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Aunque no aparece en Wikipedia, el 16 de Julio de 1993 fue un día importante, al menos para El Observador y el campo uruguayo, ya que ese día nació El Observador Agropecuario, que nos acompaña hasta nuestros días, habiéndose consolidado como una referencia periodística del agro nacional, gracias a la visión de quienes lo impulsaron y el compromiso y esfuerzo de quienes nos lo entregan cada viernes.

En este caso no se aplica aquello de Gardel y Le Pera “que veinte años no es nada”. El cambio con mayúscula fue la constante del período; la tecnología se convirtió en una incesante fuente de nuevos productos y servicios que afectaron nuestras vidas y sin los que hoy no sabríamos cómo vivir. También en el sector agropecuario uruguayo cambiaron muchas cosas, la mayoría de ellas muy buenas.

La hoja de ruta de estas líneas nos llevará a recorrer lo que ha pasado en este extenso período, sobre todo lo ocurrido a partir de la segunda década, para luego mirar al futuro y descubrir que la próxima década no tendremos “más de lo mismo” y que el crecimiento dependerá más de lo que hagamos nosotros y no tanto de lo que hagan otros.

Los 20 años se pueden dividir en dos décadas muy diferentes del punto de vista del desempeño sectorial y de la economía nacional.

Entre 1993 y 2002, el índice de precios de alimentos mundial no tuvo variaciones significativas e incluso tuvo un pequeño retroceso durante la década. Solo hubo una suba muy importante en los precios de los cereales en 1995/96 y una suba excepcional en el precio del novillo meses después, seguidos ambos por una caída.

El crecimiento del PBI no alcanzó al 1% en promedio mientras que las exportaciones crecieron muy significativamente hasta 1998, cuando comenzó un período de crisis prolongada, años en los que el país sufrió la devaluación del real en Brasil, la aftosa en 2001 y la extraordinaria crisis financiera del año 2002.

Sin embargo, detrás de estos resultados se escondía una muy importante transformación de la estructura productiva del agro. Aunque el área de cultivos de secano no varió sustancialmente, el rendimiento de éstos seguía su importante crecimiento iniciado durante los 80, mientras que el arroz continuaba su mejora de productividad que estabilizaría el rinde por encima de los 6.000 kilos/ha. El área dedicada a lechería tendía a caer mientras que la productividad por hectárea o por vaca masa crecía sistemáticamente.

El sector ganadero mejoró su productividad mediante el uso progresivo de tecnologías de manejo y alimentación. Aumentó la tasa de extracción que permitió un incremento permanente de la faena anual sobre la base de un rodeo estabilizado y aún creciendo, proceso solo interrumpido por la aftosa en 2001 y 2002. El sector forestal tuvo un gran crecimiento del área plantada cuyos frutos ya hemos empezado a cosechar.
Toda esta transformación sería una base formidable para encarar el excepcional momento de mercado que tuvimos a partir de 2003.

El milagro de 2003
Lo que ocurrió a partir de 2003 es bien conocido. El país tuvo un período de crecimiento formidable; basta recordar que el crecimiento anual promedio del PBI per cápita entre 2003 y 2012 fue mayor al 5% con algunos registros anuales superiores al 8%. Las exportaciones crecieron de 2.200 a 8.700 millones de dólares, de los que los alimentos y productos y derivados del agro representan más del 75 %.

Este crecimiento se debió fundamentalmente a factores externos, la suba de los precios de alimentos (y otras materias primas) que fue espectacular durante toda la década, a pesar de la caída observada después de la crisis de 2008, y el extraordinario crecimiento del flujo de inversión extranjera que llegó al país, que se vio acrecentado por las inversiones provenientes de Argentina ante la incertidumbre de políticas existentes en aquel país. En este escenario externo tan especial, el sector productivo respondió profundizando las transformaciones, muy bien documentadas por trabajos como el publicado por Joaquin Secco y otros distinguidos colegas.

