Un líder urbano en los campos donde cayó Aparicio Saravia
El candidato nacionalista, Luis Lacalle Pou, estuvo en Masoller y le tendió una mano a los colorados
Aunque entre sus cuatro nombres lleva el del caudillo blanco caído en Masoller, Luis Alberto Aparicio Alejandro Lacalle Pou es, tal vez, la contracara de Saravia. Lacalle Pou se propone como un pacificador que hace pie en el slogan "Por la positiva" y Saravia fue un hombre de armas tomar que no le hizo asco a la violencia; Lacalle Pou es un hombre de ciudad, criado en el cemento montevideano y Saravia sentó los reales de su poder en los rincones más alejados del interior del país; Lacalle Pou busca en el Partido Colorado a un aliado para que lo ayude a lograr el poder en un probable balotaje contra el Frente Amplio y a Saravia lo tumbó una bala del Ejercito que respondía a las órdenes del presidente José Batlle y Ordóñez.
Porque esas diferencias son evidentes pero también porque la tradición sigue pesando sobre la grey nacionalista, Lacalle Pou llegó a Masoller con la idea de respetar la mística que perseguían los miles de peregrinos que llegaron hasta el límite de Artigas y Rivera, pero también con la determinación de avisarle a los suyos que los nuevos tiempos requieren nuevas alianzas para enfrentar a nuevos adversarios.
"El aparato estatal está haciendo un gran esfuerzo para permanecer en el poder. En estos cincuenta días que faltan para las elecciones vamos a demostrar que estamos listos para gobernar", dijo Lacalle Pou en ese perdido paraje en donde un 1 de setiembre de hace 110 años una bala puso fin a los anhelos saravistas.
Antes que Lacalle Pou, una muchacha de las que transitó a caballo el trayecto desde Rivera a Masoller leyó una proclama un tanto más dura que las palabras de su candidato. "Dentro de cincuenta días será el momento de terminar con la corrupción, la ineficiencia y la inseguridad. Nos estamos enfrentando a un gobierno unitario, como los que enfrentaron Artigas, Saravia y Leandro Gómez", dijo la joven en referencia los "unitarios" argentinos que pugnaban por un gobierno centralizado y con poca autonomía de las provincias.
Antes aún bajo un sol picante que desmentía el invierno, Lacalle Pou se había subido a la cabina de una camioneta para ver pasar a los jinetes que llegaban a Masoller luego de recorrer decenas de kilómetros. Lacalle vio pasar a su candidato a la vicepresidencia, Jorge Larrañaga, y a otros dirigentes nacionalistas. Vio pasar a hombres vestidos de gauchos; vio pasar a madres con sus hijos y a muchachas maquilladas para la ocasión. "Son gauchetas", aportó un joven nacionalista que miraba pasar la procesión.
Antes aún, Lacalle había recibido besos y abrazos y algún pedido misterioso. Por ejemplo, un veterano se le acercó, le puso un papel doblado en el bolsillo de la camisa y le aconsejó: "Esto lo tenés que cumplir, hacéme caso. La propuesta no tiene ni motosierra ni nada".
Lacalle Pou, como siempre, regaló besos y abrazos a diestra y siniestra, le tocó las rastas a una muchacha y le dijo que era una mezcla de Aparicio Saravia con Bob Marley e ironizó luego de apoyarse en un periodista para bajarse de una camioneta. "Estas son las presiones a la prensa", dijo mientras apretaba divertido el hombro del cronista.
Llegado el momento del discurso, Lacalle Pou fue breve y mezcló alusiones al pasado, al presente y al futuro. "Saravia regó estas tierras con su sangre pero quienes hoy llegaron hasta aquí no vinieron buscando la guerra. Aquí hay también gente del otro partido fundacional que vino a acompañarnos", dijo en referencia al Partido Colorado. Y luego habló de los 50 días que faltan para las elecciones nacionales y a la necesidad de aplicar "métodos nuevos sin dejar de lado los viejos principios que no por viejos son antiguos".
"Ante el agravio y la mentira vamos a hacer sonar el silencio atronador del clarín de batalla de Saravia", dijo antes de despedirse.
Saravia murió un 10 de setiembre luego de que la bala de un Mauser se le llevara parte de sus entrañas un 1 de setiembre en Masoller. Ya herido de muerte, fue trasladado a la estancia de los Pereyra, al otro lado de la frontera, donde se apagó, apagando para siempre la revolución armada nacionalista.
Saravia peleaba contra lo que creía era un sistema electoral armado para beneficiar a los colorados. Un acuerdo entre ambos partidos fundacionales le otorgó a los blancos seis de las 19 jefaturas departamentales del país pero cuando el presidente Batlle y Ordóñez le otorgó dos de esas jefaturas a nacionalistas que habían respaldado su candidatura, Saravia se radicalizó aún más. Y, para peor, en 1904 Batlle mandó una división del Ejército a vigilar la frontera de Rivera con el Brasil. Saravia sintió que estaban mancillando buena parte de su área de influencia y se rebeló hasta que lo alcanzó una bala.
"Pobre hombre. Lo han llevado al sacrificio las pasiones políticas y era un gaucho bueno", le dijo Batlle y Ordóñez al pintor Pedro Figari, quien lo anotició de la muerte de Saravia en su condición de encargado de la asistencia médica del ejército gubernamental.
Ayer, los blancos recordaron al hombre caído en batalla y se prepararon para una nueva y distinta pelea que los tendrá como protagonistas el último domingo de octubre.