10 de agosto de 2026 16:40 hs

La evidencia comparada mundial nos indica con claridad que los sistemas educativos más efectivos y eficaces son aquellos que logran armar y gestionar el rompecabezas de sus diversos componentes para que las y los educadores, entendidos y jerarquizados como profesionales, puedan procesar, tomar y asumir las mejores decisiones para que las y los estudiantes efectivamente aprendan. Se parte de la convicción y de la confianza en que el educador es el principal tomador de decisiones del sistema educativo en el aula en su condición de mentor, innovador, transmisor y generador de aprendizajes (OECD, 2025). En una similar línea de argumentación, el informe del “Grupo de Alto Nivel de Naciones Unidas sobre la Profesión Docente del Secretario General de las Naciones Unidas” argumenta que “los docentes son el elemento central de la transformación de los sistemas educativos” y que “requieren un entorno propicio y apoyo social integral a fin de realizar su labor” (Naciones Unidas, 2024 p. 3). Ahondamos en lo que esto implicaría.

En primer lugar, el supuesto fundamental del educador tomador de decisiones yace en que el sistema educativo se mentalice, organice, funcione y rinda cuentas de manera que esto sea posible. Algunas de las condiciones necesarias refieren a concretar una propuesta educativa sólida en sus fines y contenidos, así como disponer de un amplio repertorio acerca de las maneras de enseñar, aprender y evaluar de cara a atender la diversidad de perfiles de las y los estudiantes, y de sus múltiples necesidades de aprendizaje. Asimismo, se requiere apoyar al centro educativo y al educador en particular, mediante las diversas estructuras y niveles del sistema, para que el mismo sea orientado, formado, apoyado y estimulado para procesar y tomar decisiones apropiándose y haciéndose responsable por ellas.

En segundo lugar, el rol del educador como tomador de decisiones se compone de cuatro aspectos fundamentales que están inequívocamente entrelazados, a saber:

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  • el educador es un referente, orientador y agente de cambio educativo y social, que empatiza con las y los estudiantes, con las familias y comunidades, y con la sociedad en su conjunto.
  • el educador es un ideador y facilitador de oportunidades y procesos de aprendizaje para cada estudiante, cualesquiera sean sus circunstancias, contextos, capacidades, motivaciones y afiliaciones.
  • el educador es entendido como un gestor de ambientes estimulantes de aprendizaje donde se retroalimentan e integran instancias sincrónicas y asincrónicas de enseñanza, de aprendizaje y de evaluación. Esto implica lo que crecientemente se conoce como modos híbridos en educación (Hugo Labate y Renato Opertti, Políticas para una educación híbrida, 2023) a través de las cuales las formaciones presenciales y a distancia se complementan e integran para ampliar y democratizar los aprendizajes sin umbrales ni fronteras.
  • el educador es visto como generador y sostén de trayectorias personalizadas de aprendizaje que le permite desarrollar enfoques, contenidos e intervenciones a medida de cada estudiante —comúnmente conocido como proceso de personalización de la educación, con sustento en los usos proactivos y customizados de las herramientas de la inteligencia artificial generativa (IAGen) por educadores y estudiantes .

Los cuatro roles mencionados nos permiten ahondar en el carácter altamente versátil del rol docente, así como el desafío de articular diversidad de atributos para que efectivamente impacten de forma positiva en los estudiantes, y en sus oportunidades, procesos y resultados de aprendizaje. También indica la necesidad de que el sistema educativo alinee la formación y el desarrollo profesional docente con el objetivo de formar docentes versátiles, capaces de estimular y fortalecer los aprendizajes de todos los estudiantes por igual.

En tercer lugar, el desempeño del rol del educador se sustenta en un conjunto articulado y vinculante de conocimientos y competencias que orientan su desarrollo y su práctica profesional. Dichas competencias pueden ser entendidas como las voluntades y las capacidades de las y los educadores de movilizar valores, actitudes, emociones, conocimientos y saberes a fin de apuntalar al estudiante como persona, así como la progresión, fluidez y completitud de sus aprendizajes.

Asimismo, los planteamientos más recientes en cuanto a los desarrollos de las competencias docentes se refieren a la colaboración entre las inteligencias humana y artificial. La inteligencia artificial no es solo soporte ni tampoco puede sustituir a la inteligencia humana, sino más bien es un socio agenciado por la diversidad de las capacidades de la inteligencia humana. Por ejemplo, la OECD sugiere cinco competencias docentes – capacidad de procesamiento, consistencia y alcance del conocimiento; adaptabilidad; creatividad e innovación; empatía; y tolerancia de la ambigüedad – que apuntalan a roles complementarios entre las inteligencias humanas y artificial (OECD Teaching Compass: Reimagining Teachers as Agents of Curriculum, OECD, 2025). Se trata de desarrollar la inteligencia híbrida en los educadores, esto es, una “IA aumentada por los humanos e inteligencia humana aumentada” (Inteligencia híbrida: humanos + IA. Instituto para el Futuro de la Educación, Melisa Guerra, 2025).

