El 14 de octubre de 2012, en Marconi, un policía mató de un disparo a Álvaro Nicolás Sosa, conocido como El Bebe. Meses después, el juez archivó el caso porque, según la fiscal, no había pruebas suficientes para inculpar al agente. El crimen provocó un estruendo social, con robos y quema de vehículos. El gobierno respondió con el Plan Siete Zonas, una “estrategia de convivencia” destinada a siete barrios marginales, entre ellos Marconi, y “estructurada en tres pilares: 1) Mejor focalización y mayor calidad en los programas sociales en el territorio; 2) Desarrollo de un plan de mejoramiento urbano y de construcción de infraestructura para la convivencia; y 3) Un nuevo diseño del sistema de patrullaje y de seguridad en las zonas”.
El plan de patrullaje y seguridad comenzó a funcionar hace seis meses, en octubre del año pasado. El Ministerio del Interior divulgó esta semana los primeros resultados. En los cuatro barrios de Montevideo donde se aplicó, descendieron 75% los homicidios, 33% las lesiones graves y 40% la violencia doméstica. En el Marconi, la caída del delito en los últimos seis meses fue drástica, según el Ministerio del Interior: las rapiñas bajaron 43%; las lesiones graves 33%; y las denuncias de violencia doméstica 28%.
“No dejen el auto ahí que se los van a robar. Acá roban todo. No se puede dejar nada”, advierte un veterano que toma mate. Pero el Ministerio del Interior dice que los delitos bajaron, le respondo. El veterano se ríe.
Al instante pasa un muchacho en una moto y se detiene. “¿Qué andan sacando fotos en el cante?”, pregunta y comienza a dar vueltas en su moto con actitud desafiante. Le explicamos quiénes somos y qué estamos haciendo. “Está mucho más tranquilo el barrio. Los chorros ya están todos adentro. Ahora a los menores le dan penas mucho más duras”, comenta, mientras relojea la cámara. Además de aumentar el patrullaje, el gobierno aprobó una ley por la que los menores que cometen delitos graves, como rapiñas, deben estar privados de libertad al menos un año.
El veterano y el muchacho piden que no se los nombre en esta nota. El primero dice que la represalia está a la vuelta de la esquina, que a otro vecino que apareció en la televisión le prendieron fuego el rancho. El segundo acelera antes de responder.
Una almacenera confirma que desde el verano “el barrio está más tranquilo, hay menos tiroteos y menos rapiñas en los corredores”. Pero dice que “no hay más patrullaje”. Mientras lo cuenta, pasan dos camionetas de la Guardia Republicanas con las sirenas encendidas. El tránsito de los patrulleros alarmados parece estar integrado al paisaje barrial. A nadie le llama la atención. Todos siguen en lo suyo, acostumbrados a convivir con el delito y su represión.
Enfrente, sobre Aparicio Saravia, cinco constructores trabajan en la instalación del tendido eléctrico. El Plan Siete Zonas incluye la iluminación de 40 cuadras. Ya se completó el tendido eléctrico en Chacarita de los Padres y los nuevos 70 focos que tendrá Marconi se inaugurarán en agosto, informó a El Observador el ministro de Desarrollo Social (Mides), Daniel Olesker.
Los constructores que clavan los postes del alumbrado saben que están trabajando en zona roja. La semana pasada presenciaron un tiroteo. Fue al mediodía.
Sin embargo, sostienen que no han tenido ningún (otro) problema, que los vecinos los respetan y que el baño químico que instalaron hace un mes sigue intacto.
A unos metros, Héctor Jorge Trucido toma mate junto a un niño. Después de un rato de recorrida, Héctor es la primera persona que se anima a dar su nombre. Es herrero, cambia las herraduras de los caballos de los recicladores del barrio y comenta, como la mayoría, que desde el verano “el barrio está más tranquilo”.
A unos metros del herrero, César Gutiérrez asa chorizos en un mediotanque. Gutiérrez arriesga estadísticas. “La peligrosidad bajó 70%”, especula. El año pasado le robaron el caballo y tuvo que abandonar su trabajo de recolector de residuos. Entonces, se las ingenió, sacó el mediotanque para la vereda y empezó a vender almuerzos al pan.
