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Entrar en la filmografía de los hermanos Joel y Ethan Coen es enfrentarse ante un baúl lleno de rarezas en el que conviven algunas de las historias y personajes más peculiares del cine contemporáneo. En ese cofre, Balada de un hombre común –la última película de los cineastas de Minnesota– podría representarse como un vinilo antiguo, con un poco de polvo encima , pero que merece ser considerada una rareza que vale la pena conservar en el tiempo.

La película, conocida en su versión original como Inside Llewyn Davis, significa otro acierto para la carrera de la dupla de hermanos, al mismo tiempo que logra posicionarlos como un par de finos narradores de historias menos tradicionales a las que tienen acostumbrado a su público. Es que en Balada... no hay un héroe ni un villano, o siquiera un conflicto que quiebre el statu quo del protagonista, sino que la película solo existe para y por un hombre y su guitarra (y, por lo tanto, su música).

Esta elección tiene sentido, ya que el guion de los Coen se inspira mayoritariamente en la autobiografía del fallecido cantante folk estadounidense Dave Van Ronk, cuya música y homenajes visuales aparecen a lo largo de toda la cinta. Como músico, Van Ronk construyó su carrera en la década de 1960. Oriundo de Brooklyn, se volvió una figura admirada en el Greenwich Village, aquella zona bohemia al oeste de Manhattan donde supieron habitar e iniciar sus leyendas músicos como Bob Dylan, Joni Mitchel, James Taylor y Nina Simone, entre otros.

En esa aldea y en ese tiempo es donde Balada... se sitúa. La película retrata la vida de Llewyn Davis (Oscar Isaac), un no tan joven cantante y compositor de música folk que día a día debe resolver en el sillón de qué amigo o conocido pernoctará, al mismo tiempo que trata de despegar una carrera solista que no parece ir a ningún lado.

Entre presentaciones poco exitosas de su obra, Llewyn debe lidiar con sus bolsillos vacíos y un invierno neoyorquino nada amigable, así como con los inconvenientes cotidianos que su estilo de vida ha provocado en sus amigos, amantes y colegas, representados por un reparto que incluye a Carey Mulligan, Justin Timberlake y John Goodman, entre otras estrellas.

El escape de un gato (un protagonista accidental tan relevante como el propio músico) de unos amigos hará que Llewyn deba recorrer las calles del Greenwich Village, al mismo tiempo que afronta la difícil decisión de continuar persiguiendo un sueño cada vez más improbable.

Como las canciones del protagonista, la película es una odisea melancólica por la escena folk neoyorquina desde donde surgieron grandes músicos antes de que lo fueran. Cual acordes, los momentos de la vida de Llewyn se desvanecen entre ellos, conectados por una bruma luminosa constante que rodea la película de los Coen. Gracias al impecable trabajo de cinematografía de Bruno Delbonnel, se puede apreciar cierta mezcla de brillo y humo que emana en los escenarios y los rostros de los actores, como si todos estuvieran iluminados por el foco de un boliche de poca monta.

Y como un perdedor entrañable parroquiano de ese boliche, Isaac se luce en el papel de Llewyn, al punto que parece una injusticia que no haya sido nominado como Mejor actor en la última edición de los premios Oscar.

El cansancio y la nostalgia reflejados en el rostro y mirada de Isaac son capaces de llevar una película que tal vez algún espectador pueda considerar monótona debido a la ausencia de una problemática trascendente. No hay un viaje del héroe para Llewyn, quien parece estar condenado a repetir los mismos errores una y otra vez.

De todas formas, dentro de esa canción triste que es Inside Llewyn Davis, hay lugar para el humor y hasta para la esperanza reflejada en un hombre que encuentra la salvación en un manojo de canciones folk que, como dice el protagonista, nunca se vuelven nuevas pero tampoco se vuelven viejas.

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