La inteligencia artificial está avanzando a una velocidad extraordinaria. Y como pasó con casi todas las grandes tecnologías de la historia, ese avance genera entusiasmo, pero también incomodidad, miedo y resistencia.
A los seres humanos no nos gusta demasiado el cambio. Muchas de las discusiones que vemos hoy sobre la IA, sus riesgos, sus límites, su impacto en el trabajo, la educación, la seguridad o la democracia, no son completamente nuevas. Cada tecnología transformadora trajo debates parecidos. Uno de los lugares donde esa incomodidad aparece con más fuerza es en la conversación sobre regulación.
Pero ahí solemos cometer un primer error: preguntarnos si regular es bueno o malo. La regulación no es buena o mala en abstracto. Hay buenas regulaciones y malas regulaciones. Algunas frenan el progreso. Otras lo hacen posible. La pregunta importante no es si hay que regular la inteligencia artificial. La pregunta es cómo hacerlo. Y, sobre todo, si vamos a hacerlo conectados con el mundo o aislados.
La regulación puede ordenar el tránsito
Hace unas semanas, en una charla con Nicolás Jodal, surgió una comparación muy útil: pensar la regulación de la inteligencia artificial a partir de la historia del automóvil.
El automóvil no se convirtió en una tecnología masiva porque cada persona manejaba como quería. Al contrario: necesitó reglas, semáforos, señales, estándares de seguridad, cinturones, airbags, normas de tránsito y acuerdos básicos sobre cómo circular.
Pensemos en un semáforo. Uno podría decir que una esquina sin semáforo tiene “menos regulación”. Pero cualquiera que haya manejado un día en que los semáforos no funcionan sabe que eso no hace que el tránsito fluya mejor. Hace exactamente lo contrario: genera caos, incertidumbre, más riesgo y menos eficiencia. Una buena regulación no necesariamente frena una tecnología. Muchas veces crea las condiciones para que funcione mejor, se adopte más rápido y genere más confianza. Pero una mala regulación puede dejarte fuera de carrera
La historia del automóvil también ofrece el ejemplo contrario. En Inglaterra, en 1865, la llamada Red Flag Act impuso límites muy estrictos a los vehículos motorizados: 3 Km/h en las ciudades y 6 Km/h por hora en zonas rurales, es decir la velocidad de una persona caminando. Además, exigía que una persona caminara delante del vehículo llevando una bandera roja. La intención declarada era la seguridad. Pero en la práctica, la norma hacía casi inviable la tecnología. Le quitaba al automóvil su principal ventaja: poder moverse más rápido y con más libertad que los medios existentes.
Muchos historiadores ven esa ley como un ejemplo clásico de captura regulatoria: una regulación influenciada por industrias incumbentes, como los ferrocarriles y los carruajes tirados por caballos, que buscaban protegerse frente a una nueva tecnología.
Mientras Francia y Alemania permitían más experimentación, Gran Bretaña quedó rezagada. Cuando Karl Benz patentó el primer automóvil moderno en 1885, Inglaterra ya había perdido años cruciales. Ese es el riesgo de una mala regulación: no protege a la sociedad; protege el pasado. El punto clave no es regular más o menos. Es seguir estándares
Hay otro aprendizaje de la historia del automóvil que es todavía más importante para la inteligencia artificial: los estándares importan. Aproximadamente un 30% de los países maneja por la izquierda, mientras que el resto lo hace por la derecha. Hay razones históricas para ambos sistemas. Manejar por la izquierda surgió, en parte, porque la mayoría de las personas son diestras. En tiempos de caballeros y jinetes, circular por la izquierda permitía mantener la mano derecha , la mano de la espada o la lanza, más cerca de quienes venían en sentido contrario. En otros países, como Francia y Estados Unidos, la evolución de los grandes carros de carga llevó a conducir por la derecha. Napoleón ayudó a expandir esa práctica en Europa continental, pero nunca conquistó Gran Bretaña. Mientras tanto, Gran Bretaña y muchas de sus colonias mantuvieron la circulación por la izquierda.
Podemos discutir si es mejor manejar por la izquierda o por la derecha. Pero lo que no admite discusión es que la ausencia de un estándar global no beneficia a nadie. La existencia de dos sistemas globales encarece los autos, complica la producción, obliga a fabricar variantes con volante a la izquierda y a la derecha, y genera riesgos adicionales para los conductores que pasan de un sistema a otro. En Nueva Zelanda, algunos estudios muestran que, en choques fatales, el 27% de los conductores con licencia extranjera “no mantuvo la izquierda”, frente al 16% de los conductores neozelandeses. En algunos países, además, conviven autos importados con configuraciones distintas, lo que hace aún más compleja la seguridad vial.
Los estándares no son un detalle técnico. Son infraestructura invisible. Cuando funcionan, nadie los nota. Cuando no existen, todos pagan el costo.
La inteligencia artificial es global
Este es, para mí, el punto central. La inteligencia artificial no es una tecnología local. Es una tecnología global. Los modelos se entrenan con datos de muchos países. Se despliegan en plataformas globales. Los usuarios cruzan fronteras digitales todos los días. Las empresas que desarrollan estas tecnologías operan en múltiples jurisdicciones. Y los riesgos , desde ciberseguridad hasta desinformación, privacidad o uso indebido, tampoco respetan fronteras.
Por eso, el mayor error que podemos cometer como país es pensar que alcanza con una regulación local desconectada del mundo. Una ley nacional puede tener un rol, por supuesto. Cada país tiene sus instituciones, su marco jurídico, sus prioridades y sus valores democráticos, pero si esa regulación no sigue estándares internacionales, si no dialoga con los marcos globales, si no es interoperable con lo que están haciendo otros países, puede terminar generando más problemas que soluciones.
Para un país chico o mediano, ese riesgo es todavía mayor. Si regulamos solos, con reglas que no siguen estándares globales, podemos dejar a nuestras empresas, universidades, emprendedores y usuarios fuera de los sistemas que van a definir el futuro.
Regular sí. Pero con el mundo, no de espaldas al mundo
La inteligencia artificial ya está regulada en muchas áreas. Su uso en medicina, crédito, seguros, empleo, privacidad, vehículos autónomos y sistemas de decisión automatizada ya cae bajo marcos regulatorios existentes. Entonces la pregunta real no es si hay que regular la IA. La pregunta real es cómo hacerlo bien. Y hacerlo bien implica tres cosas.
- Primero, proteger a las personas frente a daños reales.
- Segundo, permitir que la innovación siga avanzando.
- Tercero, y quizás más importante, construir sobre estándares globales.
No necesitamos inventar una regulación aislada para sentir que estamos haciendo algo. Necesitamos participar activamente en la conversación internacional, adoptar buenas prácticas, alinear definiciones, exigir transparencia donde corresponde y asegurarnos de que nuestras reglas sean compatibles con el mundo. Porque en inteligencia artificial, la fragmentación regulatoria puede ser tan costosa como la falta de regulación.