Un rebelde con causa
Arrancó la campaña diciendo que sus “números” lo daban triunfador, y caminó hacia ahí: tejió alianzas estratégicas, se presentó como la renovación, y en su discurso combinó la sensibilidad social del FA y la economía liberal de su padre
Dos cosas avergonzaban a Luis en la escuela: su baja estatura (era el primero de la fila) y una alergia que le inflamaba las amígdalas hasta dejarlo sin aire. En las aulas donde cursaba siempre había un cartel que decía algo así como “aplicar en el glúteo de Lacalle Pou en caso de emergencia”. Esa inyección le salvó la vida en más de una oportunidad, pero las palabras del cartel marcaron su infancia.
Además, es el hijo del medio y tuvo que imponerse. “No nací para decir que sí”, dijo alguna vez. Una persona que lo conoce de chico lo recuerda como un “petiso compadrón”. Es que tuvo que defenderse: medía 1,47 metros cuando le tocó bailar el vals en las fiestas de 15.
Luego llegó la “adolescencia con A mayúscula”, como la denomina él, y pasó de compadrón a rebelde. En esa época su padre era presidente y nadie le prestaba demasiada atención. En 4º de liceo probó marihuana. Ese año se llevó a examen varias materias y debió quedarse estudiando solo en la residencia de la calle Suárez. La familia se había ido de vacaciones con los perros, y los perros dejaron las pulgas. Su madre no lo rescató de esa situación.
Pero sí lo ayudó a entrar a la política. Por eso, los que no lo quieren se refieren a él como “el nene” y desvalorizan su trayectoria alegando que empezó en Canelones porque Julia Pou lo puso primero en la lista cuando no era nadie. También se ha dicho en esta campaña hacia las elecciones internas que la ex primera dama es la gran financista de los millones de dólares que se han ido en publicidad, sueldos de asesores e impresión de listas. Él lo niega. Dice que su madre no es para él la figura que muchos proyectan y que no consulta con ella las decisiones.
Luis Lacalle Pou se ha esmerado en despegarse de la imagen de sus padres a pesar de que el “LP” remite al doble juego de sus dos apellidos y a su eslogan “por la positiva”. En el acto en que lanzó oficialmente su candidatura, en el Palacio Peñarol, el expresidente se ubicó con el auditorio, sin protagonismo. “Ustedes allá y yo acá”, les contestó a viejos dirigentes que le cuestionaron por qué no subía al escenario. En el último acto, en Las Piedras, estuvo a punto de posar con una foto de sus padres (regalo de un militante), pero lo pensó unos segundos y prefirió que los fotógrafos no captaran ese instante. “Llegué hasta acá por mí, por Luis Lacalle Pou”, ha planteado.
Igual, “el estatus de hijo de” lo lleva hace 40 años y él no reniega entre otras cosas porque sabe que heredó el respaldo del herrerismo y los votos del lacallismo. En su agenda de gobierno hay propuestas que prácticamente reeditan las ideas de Lacalle, como por ejemplo el “silencio positivo” de la administración pública ante trámites largos. Dice que lo que siente por su padre en términos políticos es “orgullo crítico”. El orgullo lo ha llevado a enroscarse en discusiones acerca del gobierno de 1990-1995 e incluso a agarrarse a piñas en el Parlamento con un diputado del MPP (el episodio del “oligarca puto” ha quedado en la memoria colectiva). Su mirada crítica se evidencia cuando le preguntan acerca de las diferencias con él y responde que son de “generaciones distintas”.
Además, utilizó la frase de su padre en la campaña pasada de que al gasto público lo iba a cortar con “motosierra” para marcar un perfil diferente. “La vendí (a la motosierra) y compré fertilizante”, dijo.
El planeta Lacalle Pou
Alegre, colorido, con “buena onda”, de fácil transitar: así era el “planeta Lacalle Pou” que surgía en los focus groups que el precandidato hizo al inicio de su campaña para delinear su estrategia. El problema era que el planeta parecía “demasiado bueno para ser cierto”, según ha contado. Por eso, con su comando de campaña, pensaron que el eslogan ideal sería “Animate”. Poco antes de largarlo, Constanza Moreira le ganó de mano con su “Yo me animo y vos también”, y debieron cambiar por “Avanzá”.
