En julio, un caza F-16 despegó de la base de Eglin, en Florida, y voló durante un buen rato sin que el piloto tocara los controles, porque quien lo manejaba era una IA. El humano iba en la cabina de acompañante, listo para agarrar el volante solo si algo se complicaba. Todo esto es parte de un programa del Pentágono llamado VENOM, y les llevó cerca de dos años dejar esos aviones preparados para que una máquina pudiera pilotearlos en condiciones reales de vuelo.
Quiero aclarar algo para no exagerar, porque en estos temas el bombo hace tanto daño como el silencio. A nadie lo bajaron del avión, la autonomía se enciende y se apaga cuando el piloto quiere, y siempre hay una persona arriba vigilando. Los militares lo repiten cada vez que pueden, que estos aviones no vuelan sin un componente humano a bordo. Lo que cambió no tiene que ver con la presencia de la persona sino con lo que esa persona hace, porque el que antes volaba el avión ahora se limita a mirar cómo lo vuela la máquina, y esa diferencia que parece salida de un manual a mí me resulta bastante más profunda de lo que aparenta.
El piloto de caza fue siempre una figura casi mítica, con sus reflejos rapidísimos, sus años de entrenamiento y esas decisiones de vida o muerte que se toman en fracciones de segundo. Toda esa imagen se construyó sobre una idea muy simple, la de que adentro del avión había un ser humano imposible de reemplazar, y lo que empezó a pasar en Florida pone esa idea en discusión por primera vez en serio.
Hace unos meses escribí en esta columna sobre los robots que ya se combaten entre ellos en el frente de Ucrania, sin ningún humano en el lugar donde ocurre el choque. Pero aquello sucedía en tierra, con drones baratos y vehículos de descarte, mientras que un caza de combate es una de las máquinas más caras y sofisticadas que fabricó la humanidad, y acaba de aprender a volar sin que nadie mueva el bastón. La lógica del programa está declarada abiertamente, y consiste en soltarle las manos al piloto humano para que, desde el aire, pueda manejar grupos enteros de aviones sin tripulación.
El antecedente que hay detrás es todavía más incómodo porque en 2023, dentro de un programa parecido, un caza controlado por inteligencia artificial se enfrentó en un combate aéreo real contra otro piloteado por una persona, en lo que fue el primer duelo de la historia entre un humano y un algoritmo en el cielo. Nunca dijeron quién ganó, y en el mundo militar, cuando prefieren no aclarar quién ganó, uno se queda con una sensación que no es precisamente tranquilizadora para el lado humano.
Todo esto ocurre mientras el mundo intenta ponerle reglas a la cosa sin llegar nunca a tiempo, y el 31 de agosto se reúne en Ginebra el grupo de expertos de Naciones Unidas que discute cómo regular las armas autónomas letales. El secretario general de la ONU viene advirtiendo desde hace meses que la tecnología está agravando los conflictos, con armamento cada vez más autónomo y capaz de provocar un daño enorme, pero mientras los diplomáticos afinan definiciones en un salón de Ginebra, los aviones ya vuelan solos sobre Florida, y esa distancia entre lo que la tecnología puede hacer y lo que las reglas alcanzan a permitir se agranda todos los años.
Desde acá, desde el Sur, hay algo en todo esto que no conviene perder de vista, y es que estas capacidades se desarrollan en cuatro o cinco países que terminan definiendo el equilibrio militar del planeta entero, con el nuestro incluido en el paquete. Argentina y Uruguay no fabrican cazas autónomos ni los van a fabricar nunca, pero vivimos en el mismo mundo donde la guerra se automatiza a una velocidad que ningún tratado internacional consigue seguir, y las reglas terminan escribiéndolas siempre los mismos que primero construyen las armas.
Vuelvo entonces a esa cabina, al piloto con las manos quietas sobre las piernas mientras el avión vuela solo por el cielo de Florida, porque cada vez en más terrenos ese va a ser nuestro lugar. Vamos a estar sentados en el asiento del que alguna vez fue el protagonista, mirando cómo una máquina hace sin despeinarse aquello que durante generaciones nos dio identidad, con la instrucción difusa de intervenir apenas por las dudas. Lo único que me pregunto es si vamos a ser capaces de reconocer a tiempo el momento en que mirar deje de alcanzar, o si para cuando ese momento llegue ya no va a quedar ningún bastón del que agarrarse.