1 de abril 2026 - 15:32hs

La muerte del anestesiólogo Alejandro Zalazar, de 34 años, encontrado sin vida en su departamento de Palermo el 20 de febrero pasado con los signos inequívocos de una sobredosis de propofol y fentanilo, destapó una trama que sacudió al mundo médico porteño. La investigación judicial derivó en la imputación de dos profesionales del Hospital Italiano —el anestesiólogo Hernán Boveri y la médica residente Delfina Lanusse—, acusados de robar fármacos del hospital para organizar los llamados "viajes controlados": fiestas privadas en las que los participantes pagaban para experimentar estados de sedación profunda bajo la vigilancia de un “controlador”.

El escándalo reavivó el debate sobre los controles de estupefacientes en los hospitales y la peligrosidad de estas drogas fuera del ámbito clínico. Para entender de qué se trata, Franco Mercuriali convocó al toxicólogo Fernando Cardini en El Observador 107.9.

Embed - Escándalo por el robo de fentanilo en el Hospital Italiano - Fernando Cardini | #Mercuriali1079

Qué son el propofol y el fentanilo y por qué generan adicción

Cardini explicó que el propofol es un anestésico depresor del sistema nervioso central de acción no selectiva y muy rápida. "Te dormís enseguida y te despertás rápido", resumió, y señaló que esa característica —la velocidad tanto para inducir la inconsciencia como para revertirla— es lo que lo hace valioso en medicina para operaciones en las que se necesita regular los tiempos con precisión. En estudios como endoscopías, las dosis son bajas y la inconsciencia dura apenas unos minutos: "A lo sumo un chucho de frío, pero son dosis muy bajas las que se dan en ese tipo de estudios".

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Sin embargo, es justamente esa sensación de relajación profunda y "paz mental" lo que, según el toxicólogo, atrae a quienes lo buscan fuera del ámbito clínico. Describió que algunos jóvenes experimentan con estas sustancias buscando "estar muy cerca de lo que llamamos la muerte, esa sedación tan profunda, un viaje al más allá". Alertó además sobre una tendencia más amplia que detecta en la Argentina: jóvenes que a través de las redes sociales se desafían a ver quién aguanta más la ingesta de calmantes de venta libre. "Estamos viviendo en este momento en Argentina un despropósito en este tema", advirtió.

Mencionó también el caso de la ketamina —un anestésico de uso veterinario que actúa de modo similar al propofol—, cuya circulación ilegal también creció: "Cuando no conseguís el propofol robado de hospitales, conseguís la ketamina, que hace lo mismo". En dosis altas, dijo, estas sustancias producen estados cercanos a los alucinógenos, con situaciones de "estupor" que las ubican dentro de la ley de estupefacientes.

Los riesgos médicos: depresión respiratoria, paro cardíaco y sin antídoto

Cardini fue enfático en describir los peligros fisiológicos de estas drogas cuando se administran fuera de un entorno controlado. La depresión respiratoria es inmediata y el paro cardíaco también puede producirse: "Son drogas muy delicadas para el manejo. Se han inventado en la medicina para situaciones muy particulares, de alto riesgo".

Explicó que la dosis debe calcularse por kilo de peso del paciente, pero que cada persona tiene además su propia susceptibilidad individual: "Le das los mismos miligramos a un paciente de 80 kilos, tuvo una depresión respiratoria X; le das a otro y bajó mucho más y se te va a quedar". Ahí es donde el ambuceador —el equipo de asistencia respiratoria que maneja el anestesista— cumple un papel crítico: permite estabilizar al paciente cuando el monitoreo detecta una caída peligrosa en la respiración.

Un punto que subrayó con especial énfasis es que el propofol y el fentanilo no tienen antídoto: "No es que das una sustancia como la morfina y aplicás un antídoto. Acá tenés que manejarlo con procesos médicos para poder hacer esa vuelta a la vida". Sobre las secuelas, advirtió que incluso en contextos quirúrgicos pueden quedar efectos residuales: "He visto operaciones con propofol o con fentanilo donde después no te arranca de vuelta el sistema gástrico, no te arranca el sistema inmune. Hay cosas que se deprimen a tal nivel que después cuesta arrancar".

Señaló además una particularidad que hace aún más peligroso el uso ilegal de estos fármacos: el que roba también tiene que saber administrar. "No es como la heroína o la morfina, que vos la sacás del hospital y el paciente se la autoinyecta. Acá tiene que haber alguien que te la administre y te monitoree", explicó. Eso implica la participación necesaria de profesionales de la salud en la cadena de distribución ilegal, lo que torna el fenómeno, en sus palabras, "muy bizarro, muy loco".

Falla el control: cómo se roban los anestésicos en los hospitales

Para Cardini, el problema de fondo es claro: los controles en los hospitales son insuficientes. Estas drogas deberían estar sometidas a un balance estricto de ingreso y egreso supervisado por las autoridades de salud pública, pero en la práctica ese sistema está "muy laxo": "Algún médico receta algo, dice 'vamos a usar tantos miligramos' y no usa esos miligramos. No hay un control que diga 'usaste 50 o usaste 10'. Puede decir 'usé 50' y se robó 40".

Recordó que este mismo mecanismo ya había quedado expuesto en el escándalo de los laboratorios HLB Pharma, cuando se detectó que grandes cantidades de fentanilo desaparecían de los circuitos hospitalarios: "Nos enteramos porque las ampollas estaban contaminadas por una bacteria. Si no, no nos hubiésemos enterado nunca de ese manejo incorrecto". En aquel episodio murieron más de cien personas.

La responsabilidad, señaló, está repartida entre varios actores: "Le está escapando la tortuga a la gente de salud, a la gente de la Justicia y a la gente de seguridad". Y cerró con una advertencia sobre la dimensión económica del problema: "Hay mucha plata atrás de esto. Por eso robás en los hospitales".

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