Igual, si hay algo que tiene su campaña para ser candidato por el Partido Nacional es un constante y progresivo avance. Arrancó con el 6% de adhesiones, fue “desafiando la química partidaria” y sumando gente de muy distintas raíces dentro del mismo partido e incluso de fuera; es un “atrevido” que se animó a adelantarse a lo que todos proyectaban para 2019. Volcó la “rebeldía” de la infancia y la adolescencia en el jingle para así desterrar la idea de que estaba “muy verde” para ser candidato: “Somos hoy, somos ahora”, aseguró. “Somos rebeldes con causa”.
Quienes han trabajado con él en estos meses se han encontrado con que no había “aristas que limar”: es uno de los candidatos que más simpatía genera y, seguramente por su juventud, no tiene un pasado oscuro que maquillar. Dice que lo que más odia es la mentira. Es un hombre seguro de sí mismo, que intenta delegar tareas en su gente de confianza pero que nunca se despega del todo. No le gusta que se crea que sus asesores deciden por él. Contesta todos los mensajes de texto, maneja su cuenta de Twitter y hasta responde mensajes que le llegan por Facebook. Está en todo.
Casi hiperactivo, ha dormido en el último tiempo menos de cinco horas por día. Elige comer poco y no se deja tentar por los dulces porque cree que de esa forma responde mejor a las actividades. Al principio de la campaña se descubrió habiendo abandonado el ejercicio, pero luego se obligó a retomar; ahora corre y hace musculación en un gimnasio.
A pesar de haber puesto de su lado a más de la mitad de los blancos, pesa sobre él el prejuicio de “clase alta”: creció en Carrasco, eligió vivir en un barrio privado, hace surf, fue al prestigioso British School y manda a sus hijos al mismo colegio; estudió derecho en la Universidad Católica en vez de optar por la Universidad de la República . Él sostiene que quienes piensan así provienen de un sector al que denomina “la clase media envidiosa”. El día que más se imagina es el último del gobierno que sueña encabezar. Ese día, les ha dicho a sus militantes, planea poder mirar a los ojos a quienes lo votaron con la tranquilidad de haber cumplido con quienes apostaron al planeta Lacalle Pou.
Familia feliz que lo extraña
Fue el único precandidato que en esta campaña se mostró con su esposa y sus hijos y de esa manera pudo capitalizar la imagen de familia joven y feliz. Los dos más grandes, Violeta y Luis Alberto, nacieron después de varios intentos con técnicas de reproducción asistida de baja complejidad. Finalmente, lograron concebir a través de una fecundación in vitro. Ellos son los primeros niños que nacieron de embriones congelados en Uruguay. El día que supo del embarazo, en diciembre de 2003, Lacalle Pou lloró y dejó de fumar las dos cajas y media que consumía por día. Así lo había prometido, y no volvió a fumar nunca más. Un año después, él y su esposa, Lorena “Loli” Ponce de León, engendraron con más facilidad a Manuel. Los niños tienen 10 y 9 años actualmente.
Hace un tiempo, antes de que se anunciara su precandidatura, su esposa le dio un “sacudón” porque no estaba nunca en su casa y eso estaba afectando la crianza de sus hijos. Fue un hito en la vida familiar. En esta campaña volvió a ausentarse de su casa y, a su pesar, debió faltar a las reuniones de padres. Los niños lo sienten. Luis Alberto se desconcentra en la escuela. Se han adueñado de conceptos de adultos y hasta preguntan a su padre cómo va en las encuestas. El 11 de mayo, Día de la Madre, el candidato se tomó un avión desde el norte del país para estar en su casa. Violeta gritó “¡Feliz Día de la Madre!”, pero lo abrazó primero a él. Lacalle Pou lo vive con angustia pero cree que ser cariñoso con ellos subsana en parte la lejanía. Considera, a pesar de que los niños aún son chicos, que este es un buen momento a nivel familiar para destinar cinco años de su vida a ser presidente.