Zona franca
Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
La inversión extranjera directa en un pequeño país de escaso capital como Uruguay es necesaria y es comprensible que para atraerla haya que otorgar incentivos y argumentos de por qué hacerlo aquí y ahora. No obstante aquí discrepo cuando se afirma que las zonas francas son un instrumento formidable para captarlas. Las zonas francas para las inversiones de gran porte son un atractivo, desde luego, pero no son el argumento principal para que se instalen. Esgrimir que son fundamentales es no entender cuál es la lógica estratégica de estos proyectos. Terminamos resignando recursos cuantiosos para la sociedad y generando una cierta discrecionalidad (positiva) a determinados inversores.
¿Por qué no son fundamentales? Ejemplifico con los proyectos de celulosa porque son los dos casos que hay, pero valdría para cualquier otro tipo de emprendimiento similar. Lo necesario para que se instale un proyecto así son la madera (materia prima), el agua dulce, los puertos e infraestructura, y condiciones estables del país en el largo plazo. Es decir factores vinculados a la producción y los recursos (que en definitiva sean de bajo costo a escala global) y a la estabilidad, seguridad legal y macroeconómica. No es necesaria una exoneración fiscal total y eterna. Lo digo de otra forma: si la hubiera pero no existieran las otras condiciones y en particular la estabilidad país de largo plazo, directamente no tendríamos esas inversiones. Por más potencial productivo. En evidencia me remito a nuestro país vecino, Argentina, que tiene muchos más recursos y potencial pero carece de los otros atributos esenciales para cualquier inversor. En contraposición, países como Brasil o Chile parecen entender bien esto: ninguno le da semejantes exoneraciones impositivas como las nuestras y aun así atraen proyectos similares.
Uruguay otorga recursos naturales escasos y condiciones macro y, como si no bastase, hace una renuncia fiscal total. No solo no es necesaria hacerla, sino que es una discriminación positiva para este tipo de proyectos llamados de gran porte. No digo privarlos de los beneficios fiscales, deben existir. Pero ser iguales en todo caso para todos los inversores: el grande, el chico, el nacional o el extranjero. Y no lo es. Fíjese en lo siguiente, casi 4 de cada 10 proyectos promovidos por la ley de Inversiones en los últimos años han sido en los agronegocios. Estos proyectos han gozado de incentivos pero siempre en un esquema acotado temporalmente, no se otorgan para siempre. La sociedad renuncia a recaudar dinero (o gasta si se quiere) por un tiempo determinado y apuesta a que esa inversión traerá más empleos, exportación, desarrollo y riqueza al país. Apuesta por un tiempo. Sin embargo, las inversiones en zonas francas quedan exentas de todo tributo nacional casi para siempre. ¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué el Sr. Pérez si tiene que hacer una inversión en su aserradero o en su planta de procesar frutas y ocupar quinientas personas puede apelar a un mecanismo de incentivo fiscal acotado en el tiempo y después pagar los impuestos como un duque y por qué estos de gran porte tienen un trato diferente? ¿Acaso porque el valor actual de la renuncia fiscal en estas inversiones de gran porte genera mucho más empleos y desarrollo que las otras? Si es así, quien haya hecho esos números, no los ha divulgado.
Realizar esas concesiones tan formidables es una ingenuidad y un desconocimiento de cuáles son las condiciones estratégicas claves para llevar adelante esos proyectos. Cualquier inversión de estas irá primero a donde esté el recurso clave y a bajo costo, y luego a donde estén las mejores condiciones macro. La fiscal es una de ellas, no la primera.
Tengamos presente que Uruguay lo que tiene para ofrecer y exportar competitivamente son recursos naturales (¡vaya bendición!) y su producción primaria para el intercambio internacional (carnes, granos, fibras vegetales, etc). Bienvenidos estos proyectos, demos incentivos y condiciones, pero que sean parejas para todos. Para el grande y para el chico, para el de acá y para el de allá. No regalemos lo poco que tenemos, ni pongamos al inversor y empresario nacional en condiciones menores. Trabajemos como hacen los países serios, en generar y custodiar lo que el inversor más busca: las condiciones estables de largo plazo, la seguridad jurídica, claridad en los derechos y obligaciones, políticas nacionales consistentes, buenos acuerdos internacionales para mejorar el acceso, una matriz energética competitiva, infraestructura, gente educada, trabajadora y productiva. Esa es la puerta grande.
Con tanta generosidad charrúa, y no recaudando de donde hay que recaudar, después terminamos rascando el cinto de los paisanos de a pie.