Todavía no saben si lo que hay que armar en la casa es para un bebé de tres meses o para un niño, o niña, más grande. Es lo único que Florencia y Carol, las dos ya en sus 30, no pueden resolver por su cuenta. Así que preparan lo más genérico posible a la espera de un llamado como tarde, sucederá en pocos días. Saben, desde antes de anotarse, que integrarán a una persona al hogar solo por unos meses. Después, ese niño o niña seguirá su recorrido -con su familia biológica o con una adoptiva- y ellas serán, en la historia, el eslabón del medio.

No es una decisión que hayan tomado para probar si después quieren adoptar. No estaban interesadas en ser madres, por el momento. Lo de ellas es otra cosa: se encariñarán, pero sin miedo. Con la certeza de que le darán a ese bebé, niño o niña, algo que cambiará el curso de su vida para siempre.

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El resto de la familia ya se acomodó alrededor de esa llegada sin fecha fija. La madre de Florencia va a ser, dice, "una figura que va a estar muy presente"; los domingos de almuerzo en lo de los padres van a sumar un comensal más. El círculo cercano reaccionó con algo parecido a la admiración: a varios les cuesta imaginarse haciendo lo mismo, sosteniendo el desapego que ellas dicen tener incorporado desde el principio.

Esa historia —una pareja treintañera, sin hijos, que decide alojar unos meses a un bebé de meses o un niño para después dejarlo ir— es la unidad mínima de un plan bastante más grande: el intento del INAU de que, en los próximos años, ningún niño o niña menor de cuatro años vuelva a dormir en un hogar del organismo.

Para eso, tanto las organizaciones sociales como el INAU se encuentran en una carrera contrarreloj para conencer a más familias de que que se postulen para ser cuidadores temporales. Spots en TV, campañas digitales y pedidos de que se presenten al programa de Familia Amiga pueden verse en diferentes plataformas de difusión.

El problema que el programa intenta resolver

Uruguay tiene, sin haber atravesado catástrofes ni conflictos armados que dejaran niños huérfanos, una de las tasas más altas de institucionalización infantil de la región: en 2025 más de 7.000 niños, niñas y adolescentes vivían bajo alguna medida de protección especial, y los centros 24 horas todavía albergan a casi la mitad de ellos. Lo que cambió no es el diagnóstico —ya en los ochenta había evidencia de los efectos nocivos de la institucionalización— sino la certeza sobre la primera infancia en particular: estrés crónico por la ausencia de una figura de apego estable, rotación de adultos de referencia, impacto en el desarrollo del sistema nervioso asociado al cortisol, y una afectación de identidad que los propios entrevistados resumen con una frase dura: "sos del INAU, no sos de una familia". Por eso, de las líneas estratégicas que se propuso el organismo para este quinquenio, erradicar el cuidado residencial en la primera infancia es una ambiciosa: que los niños que hoy están en hogares pasen a una casa de familia mientras se define su situación, y que los que ingresen de ahora en más por una nueva medida judicial ni siquiera lleguen a pisar una residencia.

En Montevideo y área metropolitana hay, según las cifras que manejan las propias organizaciones, entre 135 y 150 niños y niñas de 0 a 3 años viviendo en centros 24 horas del INAU. Esta primera etapa del plan apunta a sacar a 75 de ellos de esos hogares. El Estado paga 3 BPC (cerca de $ 20 mil mensuales) por cada niño o niña que entra al programa Familia Amiga, un monto pensado para cubrir los gastos que genera un integrante más en la casa, no como un ingreso para la familia.

Tres organizaciones ganaron el llamado de INAU: El Abrojo en el oeste de Montevideo, Juventud para Cristo en el este, y Aldeas Infantiles en Canelones. Cada una tiene un cupo fijo de 25 niños —si uno sale del padrón porque resolvió su situación definitiva, entra otro— y cada una llegó a este arranque con un terreno distinto.

El Abrojo, con experiencia previa en acogimiento de niños en edad escolar y adolescentes, es la que hoy tiene menos familias amigas formalizadas. Hoy tienen una familia aprobada —Florencia y Carol— y otras seis en evaluación.

“No es que no hay que encariñarse, pero sí saber que es una experiencia de un tiempo donde el centro no soy yo como adulto ni mis propias necesidades", responde Paula Baleato, coordinadora de El Abrojo, en conversación con El Observador.

