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Este domingo, Hugo Chávez fue como El Cid: desafió a la muerte para obtener su última victoria. Porque sucede que el agónico triunfo electoral que obtuvo anoche Nicolás Maduro, es más atribuible al legado del fallecido líder bolivariano que al carisma del hombre que designó como heredero de su poder.

Maduro sabía que tendría que exprimir al máximo la imagen de mentor si quería ganar las elecciones. Por eso el fantasma del exmandatario estuvo siempre presente en la campaña, ya sea evocado en sus obras de corte popular, siendo imitado en su recargado estilo retórico o incluso asumiendo la forma de un pajarito. Este domingo también estuvo presente, su voz fue la que dirigió la entonación del himno luego de que Maduro se dirigiera al público tras conocerse su elección como presidente.

Pero los números también dejaron en claro que el presidente electo no es Chávez. En la primera elección sin el líder bolivariano desde 1999, el oficialismo rozó la derrota al ganar los comicios por apenas 235 mil votos. La Venezuela que resultó de la elección de este domingo está más dividida que antes.

Los candidatos no colaboraron a forjar un camino de reconciliación. Maduro, envalentonado por el triunfo, optó por un discurso confrontador, volvió a agitar las teorías conspirativas y a descalificar a su rival.

Capriles tampoco tendió la mano, por el contrario, se encargó de poner en duda los resultados de la elección, al punto de no reconocer el triunfo de su rival y de exigir un recuento de los votos. Un proceso que seguramente abrirá más heridas entre la ciudadanía venezolana.

Las dos fuerzas en pugna están hoy más parejas, en especial porque el ahora presidente electo no fue capaz de retener los votos que Chávez había obtenido en octubre de 2012. Esta situación es vista como una debilidad del oficialismo y en esa situación la oposición ve una oportunidad. Este escenario hace poco probable que el diálogo se abra paso en medio de tanto encono.

El día después

Nicolás Maduro deberá ser mejor presidente que candidato a la Presidencia. Este hombre que fue roquero, conductor de ómnibus, temprano militante chavista y canciller de Hugo Chávez deberá superar su inexperiencia para poder estar a la altura de los desafío que le impone su investidura.

Tendrá que ser empático si quiere recuperar los casi 800 mil votos que fueron de Chávez y que él no heredó. Hacia este sector deberá demostrar que es digno sucesor del líder bolivariano, pero no le será fácil, sobre todo porque no tiene muchos elementos materiales para encantar a las masas. por el contrario, todas las luces rojas de la economía ya están encendidas.

Tampoco le será fácil apartarse de la línea combativa de su discurso para tender puentes hacia esa parte de las población que está parada en la vereda de enfrente. Quizá antes, cuando la oposición era una porción muy minoritaria y fragmentada del electorado, no era una prioridad empatizar. Sin embargo, ahora los opositores representan cerca de la mitad del electorado.

Otro gran desafío es el papel que le toca representar a Maduro en ese gran escenario internacional que Chávez le dejó montado antes de morir. Su mentor se caracterizó por posicionar a Venezuela como una potencia regional, influyente no solo por su billetera, sino también por la gran cintura política y carisma.

El ahora presidente electo fue un fiel instrumento de Chávez cuando se desempeñó como canciller, pero ahora deberá demostrar que puede hacer pesar sus puntos de vistas en la región y en especial a la hora de sentarse en la mesa de los grandes referentes continentales (Brasil, Argentina, Colombia, por ejemplo), quienes le exigirán esfuerzos mayores que sus actuales socios cubanos. Maduro también deberá decidir cómo se posicionará ante los grandes jugadores geopolíticos como Estados Unidos, China o incluso el complejo Irán.

Luces rojas

En 2009, un antiguo compañero de trabajo dijo al periódico El Nuevo Día que Maduro “fue el chofer que más unidades del Metrobús ha chocado en la historia en esta empresa de transporte”. Más allá de la humorada, lo que ahora esperan los venezolanos es que el nuevo presidente no choque cuando maneje la economía.

El problema es que la economía de Venezuela hace tiempo que no es un Ferrari, por el contrario, es un vehículo que tiene todas sus luces rojas encendidas.

La población ha sufrido los efectos de una dura devaluación (por encima del 40%), el déficit fiscal se ha acentuado, existe un importante deterioro de la infraestructura del país –la energía eléctrica es un motivo de constante protestas– y una crónica escasez de productos, algunos de primera necesidad.

Pero el problema de fondo radica en el modelo estatista impulsado por el propio Chávez y que ha demostrado ser insostenible. Pero incluso la gestión del petróleo, la principal riqueza del país, se ha visto afectada al punto de que el país no dispone de los recursos necesarios para aggionar su infraestructura de modo de ser completamente independiente para refinar del crudo.

A esto se suma la cantidad de barriles que Venezuela prácticamente le regala a Cuba, tema que ya es motivo de críticas en la interna. Pero el mayor dolor de cabeza es la gestión del crudo, porque son muchos los analistas que sostienen que si el petróleo cae por debajo de los US$ 100 por barril la economía venezolana sería inviable.

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