Desde que se anunció la visita de León XIV, una pregunta empezó a repetirse en boca de analistas, comentaristas y panelistas: ¿qué significa esta visita para Uruguay? ¿Qué puede dejarle el Papa al país? La pregunta es legítima, y no menor. León XIV llega a una sociedad mucho menos religiosa que la que recibió a Juan Pablo II, pero no por eso vacía de preguntas espirituales. Al contrario: siguen muy presentes —quizás incluso con más fuerza— las preguntas por la esperanza, la comunidad, el cuidado, la trascendencia y el sentido de la vida. La visita del Papa puede volver a poner esas cuestiones en la conversación pública y convocar bastante más allá del núcleo de los católicos practicantes, como de hecho muestran las encuestas. Pero los viajes son siempre de ida y vuelta. Por eso vale la pena invertir la pregunta: ¿qué puede llevarse León XIV de Uruguay? ¿Qué puede aprender aquí el Papa, la Iglesia universal y, por qué no, la propia Iglesia uruguaya? El recorrido de su viaje ofrece una imagen sugerente. Comenzará en Uruguay, seguirá por Argentina y terminará en Perú. No hay razones para pensar que el itinerario haya sido concebido de ese modo, pero la secuencia admite una lectura: León XIV viajará desde una de las sociedades más secularizadas de América Latina hacia países donde el catolicismo conserva una presencia cultural mucho mayor. Cada país lo recibirá desde una historia y una relación con el catolicismo diferentes. Perú le ofrecerá pertenencia. Allí transcurrió buena parte de su vida pastoral, fue misionero y obispo, y será recibido por muchos casi como uno de los suyos. Argentina le ofrecerá inevitablemente la huella de Francisco: la memoria todavía reciente de un Papa argentino, una tradición católica muy atravesada por la cuestión social y una relación entre Iglesia, sociedad y Estado bastante diferente de la nuestra. Uruguay le ofrecerá otra cosa: la experiencia de no poder dar nada por supuesto.

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Ni la pertenencia religiosa, ni la autoridad de la Iglesia, ni siquiera que las palabras del cristianismo tengan para todos el mismo significado. León XIV llegará sin el vínculo biográfico que lo une a Perú y sin la enorme carga simbólica que encontrará en Argentina. Llegará a un país donde la Iglesia dejó de ocupar el centro de la cultura y donde ya no puede dar por descontadas ni la pertenencia religiosa ni su autoridad social. Justamente por eso Uruguay puede plantearle a León y a la Iglesia una pregunta que probablemente será cada vez más importante para el cristianismo que viene: cómo ser Iglesia en una sociedad poscristiana.

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No obstante, hay una particularidad uruguaya que vuelve la cuestión más interesante aún. Nuestro país hizo de la laicidad una de sus señas de identidad. Esa tradición produjo conquistas que vale la pena defender: la separación entre Iglesia y Estado, la libertad de conciencia y la convivencia entre personas con convicciones muy diferentes. Pero también desarrolló, por momentos, una concepción excesivamente restrictiva de la laicidad. Como si la neutralidad del Estado exigiera no solamente que ninguna religión tuviera privilegios, sino además que la experiencia religiosa permaneciera lo más lejos posible del espacio público. No tengo dudas de que ahí, tenemos algo para revisar como sociedad.

Un Estado laico no tiene por qué ser un Estado ciego ante la dimensión espiritual de las personas. Si aceptamos que la vida humana tiene dimensiones afectivas, culturales, comunitarias y psicológicas, resulta extraño suponer que las preguntas por el sentido, la trascendencia o la espiritualidad tengan que quedar relegadas a un territorio del que las instituciones públicas deben desentenderse. Reconocer esa dimensión no significa promover una religión y mucho menos devolverle a la Iglesia Católica un lugar privilegiado. Significa admitir algo bastante simple y a la vez importante: que las convicciones espirituales y religiosas forman parte de la vida de muchos ciudadanos y que una sociedad plural debería poder alojarlas del mismo modo que aloja las convicciones de quienes no creen. La neutralidad religiosa del Estado no debería convertirse en indiferencia frente a la dimensión espiritual de la vida humana.

Pero esa afirmación tiene una contracara igualmente importante. Si la Iglesia puede reclamar legítimamente que la laicidad no sea confundida con la exclusión de lo religioso, también debe aceptar que vive en una sociedad donde ya no posee un lugar reservado. Que el Estado no le conceda privilegios forma parte de las reglas de una sociedad laica; y que la mayoría de los uruguayos ya no sea católica no significa que la sociedad sea hostil a la religión. De hecho, los datos muestran una apertura hacia la presencia y la palabra del Papa que va bastante más allá de los católicos practicantes.

