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"Todo es trabado, lento. Entonces uno tiene que empezar a desentrañar por qué es así. Hablamos de burocracia, le ponemos un sello, pero no se profundiza, sobre todo los que estamos más involucrados, en por qué es así”.

Enrique Soto, vicepresidente de ASSE, se refirió así en una entrevista con El Observador a lo que ocurre en el organismo que él mismo dirige. Su postura crítica lo llevó a redactar un documento que tituló “Apuntes para repensar ASSE” y que en julio entregó a otros frenteamplistas. Ahora trabaja en la segunda parte de ese documento con el foco puesto en desentrañar las causas de las trabas en el organismo que llama “el gigante maniatado”.

Uno de los problemas que incluirá en el texto (al que le faltan los últimos ajustes) es el “excesivo reunionismo” dentro de ASSE. A menudo “se pierden tiempos eternamente largos” en deliberar sobre asuntos en los que hay acuerdo, y se genera un “desbalance entre las reuniones y los resultados”.

Cuando la oposición critica a ASSE apunta a una mala “gestión”. Pero esa es una palabra “sobreutilizada” y “muchas veces no se sabe qué significa exactamente”, según Soto. En realidad, el problema principal del organismo es que tiene que redefinir su rumbo y en función de eso procesar algunos cambios, sostiene el jerarca.

Los dos caminos
ASSE no es una mutualista. Por mandato constitucional, debe prestar asistencia a los más vulnerables, y así lo hace: atiende a los presos, a los enfermos mentales, a los adictos, a los pobres. El 80% de sus usuarios están por fuera del Fonasa y no pagan, o pagan montos mínimos. El Estado destina US$ 800 millones anuales a cubrir la salud de ese millón de personas.

Pero al mismo tiempo ASSE sí es una mutualista. Unas 200 mil personas eligieron sus servicios y aportan de sus ingresos para atenderse allí. Por esos usuarios el organismo cobra cápitas y para su adecuada atención ASSE debe brindar prestaciones y alcanzar ciertas metas.

“Hoy tenemos dos caminos. Si cumplimos el rol de las mutualistas, tenemos que pensar a qué población nos vamos a dirigir, de qué características, con qué perfil epidemiológico. El otro camino es que con el avance de la reforma se siga reduciendo la población de usuarios y nos concentremos en los más vulnerables”, graficó Soto.

Cuando se pensó el sistema integrado de salud se proyectó que ASSE formara parte y compitiera con las mutualistas por una misma población, pero sin perder su función social. “No tenemos forma de dar respuesta a eso hoy”, afirmó. “Si competimos vamos a precisar cambios culturales, destruir las muchas barreras mentales que existen, tener otros tiempos, otra cultura, otras exigencias”, explicó Soto.

Pero también se requieren cambios en las condiciones que el Estado otorgó a ASSE cuando lo creó como servicio descentralizado del Ministerio de Salud Pública. Un ejemplo son los 40 mil gastos que el Tribunal de Cuentas le observó al organismo en 2011. “O se están haciendo mal las cosas o está mal la normativa, que habilita a tener observaciones que no deberían tener las empresas de salud”, señaló Soto. Para competir con el mutualismo, ASSE debe poder “resolver problemas y necesidades de la salud en forma rápida sin seguir el camino burocrático”.

Algunos “pasitos” ya se han dado (ver recuadro), pero falta. Por eso Soto confiesa: “Si me preguntan si hicimos todo mal en este período respondo que no, que se hicieron muchas cosas bien. Pero si me preguntan si estoy conforme, también digo que no. No estoy para nada conforme”.
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