Como la situación estaba calma, hace dos meses se animó a improvisar una parada de taxis sobre la avenida Aparicio Saravia. Su emprendimiento resultó tan novedoso en el barrio que ameritó un interrogatorio policial. Gutiérrez recuerda que cuando mostró el carné del sindicato del taxi, los policías largaron la carcajada. “La verdad, que nunca pensé que en el Marconi fuera a haber una parada de taxis”, le dijeron.
Antes, los vecinos tenían que caminar 10 cuadras, hasta General Flores y Mendoza, para llegar a una parada de taxis. Una vecina, que se acerca para pedirle un coche, comenta que tener una parada cambia mucho. “Si tenés un niño enfermo, ¿qué hacés?”, se pregunta. “Acá también vive gente, somos seres humanos”, asegura. A sus espaldas, al alcance de la vista y el olfato, un hombre con costra de meses busca requeches en un basural. Por la calle, pasan dos niños. Más tarde, uno de ellos juguetea entre la basura. O busca comida.
Marconi muestra a cada rato dos caras: la esperanza y la inmundicia. Gutiérrez es uno de los hombres que se ilusiona con salir adelante. Cuenta que en la mañana trabaja con cuatro taximetristas y que “cada vez agarran más confianza”. Los llama a sus celulares y ellos van por sus clientes. Después de la tres de la tarde, llama al 141 para pedir un móvil. No le importa perder algunas monedas en esa llamada. “El orgullo mío es servir al vecino para que vea que la cosa funciona”, dice. Abre la mano y muestra un puñado de monedas que suman $ 17. Fue la propina que le dejaron la vecina y el tachero. “Viste que sale la moneda”, expresa sonriendo.
Gutiérrez tiene tres hijos: el mayor lo ayuda a asar y a lavar motos y autos, el del medio estudia carpintería en el taller Don Bosco del barrio, y la más chica, que va a la escuela, pregunta cuándo sale el artículo para leerlo en su ceibalita. La familia es beneficiaria de planes del Ministerio de Desarrollo Social.
Olesker sostiene que “la baja delictiva está vinculada a que la gente siente la política social ahí adentro”.
Pero para Gutiérrez, como para el resto de los vecinos, resulta imposible ocultar la contracara del barrio. “Hace unos meses que se siente el cambio, está quieta la cosa, pero siempre hay alguno... Hoy desmantelaron un galpón de autos robados”, dice. El jueves, la persecusión a un BMW llevó a la policía hasta un galpón en Enrique Castro, en el que estaban guardados varios vehículos ajenos (ver apunte).
Luego de conversar un par de horas con vecinos, volvemos al auto. Nos cruzamos por el camino con un montón de niños que salen de los Centros de Atención a la Infancia y la Familia (Caif) y de las escuelas del barrio. En total, hay cuatro Caif en Marconi, y el gobierno, en el marco del Plan Siete Zonas, proyecta construir uno más.
La otra cara del barrio irrumpe antes de llegar al auto. “Te dije que los iban a robar”, dice el veterano que, entre mate y mate, había dado la bienvenida y la advertencia. Cinco muchachos se acercaron al vehículo, forzaron la puerta con una uña de metal, introdujeron un alambre, rompieron la palanca que tranca la puerta, entraron al auto, intentaron prenderlo, cortaron cables. Como no pudieron ponerlo en marcha, abrieron la guantera, se llevaron la careta de la radio y la billetera del incauto periodista que, para evitar inconvenientes, prefirió dejar el dinero y los documentos allí. Los muchachos se perdieron en uno de los corredores del barrio ante la mirada de los vecinos, a los que les pidieron silencio.
Tras la llamada al 911, la Guardia Republicana tardó menos de 10 minutos en llegar al lugar. Terminamos en la seccional 17. Un policía comentó allí que habíamos tenido suerte: pocas veces fracasan en el intento de llevarse un auto. Dos policías comentaron que en la seccional 17, enclavada en el corazón de Casavalle, reciben por semana tres o cuatro denuncias de robo de autos y una decena de motos.Al día siguiente, el veterano llamó al diario para avisar que tenía los documentos robados. Conocía a los ladrones y les pidió que los devolvieran. Y ellos cumplieron.