Tal vez allí esté una de las tensiones más interesantes que Uruguay puede ofrecer a este viaje de León XIV: ni una religión situada por encima de las demás ni una laicidad que vuelva invisible la dimensión religiosa. Una sociedad verdaderamente plural y laica debería poder sostener ambas cosas al mismo tiempo. Desde ciertos ámbitos eclesiales existe a veces la tendencia a leer la secularización como una forma de hostilidad. Pero una sociedad menos religiosa no necesariamente significa una sociedad enemiga de la religión. La disminución de la pertenencia católica puede coexistir con una disposición a escuchar lo que las tradiciones religiosas tienen para decir sobre la fragilidad, el sufrimiento, la esperanza, los vínculos, el cuidado o el sentido de la vida. De hecho, así lo muestran las encuestas que se han realizado sobre la actitud de la sociedad uruguaya hacia la visita del Papa. Durante mucho tiempo la Iglesia pudo apoyarse en una cultura que transmitía la fe casi naturalmente entre generaciones. Ser católico era, en buena medida, algo heredado de padres a hijos. Las instituciones religiosas gozaban de una autoridad que no necesitaba ser explicada y el cristianismo aportaba buena parte del lenguaje moral compartido por la sociedad. Pero ese mundo se está terminando, y en Uruguay se terminó antes que en otros lugares.

La pregunta entonces ya no es cómo recuperar el lugar perdido, sino otra que creo que es mucho más relevante: ¿de dónde obtiene autoridad una Iglesia cuando ya no puede obtenerla de la mayoría, de la tradición o de su antiguo peso cultural? Mi respuesta es que esa fuente de autoridad debe encontrarse en otro lado. En la coherencia de sus comunidades. En la cercanía con quienes sufren. En el impacto de sus instituciones educativas y sociales. En la forma en que acompaña a las personas. En su capacidad de sostener vínculos y generar esperanza. Y, sobre todo, en la cercanía entre aquello que predica y la manera en que vive. En ese sentido, perder centralidad puede ser también una oportunidad.

Uruguay podría convertirse en una especie de laboratorio de la Iglesia poscristiana: un lugar donde observar qué sucede cuando el cristianismo deja de ser el marco cultural dominante, pero no desaparecen las preguntas que durante siglos intentó responder. Porque la secularización no elimina la búsqueda de sentido. No elimina la necesidad de construir comunidad. Tampoco elimina el miedo a la muerte, ni la experiencia del dolor, ni el deseo de trascendencia ni la pregunta por cómo vivir una vida que valga la pena. Cambia, sí, quién tiene autoridad para hablar de esas cosas y desde dónde puede hacerlo. Quizás la visita de León XIV también pueda ayudar a la Iglesia uruguaya a mirar su propia situación de otra manera.

Vivir como minoría puede ser también una experiencia de descentramiento. Obliga a reconocerse como uno más entre otros, a abandonar la tentación de hablar desde arriba y a entrar en la conversación pública no solamente para enseñar, sino también para escuchar. Supone aceptar que hay personas que buscan verdad, sentido, compromiso y trascendencia desde tradiciones muy distintas —o sin ninguna tradición religiosa— y que esa diversidad no constituye necesariamente una amenaza. Tal vez una Iglesia más pequeña tenga la oportunidad de poner todavía más en el centro algo que ya forma parte de lo mejor de su vida cotidiana: la comunidad, la cercanía, el servicio, la escucha, el acompañamiento.

No se trata de desconocer todo lo que la Iglesia ya hace —muchas veces silenciosamente— en barrios, centros educativos, obras sociales, parroquias y comunidades, sino de preguntarse si no es precisamente allí donde puede encontrar hoy su mayor autoridad. Una autoridad que no provenga de hablar desde arriba ni de poseer de antemano la verdad, sino de la capacidad de buscarla, discernirla y hacerla vida en relación con otros. En una sociedad plural, la Iglesia no pierde identidad por sentarse a la mesa como una voz entre otras. Quizás ocurra lo contrario: puede hacer más visible, precisamente desde esa cercanía y ese servicio, aquello que tiene de singular para aportar.

Y así volvemos al recorrido del viaje. En Perú, León XIV podrá sentirse en casa. En Argentina encontrará inevitablemente las huellas de Francisco y una Iglesia todavía muy presente en la vida nacional. Uruguay le ofrecerá algo menos espectacular, pero quizás más desafiante: una sociedad profundamente secularizada, un Estado orgullosamente laico y una Iglesia que hace tiempo dejó de ocupar el centro de la cultura. Tal vez por eso esta primera escala del viaje, que a simple vista podría parecer la menos importante de las tres, tenga algo especialmente interesante para decirle al Papa y a la Iglesia universal. No se trata de recuperar el poder cultural perdido ni de reconstruir una sociedad católica que ya no existe. Sino algo más difícil y tal vez mucho más necesario para el futuro: cómo ser escuchado sin reclamar centralidad y cómo convivir sin sentirse amenazado. O dicho de una manera todavía más simple: cómo ser cristiano cuando la cristiandad ya terminó.

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