Juventud para Cristo, que ejecuta el programa a través de un centro al que llamaron Ágape, sumó una idea adicional: captar no solo a familias dispuestas a recibir a un niño las 24 horas, sino también a personas y organizaciones —colegios, mutualistas, empresas, clubes, iglesias, cooperativas de vivienda— dispuestas a colaborar sin alojar a nadie: un traslado, pañales, un equipo de recreadores para una tarde de actividades. La llaman "comunidad Ágape", y surgió, cuenta el coordinador Fernando Rodríguez, de la cantidad de gente que llamaba ofreciéndose como familia amiga y terminaba diciendo que no podía asumir el compromiso completo, pero quería ayudar de otra forma. Hoy tienen contacto con 17 de sus 25 niños asignados y una lista de 50 familias en distintos estadios de evaluación. El cambio que más destacan frente al programa Familia Amiga tradicional es el acompañamiento: cada dupla de técnicos sigue a solo cuatro o cinco familias, con disponibilidad de entre 20 y 30 horas semanales por núcleo. "Hasta ahora las familias quedaban con pocas instancias" de apoyo, dice Rodríguez.

Aldeas Infantiles, en Canelones, llegó con ventaja: ya venía trabajando con INAU en un proyecto similar antes del llamado, así que al firmarse el convenio pudo incorporar de inmediato a dos familias y a dos niños que habían llegado por una emergencia —esperando en un hospital una solución que no podía demorarse— y que hoy ya viven en esas casas. Es, de las tres, la que más terreno recorrió en la captación: 350 hogares mostraron interés en el proyecto; de esos, unos 100 completaron el filtro inicial y pasaron a valoración de INAU, y 35 están en etapa avanzada. En Canelones hoy hay diez niños de 0 a 3 años en cuidado residencial, además de otros en lista de espera en el hospital de Las Piedras. "Soy súper optimista: al día de hoy no hay tantos niños, en un par de meses podríamos alcanzar esa meta", calcula Samuel Diogo, director programático de la organización.

Cómo se decide quién puede ser familia amiga

Los requisitos de base son los mismos para las tres instituciones, porque la valoración final siempre la hace INAU: ser mayor de 25 años, no estar inscripto en el Registro Único de Adoptantes —para evitar que la figura se use como atajo hacia una adopción—, tener ingresos estables y no haber tenido antecedentes vinculados a violencia. No hay techo de edad: hay familias amigas jubiladas, de hasta setenta años, y también personas solas. Lo que más se exige, además de la estabilidad económica, es aceptar desde el principio el carácter transitorio de la propuesta: la condición que, dicen los tres entrevistados, filtra más que cualquier otra.

La integración a la nueva casa tampoco es inmediata: hay una semana o diez días de visitas diarias a la institución donde el niño vive, para que se vaya conociendo con la familia, y recién después llega la mudanza. Desde que una familia se postula hasta que un niño duerme en su casa pasan, en el mejor de los casos, dos meses. En algunos casos, las organizaciones ayudan con el equipamiento inicial—cuna, ropa, sillita para el auto— cuando la familia no cuenta con él.

Lo que esperan que cambie

El horizonte que persigue el INAU es 2029: para entonces, el organismo se propone que no quede ningún bebé o niño pequeño institucionalizado en el país, y que cualquiera que ingrese por una nueva medida de amparo pase directamente a una familia transitoria en lugar de a una residencia. Las tres organizaciones coinciden en que el plazo que maneja el programa para que un niño resuelva su situación definitiva —un año, como máximo— es una meta orientativa, no una obligación rígida: hay procesos, como el de una madre en situación de calle que necesita tiempo para recuperar una vivienda y un trabajo, que no se pueden forzar sin arriesgar el vínculo de origen. "Son procesos y lógicas sociales que a priori no conocemos", advierte Rodríguez. Lo que sí comparten las tres es la urgencia de no demorar: cuanto antes se resuelva el destino final de un niño pequeño, menos cambios de referentes va a acumular en los años que más pesan para su desarrollo.

Por ahora el programa fija su prioridad en los menores de cuatro años, pero las tres organizaciones ya reciben consultas de familias que querrían sumarse para niños más grandes, y lo toman como un indicio de hacia dónde puede crecer el modelo. "Esto seguro va a ser la punta de lanza para los cambios más grandes del sistema", resume Diogo. Antes de eso, sin embargo, falta completar los primeros 75 cupos —y encontrarles, a cada uno de esos niños, una familia.

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