"La discusión no es ojo contra dato. Es ojo contra dato aislado y dato aislado contra evaluación genética", afirmó Gianni Bianchi Olascoaga, consultor en producción ovina, en una columna de opinión que remitió a La Tribuna del Agro de El Observador, que se titula "¿Qué nos dice un animal cuando lo evaluamos solo mirándolo?" y publicamos a continuación.
¿Qué nos dice un animal cuando lo evaluamos solo mirándolo?
Por Gianni Bianchi Olascoaga, Ing. Agr. Dr. y consultor en Producción Ovina
Durante mucho tiempo, mirar un animal fue la principal herramienta de selección. Pero la genética cambió. Hoy sabemos que el animal que tenemos delante es resultado de su genética, pero también de la alimentación, manejo, edad y todo lo ocurrido antes de llegar a nuestros ojos. Lo que vemos puede estar asociado a una característica productiva, pero no necesariamente refleja su mérito genético.
Podemos medir objetivamente características morfológicas y encontrar asociaciones con la cantidad de carne en canal. Pero esas asociaciones son inferiores a las que ofrece algo tan simple como el peso vivo. Si son menores con calibre y cinta, difícilmente serán más precisas a ojo.
No es ojo contra dato
La discusión no es ojo contra dato. Es ojo contra dato aislado y dato aislado contra evaluación genética.
Un peso vivo, un área de longissimus dorsi o cualquier otra medida pueden ser datos correctos. Pero un dato del animal no es, por sí mismo, una estimación de su mérito genético. Para eso necesitamos población de referencia, contemporáneos, genealogía, progenie y generaciones, y separar los efectos ambientales de las diferencias genéticas.
Porque así como no existe el gran jurado, tampoco existe el gran carnero. Existe un carnero dentro de una población, y es esa población la que permite estimar su mérito genético.
En las cabañas que participan de programas de evaluación genética, los jurados pueden disponer de DEP. De lo contrario, resulta difícil explicar que, al momento de elegir un campeón, esa información deje de ser relevante, cuando constituye un elemento central para orientar la elección. Más allá de que en lana, ciertas características visuales y táctiles pueden aportar elementos adicionales.
En carne, la cuestión es más discutible: no resulta evidente que el ojo pueda distinguir diferencias relevantes en cantidad de carne, menos aún en la proporción de cortes de mayor valor. Además, son relativamente pocas las cabañas que disponen de información objetiva para evaluar su mérito genético. De las 18 cabañas que participan del programa de mejoramiento genético (nueve Texel, cinco Hampshire Down, dos Ile de France y dos Poll Dorset / www.geneticaovina.com.uy), dos aparecen entre los grandes campeones PI o PO, machos y hembras, del Prado 2026.
Entonces, ¿qué agrega el jurado? No cuestiono que un técnico pueda reconocer defectos graves. Cuestiono la autoridad que seguimos atribuyendo al jurado para descubrir, mirando un lote, al animal excepcional. Hay una figura casi mesiánica alrededor de esa tarea: alguien que observa, señala y descubre al campeón.
La genética nos enseñó que esa capacidad no está en los ojos ni en las manos.
El problema es el mensaje
Ocurre en las exposiciones de todo el país, pero en el Prado se multiplica: todas las miradas convergen allí y el resultado tiene enorme repercusión.
No hay nada malo en exhibir una raza. El problema aparece cuando el campeonato funciona como señal de superioridad genética.
La última Encuesta Ganadera del MGAP mostró que el 28% de los productores ovinos compraba carneros utilizando datos de DEP.
Es difícil cambiar esa realidad si, mientras convencemos al productor de que la genética se construye con información y comparación poblacional, la propia institucionalidad sigue otorgando legitimidad al campeonato de pista.
El problema no es la opinión del jurado, sino el significado que decidimos darle.
Y la contradicción es evidente: mientras INIA y SUL premian el avance genético basado en información objetiva, nuestras exposiciones siguen otorgando al campeonato de pista una legitimidad que puede confundirse con mérito genético.
¿Cabaña o exhibición?
Una cosa es exhibir animales de una raza. Otra es tener una cabaña. Y si una cabaña vende genética, debería demostrar capacidad para seleccionarla. Eso requiere una población suficiente para generar progenie y ejercer presión de selección sobre objetivos definidos. No necesariamente pertenecer a un programa, pero sí tener una población sobre la cual seleccionar.
Puede ocurrir que alguien tenga pocos animales, gane un campeonato y utilice después ese resultado para vender “genética”. Un tatuaje puede garantizar la pureza racial. Pero eso no es mérito genético, y mucho menos capacidad de selección. No se puede seleccionar una genética que no existe como población.
El desafío no es eliminar las exposiciones, sino dejar de confundir tres cosas: exhibir, juzgar y hacer mejoramiento genético.
Uruguay ha hecho un enorme esfuerzo para construir herramientas de evaluación genética. Quizás el próximo paso sea que nuestra institucionalidad se comporte de acuerdo con lo que esas herramientas nos enseñaron.
El ojo juzga al individuo; la genética estima lo que dejará en su descendencia. Confundir ambas cosas es el problema.