Bajo este cuadro múltiple de competencias docentes, y sustentadas en la complementariedad entre las inteligencias humanas y artificial, el educador se fortalecería en su capacidad de seleccionar los marcos de referencia, así como las estrategias e intervenciones que estima como requeridas, para generar condiciones y procesos conducentes a aprendizajes efectivos, relevantes y sostenibles. En particular, en América Latina y el Caribe, la discusión sobre las competencias de los educadores constituye un eje fundamental de las transformaciones educativas (Coalición Latinoamericana para la Excelencia Docente, 2019), y, por cierto, un asunto pendiente de larga data. Los cambios curriculares en la educación básica y media requieren repensar el perfil, el rol, la formación y el desarrollo profesional docente como un todo entrelazado.

Asimismo, dichas competencias tienen que constituir un componente fundamental de la evaluación y la progresión enmarcada en una carrera docente que premie la formación, así como la capacidad de propuesta, de implementar y de evidenciar prácticas docentes transformadoras. A título de ejemplo, el esquema de competencias propuesto por la Fundación Siglo 22 (2020) vincula el rol del educador a la integración y a las sinergias entre planificar y actuar, teniendo en cuenta el centro educativo y los entornos, así como su bienestar profesional. Claramente, componentes individuales y colectivos, de intersección virtuosa entre la persona, la profesión, el sistema educativo y la sociedad en su conjunto, están implicados en lograr un desempeño docente competente.

En tercer lugar, sugerimos que las competencias de los educadores se agrupen en cuatro grandes bloques que podrían dar cuenta del carácter multidimensional y versátil de su rol. Precisamente los cuatro bloques abarcan diversidad de atributos que se entienden como necesarios para que el educador pueda elaborar y tomar las decisiones más oportunas y fundadas en evidencias para apuntalar al estudiante y sus aprendizajes.

El primer bloque se refiere a las sinergias y a la integración entre los saberes propios de cada área de aprendizaje y disciplina, y los desafíos en torno a la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación vinculados específicamente a cada rama del saber – la didáctica – y al perfil de las y los estudiantes – la pedagogía-. Un educador competente articula fluidamente el para qué y en qué educar, aprender y evaluar con el cómo hacerlo, esto es, hermana cada rama del saber, la didáctica y la pedagogía. Bajo esta premisa, la formación y el desarrollo profesional docente tendrían que basarse en la integración de los conocimientos de las neurociencias de los aprendizajes, de la psicología cognitiva, de las ciencias de la educación, de las humanidades y las ciencias, con los propios de cada área de aprendizaje y disciplina, para que los educadores puedan procesar y tomar decisiones fundadas en evidencia de cara a apuntalar los aprendizajes de cada estudiante.

El segundo bloque comprende lo que podrían denominarse competencias transversales al ejercicio docente, que están asociadas a la investigación sobre las prácticas como fuente de reflexión y de acción individual y colectiva, al manejo solvente de plataformas digitales y a la producción de recursos de enseñanza y de aprendizaje que sirvan de sostén a modos híbridos – integración de espacios presenciales y a distancia - de enseñar, aprender y evaluar. Esto implicaría jerarquizar el rol del educador como elaborador, discutidor y diseminador de recursos educativos, así como generador de evidencia sobre la efectividad de sus prácticas en base a un trabajo colaborativo y solidario con sus pares a través de espacios colectivos de aprendizaje – comúnmente conocidos como comunidades de práctica.

El tercer bloque abarca las competencias personales e interpersonales que, por un lado, engloban principios y normas de integridad ética que guían el comportamiento de los educadores, y, por otro lado, el reconocimiento de las intrincadas relaciones entre cogniciones, emociones y representaciones en los educadores teniendo en cuenta sus identidades y sentidos de pertenencia, así como la constelación de contextos y circunstancias que inciden en sus mentalidades, culturas y prácticas. También se tendría que considerar el aprendizaje socioemocional que constituye un ida y vuelta entre el bienestar de estudiantes y educadores orientado a promover la empatía intergeneracional.

El cuarto bloque alude a la organización, gestión y evaluación de los aprendizajes de las y los estudiantes, que comprende componentes institucionales de la propia gestión del centro educativo, así como curriculares, pedagógicos, didácticos y docentes. Crecientemente se habla de la capacidad de los educadores para administrar o gerenciar una clase, lo cual implica, entre otras cosas fundamentales, que la diversidad de perfiles del estudiantado sean considerados como un activo de los aprendizajes más que como una barrera o un problema. Asimismo, el conocimiento recíproco de los estudiantes, a través de la colaboración y el aprendizaje entre pares, promovido por los educadores, coadyuva a que la diversidad de situaciones y perfiles en la aula constituya una vía de aprender más y mejor con base en el principio de aprender a vivir juntos preconizado por la UNESCO desde hace largo tiempo (La Educación encierra un tesoro, informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, UNESCO, 1996).

En resumen, los sistemas educativos tendrían que fortalecerse en su capacidad de generar condiciones y procesos para que los educadores puedan tomar las decisiones más fundadas y pertinentes sobre las necesidades y las oportunidades de aprendizaje de cada estudiante. Por un lado, esto implicaría fortalecer el rol versátil del educador en su condición de referente y orientador del estudiante, facilitador de sus procesos de aprendizaje, gestor de ambientes estimulantes de aprendizaje y sostén de una educación personalizada. Por otro lado, la formación y el desarrollo profesional docente, así como la progresión en la carrera docente, se sustentarían en un conjunto interconectado de competencias que las y los educadores tendrían que desarrollar y evidenciar en sus prácticas, apoyados por el sistema educativo en su conjunto, y con base en considerar a la inteligencia general generativa (IAGen) como un socio colaborativo y evolvente.

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