ver más

Un Fusca sin ruido circula por Uruguay. Avanza por la rambla de Montevideo ante la mirada de algún incrédulo. No es nuevo ni importado. Fue restaurado y electrificado por Francisco Romero, mecánico automotriz apasionado por los fierros.

Lo hizo en su casa, con herramientas del taller y piezas llegadas de China. Cambió el motor, la batería, la instalación eléctrica, y también parte de sí mismo. “Fue un proyecto experimental. El famoso provisorio para siempre”, dijo entre risas.

El origen de una idea

Francisco cuenta que la motivación fue técnica y personal. “Soy mecánico automotriz y tenía ganas de meterme en esto de la movida de los autos eléctricos”, dice.

En el momento en que inició el proyecto, en Uruguay había muy poca información. “No había mucho, ni muchas conversiones”, recuerda.

Se contactó con una persona que tenía un vínculo con proveedores chinos, aunque no promocionaba el proyecto. “Me pasó unos números de cuenta en China. Me dijo qué quería comprar y compré a través de él, haciendo yo toda la gestión de importación y toda la inversión”.

Romero aclara que no pretendía ningún gesto simbólico: “Esto no es la salvación del planeta. No quería sentirme un salvador de nada. Quería aportar un poco al cambio y ver qué tan ciertas son las cosas cuando uno usa el auto”.

De la carrocería al sistema eléctrico

El auto fue comprado en mal estado. “Compramos un auto muy desmejorado”, dice. A nivel estructural, la restauración llevó casi un año.

Recibió ayuda en distintos momentos. En chapa trabajó con su cuñado, "Rafa". “Fue también una segunda cabeza pensante del proyecto”.

Todo el sistema eléctrico fue renovado. “La instalación eléctrica la hice nueva”. El sistema actual funciona con 72 voltios, lo que clasifica como media tensión.

Motores, baterías y decisiones técnicas

Al comienzo, utilizó baterías de plomo ácido de ciclo profundo, una tecnología más antigua, pesada y menos eficiente, pero accesible. “Estábamos acotados de presupuesto”, explica. Con el tiempo, esas baterías fueron reemplazadas por un kit de litio, una solución más moderna, liviana y duradera.

“Esta batería tendría que durar 10 años. Ya tiene dos”, indica. Con las dos baterías, la inversión total fue de entre 14.000 y 15.000 dólares.

Romero no contabilizó su propia mano de obra. “No me la voy a cobrar nunca”, asegura.

El motor eléctrico se conecta a la caja, lo que permite mantener el uso de marchas. Pero no es necesario hacer cambios. “El motor tiene fuerza desde cero revoluciones. No tenés que hacer cambios para llegar al punto de fuerza máximo del motor”.

Conversión, uso y autonomía

Actualmente, lo usa para trayectos urbanos. “Es un auto de 100 kilómetros. En mi rutina semanal funciona mucho mejor la ecuación”.

Francisco destaca que, si tuviera que usar un auto a nafta, gastaría lo suficiente como para “hacer 15.000 km en el año”.

Define su enfoque como práctico: “No soy ningún burgués. Soy un mecánico trabajador. Esto fue una ecuación. A algunos no les sirve. Yo no recomiendo nada”.

Cargar lento, cuidar más

El sistema de carga se hace en su casa. Utiliza un cargador de baja potencia. “Al cargarlas lento, las baterías se cuidan más. Es como el celular”.

Francisco compara el proceso con los smartphones: “Si las cargás rápido y las descargás rápido, les acortás la vida útil”.

El sistema fue mejorado y tiene protecciones. Sin embargo, tuvo un incidente. “Me llaman de los bomberos: ‘Le apagamos un incendio en el auto’. Fue por un aislante mal calculado. No fue grave. La protección cortó la carga”.

Tecnología incorporada y monitoreo

El tablero cuenta con voltímetro y amperímetro. “Es como el medidor de consumo de los autos, que te dice cuántos kilómetros por litro”.

Además, se conecta a una aplicación móvil. Desde el celular, Francisco monitorea el estado de carga, la salud de las celdas y la capacidad restante.

“Esto no es a tiempo real, tiene un delay de 78 segundos”, aclara.

Transformar sin perder el origen

De todo el conjunto original, lo único que se mantiene es la caja de cambios. “De acá para adelante, está todo nuevo”, señala.

El funcionamiento de la transmisión se ajustó a las características del motor eléctrico. “No tengo que pisar el embrague para cambiar. El motor eléctrico, cuando soltás el acelerador, deja de girar”.

Relaciones, docencia y continuidad

El auto le abrió puertas inesperadas. “Me ha pasado con otros colegas, o con gente allegada a los autos. Me abrió ventanas”.

Gracias al proyecto, comenzó a reparar bicicletas y monopatines eléctricos. “Llego con esto, y es como el currículum”.

Recibió propuestas para dar talleres. Una en Colonia no prosperó por falta de presupuesto. Pero no descarta retomar esa posibilidad. “Di clases un año en los talleres Don Bosco. Mis padres son docentes. Podría pedir ayuda para armar clases”.

El auto funciona como ejemplo y como herramienta. “No quiero un auto para gastarle plata. Quiero que sea útil”.

Memoria familiar y herencia

Francisco no planea venderlo. “Me he preguntado varias veces si lo voy a vender. Me parece que no. Quisiera que fuera una herencia para mi hija”.

El vínculo con el auto es personal. “Soy muy sentimental con estas cosas. Mi viejo tenía uno también”.

Siente orgullo cuando ve el Fusca. “Siento mucho cariño. Veo las horas de laburo, algún dolor de cabeza, la alegría cuando empezó a funcionar”.

El proyecto también generó conversación. “Hay gente que se me acerca y me dice ‘mi viejo tenía uno’. Y te cuentan su historia”.

Un auto que llama sin buscarlo

El auto no tiene publicidad. Aun así, lo reconocen. “Hay gente que se acuerda. Me mandan videos, me dicen ‘mirá este otro Fusca eléctrico en EE.UU.’”.

En uno de esos videos, otro usuario convirtió un Fusca usando piezas de Tesla. “Me llené de alegría al ver que el procedimiento era el mismo”.

Francisco lo resume así: “Yo no tengo piezas de Tesla, pero el procedimiento, si no fue el mismo, fue casi el mismo”.

Temas:

Volkswagen Fusca Autos eléctricos

Seguí leyendo