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América Latina parece estar entrando en una nueva etapa política. Lo muestran Colombia, con la elección de Abelardo de la Espriella, y Perú, con el triunfo de Keiko Fujimori tras un escrutinio ajustado y cargado de tensión. Lo muestran también Argentina con Javier Milei, El Salvador con Nayib Bukele como referencia regional, y otros procesos donde la seguridad, el hartazgo y la crítica al sistema se han transformado en los grandes motores electorales.

La pregunta es inevitable: ¿estamos ante un nuevo giro hacia la derecha en América Latina?

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La respuesta es sí, pero conviene mirar con cuidado. Porque esta derecha no es simplemente la vieja derecha liberal de los años noventa. Tampoco es una derecha homogénea, ordenada, doctrinaria o previsible. Es una constelación mucho más compleja. En algunos casos liberal en economía, en otros conservadora en valores, en otros autoritaria en seguridad, y muchas veces profundamente antisistema en su forma de comunicarse con la sociedad.

Lo que une a estos liderazgos no siempre es un programa. Muchas veces los une un clima de época.

La gente no vota necesariamente por una ideología cerrada. Vota contra el miedo. Contra la inseguridad. Contra la inflación. Contra la corrupción. Contra la sensación de que nadie escucha. Contra partidos tradicionales que prometieron demasiado y resolvieron poco. Contra gobiernos que llegaron con relatos de transformación, pero no lograron mejorar la vida cotidiana de millones de personas.

Ahí aparece una de las claves centrales del momento latinoamericano: el voto de castigo.

Daniel Zovatto ha insistido en una idea que ayuda a ordenar el análisis: la región no vive únicamente una ola ideológica, sino un ciclo electoral de rechazo a los oficialismos. Presidentes débiles, economías estancadas, inseguridad creciente y partidos desprestigiados generan una ciudadanía cada vez más impaciente. Esa impaciencia busca resultados. Y cuando la democracia no produce resultados visibles, la sociedad empieza a mirar hacia liderazgos que prometen eficacia, aunque esa eficacia venga acompañada de riesgos institucionales.

Fernando Henrique Cardoso lo dijo con una claridad que hoy vuelve a tener enorme actualidad: la democracia necesita producir resultados. No alcanza con votar cada cinco años. No alcanza con tener parlamentos, tribunales y constituciones. Todo eso es imprescindible, pero no suficiente. Si la democracia no logra proteger, ordenar, dar oportunidades y generar confianza, otros discursos ocupan el lugar vacío.

Colombia agrega otro ingrediente. Abelardo de la Espriella llega como un outsider con dinero, visibilidad, discurso duro y una fuerte crítica a la política tradicional. Su triunfo expresa el desgaste del ciclo de Gustavo Petro, pero también algo más profundo: la pérdida de paciencia de una sociedad que siente que la inseguridad, el crimen organizado y la incertidumbre económica no admiten más diagnósticos. Quieren respuestas. Quieren autoridad. Quieren alguien que parezca capaz de decidir.

Ese es el punto central. La nueva derecha latinoamericana no crece únicamente porque convence. Crece porque encuentra enfrente sistemas políticos agotados.

Ariel Goldstein ha trabajado mucho sobre esta idea: las derechas radicales avanzan allí donde las democracias pierden anticuerpos. Donde los partidos se vacían. Donde la corrupción erosiona la confianza. Donde la política se convierte en un espectáculo de acusaciones cruzadas. Donde la ciudadanía empieza a sentir que el sistema sólo se representa a sí mismo.

Pablo Stefanoni agrega otro elemento imprescindible: la batalla cultural. Estas nuevas derechas no hablan sólo de economía. Hablan de valores, identidad, seguridad, familia, género, migración, religión, libertad, Estado, impuestos y sentido común. Entendieron que la política ya no se juega únicamente en los programas de gobierno, sino en las emociones sociales. En TikTok, en YouTube, en los podcasts, en los actos con estética de espectáculo, en la construcción de enemigos simples para problemas complejos.

Por eso muchas veces parecen más rebeldes que la izquierda. Más provocadoras. Más jóvenes en su lenguaje. Más directas en su forma de interpelar. Mientras buena parte del progresismo quedó atrapado entre la defensa de sus propios gobiernos, la administración del Estado y una agenda cultural que no siempre conecta con los problemas materiales de la población, estas derechas aprendieron a presentarse como la voz del hartazgo.

El problema aparece cuando el orden se ofrece como sustituto de la institucionalidad.

América Latina conoce demasiado bien esa tentación. La historia regional está llena de líderes que llegaron prometiendo terminar con el caos y terminaron debilitando los contrapesos. El desafío actual no es negar la demanda de orden. Es construir orden democrático. Seguridad con ley. Autoridad con controles. Eficacia con transparencia. Reformas con república.

La contradicción será una de las grandes pruebas de los próximos años.

Porque ganar elecciones no es lo mismo que gobernar bien. Y gobernar bien no es sólo imponer autoridad. Es bajar la inflación, mejorar la seguridad, atraer inversiones, sostener la convivencia, respetar las instituciones, generar empleo, fortalecer la educación y reconstruir confianza. Ahí se verá si estamos ante un cambio de ciclo duradero o ante otro episodio de la alternancia impaciente que caracteriza a la región.

Uruguay debería mirar este proceso con atención. Nuestro país tiene una tradición institucional más sólida, partidos más fuertes y una cultura democrática más moderada que buena parte de la región. Eso es un activo enorme. Pero ningún país está vacunado para siempre contra el deterioro de la confianza. La institucionalidad también se desgasta cuando la política se aleja de los problemas concretos. Cuando el ciudadano siente que se discute mucho y se resuelve poco. Cuando la agenda pública queda atrapada en cálculos electorales y no en resultados.

La lección regional es clara. Las democracias no caen solamente por golpes. También se erosionan por cansancio. Por frustración. Por miedo. Por la idea silenciosa de que cualquier cosa puede ser mejor que lo conocido.

Hay sociedades pidiendo seguridad. Hay jóvenes pidiendo futuro. Hay trabajadores pidiendo estabilidad. Hay ciudadanos pidiendo que la política vuelva a ser útil.

Cuando el miedo vota orden, la democracia recibe un mensaje. El peor error sería no escucharlo. El segundo peor error sería responderlo sacrificando aquello que justamente hace valiosa a la democracia: sus límites, sus controles, sus libertades y su capacidad de corregirse sin destruirse.

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