29 de junio de 2026 14:59 hs

Hay una forma de robar inteligencia artificial que funciona sin tocar un solo servidor. Alcanza con sentarse del otro lado de la pantalla y hacerle preguntas. Miles. Millones. Anotar cada respuesta. Y usar esas respuestas para entrenar tu propio modelo. Se llama destilación. Es el equivalente digital de ir a un restaurante todos los días durante 45 días seguidos, probar cada plato, tomar nota de cada sabor, cada textura, cada combinación, y después abrir tu propio restaurante enfrente con la receta del otro. Solo probando. Solo comiendo. Solo anotando. Eso es lo que Anthropic acusa a Alibaba de haber hecho.

El 10 de junio, Anthropic le mandó una carta al Comité Bancario del Senado de Estados Unidos acusando a Alibaba y a su laboratorio de IA Qwen de haber ejecutado la operación de espionaje de inteligencia artificial más grande documentada hasta la fecha. Los números son difíciles de procesar. 25.000 cuentas falsas. 28,8 millones de conversaciones con Claude entre el 22 de abril y el 5 de junio de 2026. Seis semanas. Apuntaron específicamente a las capacidades más avanzadas del modelo. Ingeniería de software. Razonamiento agéntico. Planificación autónoma de tareas complejas. Todo lo que hace que Claude sea Claude y que Anthropic pueda valer lo que vale.

Dos días después de esa carta, el viernes 12 de junio, el gobierno de Estados Unidos le ordenó a Anthropic desactivar Fable 5 y Mythos 5 para cualquier persona que no fuera ciudadana estadounidense. La aduana cognitiva de la que escribí en esta columna a principios de mes. Ahora el rompecabezas tiene una pieza más. El gobierno no apagó los modelos por capricho ni por paranoia. Los apagó porque alguien ya se los estaba llevando.

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Lo que más me da vueltas de esta historia es lo artesanal del método. Alibaba no irrumpió en los servidores de Anthropic con un equipo de hackers de película. Usó el producto tal cual fue diseñado. Abrió cuentas. Pagó la suscripción. Y preguntó. Millones de veces. Con la paciencia de quien sabe que no necesita robar el cofre si puede copiar cada moneda de a una. La vulnerabilidad estaba en el lugar más inesperado. En el propio modelo de negocios. Vendés acceso a tu inteligencia por API, y alguien con suficientes cuentas y suficiente tiempo te la puede vaciar.

Anthropic advierte algo más que me parece grave. Cuando destilás un modelo, copiás las capacidades pero no las medidas de seguridad. Las barreras que impiden que Claude te ayude a fabricar armas biológicas, a generar desinformación o a planificar ciberataques no sobreviven al proceso de destilación. Copiás la inteligencia. Te dejás la conciencia. El resultado es un modelo que sabe lo mismo pero que no tiene límites.

En febrero, Anthropic ya había denunciado campañas similares de DeepSeek, Moonshot y MiniMax. 16 millones de intercambios entre las tres. Alibaba sola casi duplicó ese número. La escala va en aumento. Cada campaña es más grande que la anterior. Y las respuestas defensivas de Anthropic terminan afectando a los que menos tienen que ver con el problema. Nosotros. Los usuarios comunes. Los que estábamos en un café en Buenos Aires o en una oficina en Montevideo cuando la pantalla se puso en blanco.

Hay un dato de contexto que cierra la película. Seis días después de mandar la carta al Senado, el 16 de junio, Anthropic pidió su salida a bolsa. Valuación estimada: un billón de dólares. La misma empresa que arrancó el año peleándose con el Pentágono. Que en mayo se sentó con el Papa en el Vaticano. Que en junio le apagaron los modelos por orden del gobierno. Que ahora denuncia al gigante chino del e-commerce por robarle la inteligencia. Y que en el medio de todo eso se convirtió en la empresa de IA más valiosa del mundo.

La secuencia completa da vértigo. Enero, le dicen que no al Pentágono. Febrero, denuncian a DeepSeek. Marzo, Trump los penaliza. Mayo, se sientan con el Papa. Junio 10, denuncian a Alibaba. Junio 12, el gobierno les apaga los modelos. Junio 16, piden la IPO. Junio 17, el CEO almuerza con los líderes del G7 en Francia. Todo en medio de una guerra con Irán, tensiones con China y un debate global sobre quién controla la inteligencia artificial. Suena a ficción. Cada dato es verificable.

Para los que vivimos en el Río de la Plata y usamos estas herramientas todos los días, esta historia tiene una moraleja bastante concreta. La IA que usamos para trabajar, para estudiar, para escribir, es un campo de batalla. En el sentido más literal. Hay países peleándose por ella. Hay empresas espiándose. Hay gobiernos cerrando el acceso. Y nosotros estamos en el medio, usando herramientas cuya continuidad depende de decisiones que se toman en Washington, en Beijing y en un juzgado federal de California. Sin que nadie nos pregunte.

La inteligencia artificial se puede robar probando la comida del otro. 28,8 millones de veces. Con paciencia y una tarjeta de crédito. Eso debería cambiar la forma en que pensamos el acceso, la dependencia y la soberanía tecnológica en la región. O al menos debería hacernos dejar de pensar que lo que usamos es nuestro. Porque la llave, como me dijo mi viejo a principios de mes, la tiene otro.

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