Viaje a una dimensión de la vida más profunda
La mezzosoprano Adriana Mastrángelo se presentó el sábado como uno de los cuatro solistas de Missa Solemnis, de Beethoven, que reunió a 250 artistas, entre la orquesta y el coro del Sodre, y el Coro Polifónico Nacional de Argentina
Contaba Antón Felix Schindler, biógrafo de Ludwig van Beethoven, que cuando el compositor creó la Missa Solemnis entre 1819 y 1823 quedó en estado de trance. “Desde el principio todo el ser de Beethoven pareció que se transformaba, cosa que notaron sus antiguos amigos y por mi parte confieso que ni antes ni después de esta época lo he visto en un estado igual de absoluto olvido de las cosas de este mundo. Llevaba el compás rigurosamente con los pies, cantaba, daba palmas, volvía a su casa mojado por la tormenta sin darse cuenta que había desaparecido su sombrero, indicaba 10 veces durante una noche entera que le sirvieran la cena, que no había probado, etcétera. Por cierto, estaba en otra parte”.
Todavía afectada esta semana por un cuadro gripal durante la entrevista el jueves pasado, la artista distinguida con el premio Fundación Konex 2009 como una de las cinco mejores cantantes femeninas del decenio 1999 / 2009, conversó con El Observador.
¿Cómo hace para cantar con gripe y laringitis?
Nuestros ángeles de la guarda son nuestros otorrinolaringólogos. Existen algunos medicamentos que son desinflamatorios rápidos, no es bueno tomarlos pero en una situación de emergencia pueden servir. Yo me tengo que cuidar mucho con las comidas porque tengo reflujos, o sea que el ácido del estómago puede lastimar las cuerdas vocales.
¿Qué puede contar de Missa Solmenis?
El Coro del Sodre está super bien preparado, cuando viví en Uruguay era parte de él. La obra tiene algunos elementos que a mí me conmueven. Me gusta mucho que empieza con una palabra del griego que quiere decir “Señor, ten compasión”, y yo siento que es uno con su humanidad frente a la grandeza de la vida y la creación. Luego hay momentos de mucha angustia, de sentirse a merced del mundo y al final termina pidiendo por la paz.
¿Ya había trabajado con Lano?
Lano estuvo en el Colón cuando yo cantaba allá. Lo admiro mucho, él tiene una preparación europea muy seria, es muy estudioso y buen docente.
¿Qué le aporta la técnica Alexander al trabajo que hace?
Matthias Alexander era un estudiante de actuación en Australia a principios del siglo XX. Pero él siempre que actuaba se quedaba mudo, entonces estuvo investigando tratamientos y no había ninguno que le garantizara que no le pasara. Entonces llegó a la conclusión de que era algo que él hacía lo que le provocaba un daño. Se dio cuenta de que tenemos ideas de que no son ajustadas a cómo el cuerpo necesita hacer las cosas. Es una cuestión de observación, de paz y de dialogar con el cuerpo. En el canto lírico hay cosas como la posición de la lengua, la mandíbula, la relación entre la cabeza y el cuello. Creo que hay puertas que se me están abriendo ahora que tienen que ver con el uso del cuerpo que antes no había podido abrir, así que estoy muy feliz.
¿Cómo es el panorama del canto lírico en Argentina y cómo se encuentra Uruguay?
Es que no estoy mucho acá. Al coro lo escuché fantástico, mucho mejor que cuando yo estaba. Me parece que tener a Lano es un lujo, este edificio es un lujo. En Argentina hay unos recursos increíbles, cantantes espectaculares, muy buena formación y se pueden armar elencos. Una medida de cómo está el canto lírico en cada país es cuántas óperas podrías armar con la gente de ahí. Yo lo que veo es que acá se trabaja mucho con gente de la región.
¿Cómo comenzó en el canto?
A mi padre le gustaba mucho la música, él cantaba y tocaba la trompeta, y estudiaba arquitectura, carrera que decidió seguir. A mí me pasó al revés, yo estudiaba arquitectura y empecé a estudiar canto a los 18.
¿Cómo fue el momento en que descubrió que usted había nacido para ser cantante lírica?
Fue de a poquito. Primero estudié con Amelia Veiga y fue como descubrir que tenía voz más o menos afinada y el placer de trabajar con el cuerpo y el sonido. El momento en que me di cuenta de que me iba a dedicar a esto fue en el coro de Tosca, en la catedral hace muchos años. Yo estaba vestida de monja y tirada en el piso esperando para hacer un coro. Lo de arquitectura me venía un poco por eso de disfrutar de los espacios, fui a vivir a Argentina porque me enamoré del Colón, los espacios resonando y el silencio. Los que no somos practicantes de una religión, tenemos pocos ritos de estar juntos haciendo algo, y para mí estar participando de una obra que está para mostrarnos algo del ser humano es uno de los pocos ritos que tenemos que nos abren a una dimensión de la vida un poco más profunda.
¿Qué se siente al cantar?
Primero muchos nervios. A veces tenés ganas de salir corriendo, pero cuando estás en el escenario te concentrás en algo que se fue construyendo de a poco y ya la obra propia te lleva, te metés en su lógica propia y te olvidás. Yo no pienso en nada. Es estar ahí, dejar que las cosas pasen.
¿Cuál es su mayor sueño profesional?
No es una obra en sí misma, sino llegar a sentirme plena cantando, integrar todas estas cosas que estoy integrando ahora, de uso distinto de mí misma, para lograr que cada vez sea más natural y más pleno el canto, en cuanto a la emoción y al sonido.