Hay una distancia cada vez más alarmante entre el Uruguay real y el que se discute entre los mármoles del Palacio Legislativo y en las redes sociales. Mientras las encuestas de opinión pública reflejan sistemáticamente un clima de descontento, apatía y una persistente impopularidad que golpea tanto al gobierno de turno como a las alternativas de la oposición, la respuesta de nuestra clase dirigente no es la autocrítica ni la búsqueda de consensos de fondo. La respuesta es el grito, el insulto personal y el barro de la discusión estéril. Los políticos uruguayos parecen atrapados en un bucle infinito y los ataques recientes protagonizados por algunos de ellos son una dolorosa muestra de este diagnóstico. No se trata de debates ideológicos profundos sobre el futuro del país, la educación, la seguridad o la economía; se trata de provocaciones de barricada y de bocas flojas.
Es así que hace apenas unos días, la Cámara de Diputados tuvo que suspender temporalmente una sesión tras un desborde de gritos e improperios gatillados por acusaciones cruzadas que escalaron hasta que el diputado nacionalista Juan Martín Rodríguez dijo que el presidente Yamandú Orsi “avergüenza” al país.
El mismo legislador trató de “delincuente” en una conferencia de prensa al presidente de Asse, Alvaro Danza.
Ya metidos en el barro, pero esta vez en el escenario paupérrimo de Twitter, la pasada semana el diputado del MPP, Sebastián Valdomir, trató de “fracasado” al fallecido exministro del Interior, Jorge Larrañaga, lo que le valió la respuesta del hijo del “Guapo”, Jorge Larrañaga Vidal. Valdomir eligió ir más lejos y trató al dirigente nacionalista de “hijo de fracasado”. Luego de recibir una catarata de críticas en esa red social, Valdomir dio marcha atrás y pidió disculpas. Pero el derrape verbal ya había sido cometido.
La historia no es nueva. Uno de los episodios más recordados en la historia reciente de las peleas parlamentarias tuvo lugar en 2007, cuando el legislador frenteamplista Juan José Domínguez insultó al entonces diputado Luis Lacalle Pou con aquel “oligarca puto".
Sin ir más lejos, en agosto de 2025 el senador blanco Sebastián Da Silva trató, en plena Cámara, de "puto de mierda" a su colega frenteamplista Nicolás Viera luego de que este lo acusara de ser “parte” de la “estafa” de Conexión Ganadera.
Pero lo más preocupante que desde entonces hasta ahora la popularidad de la clase política ha seguido cayendo y quienes protagonizaron los últimos desmadres, Rodríguez y Valdomir, no son de lo menos presentable del Parlamento. El nacionalista es un legislador trabajador y su colega oficialista –expresidente de la Cámara de Diputados- suele destacarse por su trato afable y dialoguista. Entonces, ¿qué se puede esperar de los peores de la clase?
¿Qué tiene que pasar en este país para que la clase política entienda el verdadero peligro de lo que está sembrando? Las encuestas avisan que la ciudadanía está cansada y que la apatía crece en una región propensa a los mesianismos y a los liderazgos antisistema. Uruguay ha sido históricamente la excepción gracias a la fortaleza de sus partidos, pero esa ventaja no es eterna ni inmune al desgaste. Y si los políticos profesionales se empeñan en vaciar de contenido el debate público y reemplazarlo por un show de agresiones, están pavimentando el camino para que la gente busque respuestas por fuera del sistema tradicional.
Abandonar la lógica del tuit incendiario y del insulto, y apuntar a la cultura de la negociación debería ser lo básico.
Pero, por ahora, la infantilización del debate viene ganando la batalla. Los políticos parecen creer sinceramente que pueden forzar el elástico hasta el riesgo de romperlo porque, en estas tierras mansas, no suele acechar el lobo.
Pero la fábula es vieja y conocida: de tanto gritar para ganar un puñado de interacciones en redes, corren el riesgo de que el animal finalmente los oiga y aprenda el camino.