Como es razonable esperar cuando son factores externos los que más influyen, Uruguay no estuvo solo en este período de crecimiento. Dependiendo del período considerado dentro de esta década, hubo entre 30 y 40 países que crecieron en promedio más que Uruguay y de hecho el crecimiento de nuestra economía se ubica cerca del promedio que tuvieron varias decenas más de países en desarrollo. Fue una época dorada, de acuerdo a R. Sharma, “ del más rápido y más abarcativo empuje de crecimiento mundial que jamás se haya conocido”, liderada en este caso por el mundo en desarrollo.

Sin embargo, el mundo desarrollado no era ajeno a lo que ocurrió. Sin pretender agotar el tema, debemos reconocer que el principal determinante de los dos factores mencionados arriba, fue la extraordinaria liquidez generada por bajas tasas de interés y otros mecanismos financieros utilizados en las economías desarrolladas, que derramó sus efectos en gran medida hacia los países emergentes. “A worldwide flow of easy money”, de acuerdo al mismo autor.

Al crecimiento que desde muchos años atrás mostraban un conjunto de países emergentes exportadores de productos manufacturados, tales como China, Corea del Sur, Taiwán, India y muchos otros que en conjunto representaban una proporción muy significativa de la población mundial, se sumó el crecimiento de todos los países exportadores de materias primas, cerrándose un círculo virtuoso donde los importadores de alimentos ya no eran solo los exportadores de manufacturas sino también los exportadores de petróleo y otras materias primas. Obsérvese la importancia que como importadores de carnes de los países del Mercosur han tenido durante los últimos años Rusia, Venezuela, Irán, Arabia Saudita y otros países petroleros.

Qué tenemos por delante
El escenario externo del futuro dependerá del comportamiento de tres variables fundamentales: crecimiento de los países emergentes, los precios de las materias primas –alimenticias y no alimenticias– y los flujos de inversión extranjera.

El círculo virtuoso referido ya no opera como antes. Tenemos evidencia que los países emergentes no muestran el dinamismo que tuvieron durante la década anterior. Los BRIC’s ya no son lo que creímos que serían. Brasil creció anémicamente en 2012; Rusia ha bajado su crecimiento a menos de la mitad de sus mejores años; India también ha reducido su crecimiento al 4 %; y China ha reducido su tasa de crecimiento a valores todavía altos, pero que son los más bajos de los últimos 15 años, y no son pocos quienes predicen una fuerte desaceleración del crecimiento si no se implementan reformas en las tasas de interés, tipo de cambio y subsidios a la energía.

Después de una caída dramática a mediados de 2008 los precios de cereales y oleaginosas se recuperaron de manera igualmente rápida durante 2010, muy influidos por problemas climáticos en Rusia, Australia y América del Sur. Luego bajaron levemente en 2011, volvieron a subir en 2012 por la seca de EEUU y hoy muestran una moderada retracción que ha llevado a que los futuros de trigo y maíz coticen a 275 dólares por tonelada mientras la soja mantiene un atractivo valor de 520 dólares. En todos los casos con una importante turboalimentación por la especulación financiera en el mercado de commodities.

Más allá de problemas coyunturales por el lado de la oferta no hay previsiones de gran crecimiento en precios para el mediano plazo. De hecho el USDA en sus proyecciones al 2022, recien publicadas, estima una caída en los precios de cereales y de soja para la próxima década.

La inversión extranjera en Uruguay todavía se mantiene dinámica con nuevos proyectos en diferentes áreas vinculadas al sector agropecuario y energético. Sin embargo, ante una eventual reducción de la liquidez internacional y una posible alza de las tasas de interés, es seguro que la inversión será muy selectiva y exigente en cuanto a la rentabilidad de los proyectos.

En este estado de cosas ya no podemos esperar que las variables externas nos permitan seguir creciendo como lo hicimos en la última década. El crecimiento del agro y del país en el mediano plazo dependerá esencialmente de las mejoras de productividad y competitividad. Es así que variables cualitativas como evitar distorsionar la operativa de los mercados, fomentar la competencia en todos los ámbitos posibles, la permanencia de las reglas de juego y otras cuantitativas como inflación, gasto público y tipo de cambio, serán clave en nuestro futuro desempeño. Como suele suceder en el largo plazo, volveremos a depender mucho más de nuestras propias decisiones que de las que tomen otros.
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