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Me tengo fe pa´un 2 a 1”, pronosticó un vendedor de garrapiñada afuera del Estadio, la noche del miércoles, minutos antes del estreno de Maracaná. Con ese optimismo llegaba la gente al Centenario: las familias, los veteranos, las barras de adolescentes, en una noche ideal para espectáculos al aire libre.

Sin embargo, la película es algo mucho más complejo que una historia triunfalista para avivar esperanzas ante otro Mundial en Brasil. La cinta de Andrés Varela y Sebastián Bednarik cuenta dos historias paralelas que se cruzan en 90 minutos de fútbol. Una de ellas, la de los uruguayos, es entrañable y heroica. La otra, la de los brasileños, es patética, trágica y –de alguna manera que tiene que ver con la seriedad y habilidad de los realizadores– también entrañable.

El relato es en español y también en portugués. Mientras en Uruguay había una huelga de jugadores que paralizó el fútbol durante casi un año entero, en Brasil construían el estadio más grande del mundo. La narración en portugués es una historia de orgullo y soberbia. El cuento en español es una pintura de humildad y rebeldía.

El resultado tiene una ambigüedad curiosa: la victoria de Uruguay fue el fin de la época gloriosa; la derrota de Brasil fue el cimiento de una época gloriosa.

El puntapié inicial de la película fue el libro del periodista Atilio Garrido, Maracaná. La historia secreta, un volumen de 420 páginas muy bien documentadas que pone en contexto la hazaña. Pero la verdadera proeza fue el trabajo riguroso y minucioso de Varela y Bednarik, que reunieron un material gráfico inestimable: las imágenes de la huelga de jugadores, de los partidos contra Bolivia, España y Suecia, de la concentración de Uruguay en Río de Janeiro. También están las alternativas de la final y del festejo desde la cámara de Nóbel Valentini, “una especie de Gorzy de la época”, según lo define Bednarik. Se trata de un exárbitro que tenía una gran intimidad con la delegación celeste e imágenes de partidos vistos desde la tribuna y desde el nivel de la cancha.

Bednarik define a la película como “emotiva pero no camisetera”. De hecho, es una coproducción uruguayo-brasileña, en la que participa la productora de Bednarik y Varela, Coral Cine, junto a la empresa uruguaya Tenfield y la brasileña Arissas Multimidia.
Indispensable

Hubo que esperar 64 años para que hubiera una historia en imágenes que uniera leyendas dispersas, que separara el mito de la historia y que mostrara el rostro humano, las dudas, los problemas, las vacilaciones, las lágrimas y el carácter de los héroes.

El pulso narrativo se mantiene firme durante los 75 minutos de cinta. El ritmo nunca decae y el crescendo de emoción a medida que se acerca la final es perfecto. El martes de noche en el Centenario no solo se gritaron los goles de Uruguay, desde el partido contra España, sino que al comienzo del segundo tiempo de la final, cuando ellos se pusieron 1 a 0 con gol de Friaca, un aire helado recorrió la tribuna América; un silencio rebelde de 10.000 almas, con esa sensación tan peculiar, mezcla de dolor y bronca, que se produce cada vez que Uruguay empieza perdiendo.

Algunos de los testimonios de los jugadores uruguayos y brasileños son muy emotivos, como el del arquero Barboza, que recuerda aquella portada de un diario carioca del 16 de julio de 1950, con la foto de la selección brasileña y el título “Estos son los campeones del mundo” y la reflexión resignada, a cámara: “Qué imbéciles, ¿no?”. Del otro lado, lo que dice Gladys Castro, viuda de Julio Pérez, produce una sensación compleja: “Él me dio mucha seguridad. Me dijo: si ganamos, nos casamos”.

¿La estaba timando o él también tenía esa fe que mueve montañas? ¿La amaba tanto que fue capaz de conquistar un imposible para casarse con ella? Gladys cuenta que escuchaba el partido por radio mientras bordaba, para la boda.

El personaje principal de esta historia es, sin embargo, Obdulio Varela, el capitán, padre y patrón del equipo. Fue el abanderado de la huelga de jugadores y se negó a representar a la selección hasta que le prometieran un empleo público. Cuando obtuvo el compromiso de las autoridades, se hizo cargo de la conducción del equipo hasta la victoria, dentro y fuera de la cancha.

Las imágenes de Jules Rimet, muy viejo, sobre el césped de Maracaná, con las palabras en off de Obdulio, que ante la inacción del francés, decidió sacarle la copa de las manos, son como para verlas varias veces.

La película es seria, es emotiva y muy bien humorada. Es un documento imprescindible y un espectáculo muy entretenido, además de un aperitivo ideal para la revancha dentro de unos meses.

El número 7
Alcides Edgardo Ghiggia, el autor del gol más icónico de la historia de los mundiales, es el único sobreviviente de los integrantes de ambos planteles de aquella final de 1950. Ghiggia estuvo presente en el estreno de Maracaná en el Centenario y pudo recibir el homenaje en vivo del público, con esa humildad invencible que tiene, y que lo mueve a agradecer que lo reconozcan por la calle y lo saluden como a un héroe.

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