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En abril de 1970, Jim Lowell, capitán del Apolo XIII en viaje espacial, detectó problemas en su nave que podían partirla en pedazos. Como era un profesional bien entrenado, no se enloqueció y llamó con calma a su base para decir aquella famosa frase “Houston, we have a problem”. Los de su base también eran profesionales así que no perdieron la cabeza y se pusieron a buscar una solución hasta que la encontraron.

En Uruguay tenemos problemas. La productividad de nuestros recursos es baja y el costo de vivir y producir en Uruguay es alto. Son dos caras de la misma moneda, que pueden adoptar imágenes muy diversas. Yo suelo usar el ejemplo de la comparación de un peón de pala con un chofer de retroexcavadora. Ambos deben cavar una zanja; el peón de pala demora un mes (baja productividad) y su sueldo puede ser 500 dólares. El chofer de retro hace la zanja en un día (alta productividad) y su sueldo puede ser 1.500 dólares. Es más barato hacer la zanja con la retro que con la pala. Pero se precisa que alguien invierta en comprar la máquina y entrenar un chofer.

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Uruguay trabaja todavía con muchas palas y pocas retro, o sea que somos poco productivos y caros como país.

¿De dónde viene el problema? A mi juicio el problema nace en el Estado; consume un tercio del PIB del país (1 peso cada 3 que el país produce lo captura el Estado). En el nivel de la clase media, que es la que mueve el país, el 45% de sus ingresos totales se van a impuestos (1 peso de cada 2 que gana la clase media se lo lleva el Estado). O sea que nadie puede decir que nuestro Estado es liviano o barato. Ahora bien, ¿qué entrega a cambio el Estado de recursos tan importantes?

Ahí esta el problema: el Estado paga sueldos altos a sus funcionarios (cerca del doble de su equivalente privado) con muy bajas exigencias de resultados y productividad. Por eso la educación anda mal, la seguridad se cae, la Justicia va muy lenta y la salud es un lío. A su vez las empresas públicas, monopólicas, actúan como cualquier monopolio: poca inversión, poca calidad, altos costos, cubiertos por altos precios; exactamente lo que dicen los libros.

El Estado uruguayo gasta como un marinero borracho y no invierte casi nada (menos del 3% de su presupuesto); incluso gasta más que lo que recauda en un momento de recaudación históricamente alta (el déficit fiscal se acerca a 3% cuando debíamos tener un superávit de esa magnitud).

Esta situación es grave porque genera impactos duraderos y difíciles de revertir. Las generaciones de jóvenes mal educados (en todo sentido) complicarán al país en los próximos años.

La falta de mejor infraestructura acorralará a la producción en los años por venir. El exceso de gasto público fogoneará la inflación y junto al déficit fiscal deprimirá el tipo de cambio, movimiento nefasto para la explotación y el turismo.

Todo lo que se expresa parece que le pasara a otro porque estamos drogados: los buenos precios de nuestros productos y la baja tasa de interés internacional nos hacen sentir bien, volando, y olvidados nuestros problemas.

Es irresponsable actuar así. Hay que usar una época boom económico para bajar deuda (subió en términos netos 4 mil millones de dólares bajo el gobierno del Frente Amplio), mejorar la infraestructura, dar saltos cualitativos en educación especialmente para los más pobres, potenciar la seguridad de los ciudadanos y generar reservas.

En vez de todo eso, se nos va la plata en subir sueldos de empleos públicos y repartir pescado en vez de enseñar a pescar. Como ese camino no tiene fin, todos los días inventamos algún impuestito nuevo para asignar renta, una práctica de pésima factura tributaria. De esta forma desestimulamos a quienes pueden comprar retroexcavadoras y pagar cursos para entrenar choferes. Se para la inversión, debido al deterioro del ambiente de negocios, se debilita más la competitividad.

Salimos del círculo virtuoso generado por altos precios de commodities y baja tasa de interés, al círculo vicioso de lenta inversión, baja productividad, baja generación de puestos de trabajo, baja recaudación fiscal por menos crecimiento del país, mayor déficit, mayor endeudamiento, etc, etc.

Estamos a tiempo de salvarnos como el Apolo XIII, pero necesitamos reconocer el problema y encarar profesionalmente la búsqueda de soluciones.
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