Quien haya leído La broma infinita, esa obra de culto publicada en 1996, tiene el deber de leer El rey pálido, por inconclusa que esté. Para los demás, la única razón para acometer la tarea es que está poblada de pasajes de excelente prosa.
Quien haya leído La broma infinita, esa obra de culto publicada en 1996, tiene el deber de leer El rey pálido, por inconclusa que esté. Para los demás, la única razón para acometer la tarea es que está poblada de pasajes de excelente prosa.
David Foster Wallace (1962-2008) causó una conmoción en el mundo de la literatura, a partir de que impuso su estilo divertido, sobrecargado, no lineal y extraño con The broom of the system (1987), una novela que por algún motivo todavía no fue traducida al español, pero en la que ya se aprecian las razones por las cuales Wallace es considerado uno de los autores contemporáneos más importantes en idioma inglés.
La fama verdadera comenzó un poco después, en enero de 1996, cuando se publicó un artículo suyo en Harper´s Magazine sobre un crucero de lujo por el Caribe durante siete días. Shipping out, on the (nearly lethal) conforts of a luxury cruise fue un éxito desmedido. La gente lo fotocopiaba, lo mandaba por fax, lo leía por teléfono.
Era una crónica en apariencia sin edición, una sucesión de impresiones en primera persona sobre la flora y fauna que lo rodeó durante esa semana: “Bienvenidos a mi mente por 20 páginas, vean a través de mis ojos. El truco era ser honesto y también interesante”, opinó Wallace de ese trabajo.
Un mes después salió La broma infinita. Es una novela de mil páginas que parecería que lo abarcara todo. “Si el libro es sobre algo –ha dicho– es sobre la pregunta ´¿por qué estoy mirando toda esta mierda? No es sobre la mierda, es sobre mí. ¿Por qué lo estoy haciendo?”.
El título original era Un entretenimiento fallido y el libro está estructurado como un entretenimiento que no funciona. Para la crítica y el público, sin embargo, la novela si funcionó y Wallace pasó a ser considerado uno de los grandes.
El problema era su propia mente, brillante y despiadada, que abrigaba una depresión tan profunda que sólo se podía mantener a raya con una fuerte medicación y todas sus contraindicaciones.
Algo largo
Desde poco después de La broma infinita Wallace empezó a trabajar en “algo largo”, como él lo llamaba. Una novela ambientada en la agencia tributaria estadounidense, el IRS. Publicó desde entonces colecciones de relatos y de ensayos pero, según su editor, Michael Pietsch, “la novela acechaba”.
Luego de la muerte de Wallace, se encontraron “cientos y cientos de páginas” caratuladas bajo el título de El rey pálido y a Pietsch se le encomendó la tarea de reunirlas y “hacer la mejor versión que pudiera encontrar”.
El editor, que en este caso cabe considerar como coautor, justifica su trabajo: “Quería que los que aprecian la obra de David pudieran ver lo que este había creado; que tuvieran la oportunidad de echar un vistazo más a esa mente extraordinaria”.
Esa ambición se cumplió. Los destellos de la mente de Wallace aparecen en cada capítulo. La lectura es atrapante y entonces se pasa a otra cosa, capaz de fascinar con la misma intensidad.
En cuanto a la unidad, al plan maestro del artista, la finalidad de ese universo, es muy poco lo que sabe Pietsch y tampoco siente la responsabilidad de inventarlo. “David era un perfeccionista de primer orden, y no hay duda de que El rey pálido sería un libro totalmente distinto de haber sobrevivido él para terminarlo”, admite el editor/autor.
Sin embargo, hay otras verdades que a Pietsch tampoco se le escapan: “Hasta inconclusa, se trata de una obra brillante, una exploración de algunos de los desafíos más profundos de la vida y una empresa de un atrevimiento artístico extraordinario”.
Vale la pena repetir, para los que disfrutaron La broma infinita, que esta novela es de lectura obligatoria.
Quien sienta curiosidad por El rey pálido a pesar de no conocer a Wallace debe saber que es un experimento editorial, una muestra de prosa muy interesante pero no una novela de David Foster Wallace sino una antología de fragmentos armada por un editor muy competente.