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En el verano que atraviesa la economía uruguaya, una tormenta no hace un invierno. Las nubes negras que se ven a lo lejos, desde el noreste, auguran momentos difíciles, pero no un cambio de estación. Uruguay debe prepararse para los malos ratos. La humedad, la lluvia, los rayos, las bajas temperaturas. No sea cosa que ese escenario nos encuentre desprevenidos, sin paraguas y a la intemperie.
La crisis de la deuda europea adquiere hoy una magnitud que nadie sospechaba hace menos de un año y la probabilidad de que los problemas continúen en su escalada de ascenso aumenta día tras día. Las noticias no son buenas. Las urgencias se suman y la solución parece cada vez más lejana por imposible, por irreconciliable.
La nube se extiende por falta de respuestas. Porque las salidas no conforman a todos y porque, como en toda fiesta de gasto y de deuda, alguien debe quedarse a lavar los platos. Pero esta vez, y con razón, nadie está dispuesto a mojarse las manos. Cesación de pagos, reestructuración, una seguidilla de rescates financieros, salida de la Unión Europea. Todos escenarios posibles, algunos más probables que otros, pero todos con consecuencias negativas para Europa y para el mundo.
Uruguay pasó a resguardo la última tormenta, aquella que vino del norte, desde Estados Unidos, a fines de 2008. Al mirarla en perspectiva, no fue tan terrible. Un semestre más tarde, las nubes se abrieron y el sol que se asomó llegó a brillar tan fuerte como antes de la tormenta.
El verano siguió. Hoy las condiciones son diferentes. Por eso el gobierno hace bien en abrir el paraguas. En generar un colchón de US$ 3.000 millones por si el acceso a los mercados se dificulta más allá de 2012, aprovechar mientras que los inversores dan a Uruguay carta blanca, tomar fondos y ponerlos en la caja fuerte. Que cuando llegue el momento, si es que el momento llega, tener a mano el paraguas para evitar el resfrío y la gripe que sucedió a cada una de las tormentas que atravesó Uruguay hasta 2008.
Aun así, no es la mejor alternativa. Es cierto que el paraguas que abrirá el gobierno equivale a 7% del Producto Bruto Interno (PBI) uruguayo y al ritmo actual de gasto e ingresos permitirá afrontar el déficit fiscal durante los próximos cuatro años sin necesidad de recurrir a los mercados. Pero si ese déficit actual de 1,6% del PBI no existiera, la tormenta nos traería sin cuidado. Eso que la experiencia actual de Europa y la historia uruguaya dejan claro que el momento para recortar el gasto no es durante una crisis sino en los tiempos de bonanza, cuando las tijeras duelen menos. Pero no.
Si las nubes están tan cerca, por más paraguas que tengamos, ¿quién nos manda a caminar a la intemperie?

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