Hasta hace unas semanas, casi nadie fuera de Cabo Verde sabía quién era Josimar José Évora Dias. Hoy, con cuarenta años y un apodo que le pusieron sus abuelos —Vozinha, "abuelita" en portugués, porque fueron ellos quienes lo criaron mientras sus padres trabajaban—, es una de las historias que este Mundial 2026 le va a dejar al fútbol. Y no por lo que ganó, sino por lo que representa.
Su biografía no tiene nada de guion de marketing deportivo. Empezó en las calles de Mindelo sin entrenador de arqueros, aprendiendo a atajar mirando videos de otros goleros y tratando de repetir en cada práctica lo que veía. Recolectó basura antes de poder vivir del fútbol. Después vinieron Angola, Moldavia, Portugal, Chipre, Eslovaquia: la geografía errante de quien nunca tuvo un lugar asegurado, ligas menores, contratos cortos, la segunda división portuguesa como techo. Llegó a este Mundial, según contó él mismo, sin club. Y sin embargo llegó.
Ahí está lo primero que este arquero nos recuerda, y que en el fondo todos sabemos aunque nos cueste sostenerlo cuando la vida aprieta: que la excelencia no es un privilegio de quien tiene los medios, sino una disciplina de quien persiste sin ellos. Vozinha tapó siete pelotas ante España en el debut, sostuvo a su selección en un empate histórico ante Uruguay, y le llegó a atajar un tiro libre a Messi. No lo hizo con el talento natural de un elegido, sino con el trabajo silencioso de veinte años de carrera sin cámaras. Hay una forma de mérito que no se mide por el resultado sino por la fidelidad a un esfuerzo que nadie estaba mirando. Esa fidelidad, sostenida en el tiempo, sin garantías ni reconocimiento, tiene un nombre que reconocemos todos aunque no siempre sepamos nombrarlo: es una forma de entrega.
Lo segundo que Vozinha nos enseña es más incómodo, porque contradice la lógica que gobierna buena parte de nuestra cultura, también la jurídica: la idea de que solo cuenta el resultado. Cabo Verde perdió 3 a 2 con Argentina, en el alargue, en su debut absoluto en un Mundial. Y sin embargo nadie que haya visto ese partido puede decir que Cabo Verde salió derrotado. Antes del partido, el propio arquero había escrito unas líneas que decían, más o menos, que salían a la cancha sabiendo que detrás de once jugadores había todo un pueblo, que no hay islas ni distancias ni fronteras cuando se juega por algo más grande que uno mismo. Esa frase, dicha por un hombre de cuarenta años que recogía basura antes de ser arquero profesional, vale más que cualquier resultado en un marcador.
Las ideas y creencias que intento aplicar en mi vida sostienen que la dignidad de una persona no se mide por lo que logra sino por cómo se entrega a lo que hace, y que la verdadera victoria no siempre coincide con el resultado. Esa convicción está detrás de cada arquero de pueblo chico que se para frente a un gigante sabiendo que probablemente va a perder, y aun así va a cada pelota sin resignación o excusas. Vozinha se despidió del Mundial con una lesión, atendido en la cancha, después de haber sido durante tres partidos el rostro más humano de todo el torneo. Se fue eliminado. No se fue vencido.
Quienes creemos que el fútbol, además de espectáculo y de negocio, sigue siendo una escuela de virtudes, le debemos algo a este arquero improbable. Nos recordó que la resiliencia no es un eslogan de manual de autoayuda sino la capacidad concreta de seguir de pie después de dos décadas de fútbol sin reflectores. Nos recordó que la entrega vale por sí misma, más allá de lo que produzca. Y nos recordó, sobre todo, que hay una forma de ganar que ocurre exactamente en el momento de perder: cuando uno se reconoce a sí mismo en el esfuerzo del otro, y descubre que la admiración que despierta un arquero de Cabo Verde no tiene que ver con Cabo Verde ni con el fútbol, sino con algo mucho más nuestro, mucho más humano, que todos —caboverdianos, argentinos, uruguayos— llevamos adentro y que este Mundial, por una vez, dejó ver con toda claridad.