a él le gustaría que lo recordaran como esposo de María Barreto García, como padre de tres hijos y, sobre todo, como abuelo de seis nietos –cuatro mujeres y dos varones– porque por su convicción y su acción la familia fue el centro de su vida.

Había nacido el 1° de setiembre de 1920 en San Ramón, donde luego desarrolló su actividad como productor agropecuario, y se recibió en 1957 como abogado. Sin desmerecer ambas actividades, que abrazó con la pasión que siempre puso en todo, fue en el periodismo agropecuario donde marcó toda una época.

Vale la pena recordar dos aspectos de esa trayectoria que duró 60 años detrás de un micrófono y que se inició en 1949, cuando Juan Vicente Chiarino y Salvador García Pintos lo invitaron a tener una audición en radio Sarandí. El programa siempre se llamó Diario del campo.

Como él mismo reseñó una vez en una entrevista con El Observador Agropecuario, luego de 20 años en Sarandí llevó su programa a radio Oriental, donde estuvo 11 años, a los que sumó unos años en CX 10 y otros en El Espectador, y finalmente 20 años más en radio Rural, donde completó seis décadas.

Lo primero: el doctor Corso fue un innovador en información de mercados, estableciendo un antes y un después en ese rubro. Aprovechando la penetración que siempre tuvo la radio en el medio rural, le dio a los productores una herramienta para defender sus intereses comerciales a la hora de vender las haciendas, los granos y la lana.

A tal punto fue así, que en estas horas que afloran los recuerdos más gratos, alguien contó la anécdota. Un día, un comprador llegó a un establecimiento rural y ofreció al productor un precio por su lana.

Cuando vio que lo que le ofrecían era inferior a lo que había informado Corso en la radio, reclamó una mejora. Y el comprador le dijo: “Entonces véndale la lana a Corso”. En eso fue pionero Diario del campo.

El segundo aspecto es que el doctor Corso desarrolló en su trayectoria un periodismo de opinión, que no necesitaba de intermediarios porque él se relacionaba con los oyentes, que eran los que le planteaban los problemas.

El doctor Corso fue adherente de la Unión Cívica, pero nunca militó en partido alguno y se consideró un hombre de centro. En 1980 se opuso a la reforma constitucional que impulsaba el régimen militar y con igual firmeza rechazó la ideología marxista y a la guerrilla tupamara.

Dentro de sus múltiples facetas, porque también incursionó en la prensa escrita –El País, La Mañana, Ultimas Noticias–, también emergió su veta de escritor. Al cumplir 84 años de edad, en 2004, presentó Entre la espada y la nada, un libro de reflexiones sobre los sucesos políticos de la década de 1970, entre un gobierno militar y la corriente ideológica opositora más radical al militarismo.

Pero quizás todas esas facetas –y muchas otras que escapan a estas líneas– deban ser entendidas desde su posición de hombre íntegro, con valores que defendía a capa y espada, apoyado en sus convicciones cristianas y fustigando una vida moderna que denunció como una amenaza para la integridad familiar.

“El que ama al prójimo es conservador de un dictado del Evangelio. Pero no en lo político, en lo económico o en lo social”, dijo en 2007 en una entrevista de El Observador. Sabía que la fe era su fuerza interior, la que le permitía ser esposo, padre, abuelo, abogado, periodista. Y tenía miedo a una sola cosa: la pobreza moral en la sociedad.

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