ver más

Si el espectador tratara de recordar una lista de directores que a lo largo de su carrera, desde una vocación cinéfila pero popular, hayan logrado establecer una marca registrada tanto argumental como visual y que, además, lo hayan hecho en base a películas de humor, seguramente serán muy pocos los nombres que le vendrán a la cabeza. Menos si la lista se reduce a directores de habla castellana.

Es por eso que, aunque con resultados dispares, las películas del cineasta español Álex de la Iglesia siempre son un acontecimiento. El estreno de Las brujas de Zugarramurdi no es la excepción, más teniendo en cuenta que con este filme el vasco vuelve a los orígenes disparatados y de humor negro de El día de la bestia.

El desenfreno visual de Balada triste de trompeta también está presente, aunque esta vez el realizador encauza más el argumento, pese a que hacia el final (paradójicamente cuando más peso tienen las brujas) el filme se desinfle. No obstante, si hay algo que no puede negársele a De la Iglesia es su habilidad para crear comienzos grandiosos, como el de El crimen ferpecto, y el de Las brujas de Zugarramurdi es uno de los mejores de su filmografía.

La cinta cuenta la historia de dos hombres desempleados (interpretados por dos de los galanes españoles del momento, Mario Casas y Hugo Silva) que junto a otros secuaces deciden robar una joyería en la Puerta del Sol madrileña. Luego huyen hacia Francia en un taxi secuestrado, pero antes se internan en el pueblo vasco de Zugarramurdi, donde la inquisición mató a varias mujeres en el siglo XVII y que en el filme es hogar de varias brujas.

Escenas memorables

De la Iglesia tiene esa capacidad de apropiarse de los íconos de su país y convertirlos en materia cinematográfica como si tomara ideas que están en la imaginación colectiva y las hiciera realidad. Para todo aquel que haya transitado por el kilómetro cero de Madrid la primera escena es desopilante, como lo fue la de El día de la bestia en que Santiago Segura y compañía tratan de atravesar desde las alturas el mítico edificio con la publicidad de Schweppes. En Las brujas de Zugarramurdi, De la Iglesia se vale de los artistas callejeros que pueblan la Puerta del Sol (los protagonistas se disfrazan de Jesucristo platinado y de un soldado de juguete, pero también aparecen los habituales Minnie y Mickey Mouse, Bob Esponja o el hombre sin cabeza), quienes cometen un atraco en una de las clásicas joyerías de este enclave.

El elenco está muy parejo. Silva interpreta a un padre que comete el robo para pagar la cuota alimentaria de su hijo, quien lo acompaña en el ilícito, y Casas se luce en el rol del ex Relaciones Públicas descerebrado de la discoteca Esperma. La otra parte de la historia se concentra en Zugarramurdi, donde se encuentra una familia de tres generaciones de brujas que se alimentan de carne humana. La misma está formada por Terele Pávez (ganadora de uno de los ocho Goya que obtuvo la película, ella como mejor actriz de reparto), Carmen Maura y Carolina Bang, la bella novia del director, con quien De la Iglesia no pierde oportunidad para resaltar su sex- appeal. Cuando los ladrones arriban en el taxi al citado pueblo de Navarra, es que entonces se desatan toda clase de peripecias.

Una vez en Zugarramurdi, la cinta tiene escenas memorables (muy graciosas son las participaciones como brujas de Carlos Areces y Santiago Segura, dos recurrentes de De la Iglesia, y se destaca también Jaime Ordoñez, el taxista) y aquí es donde el vasco demuestra más su poderío visual heredero del cómic, ya que el director es además historietista. Pero no todo es despligue visual, y en esta película el director hace énfasis en el desempleo español, la inoperancia policial y la guerra de los sexos, leitmotiv de una cinta en la que sin lugar a dudas vencen las mujeres.

Es cierto que a la película le sobra metraje pese a que dura menos de dos horas y que no alcanza el nivel de Muertos de risa o La comunidad, pero Las brujas de Zugarramurdi es un filme disfrutable y De la Iglesia demuestra, una vez más, que es dueño de una de las filmografías más personales y arriesgadas en lengua castellana.
Seguí leyendo