7 de marzo 2026 - 8:25hs

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publicó este viernes su dosier estadístico anual en conmemoración del 115° Día Internacional de la Mujer. El documento reúne datos de censos, encuestas de hogares y registros administrativos para trazar un panorama de la situación femenina en cuatro áreas: demografía, educación, mercado laboral y economía doméstica. El retrato que emerge tiene una paradoja en el centro: las mujeres argentinas estudian más que los varones, pero trabajan en peores condiciones, ganan menos y llegan a la vejez con menor cobertura previsional.

El punto de partida es demográfico. En Argentina viven más mujeres que varones —107 por cada 100, según el Censo 2022— y esa proporción se amplía con la edad: en el grupo de 85 años o más, la relación sube a 228 mujeres por cada 100 varones. La causa principal es la diferencia en la esperanza de vida: en 2019, las mujeres vivían en promedio 80,23 años, frente a 74,37 de los varones. Esa brecha de casi seis años era prácticamente inexistente en 1880 y se fue ampliando a lo largo del siglo XX con los avances sanitarios, que beneficiaron de manera desigual a unos y otras. El resultado es una vejez crecientemente feminizada, con todo lo que eso implica en términos de demanda de cuidados, cobertura social y recursos económicos. La esperanza de vida, además, no es uniforme en todo el territorio: mientras que en el Chaco las mujeres vivían en promedio 77 años en 2019, en Tierra del Fuego, La Pampa, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Chubut ese valor superaba los 82.

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La otra gran transformación demográfica que registra el informe es la caída sostenida de la fecundidad. En 2022, la tasa global llegó a 1,4 hijos por mujer, el valor más bajo desde que hay registros sistemáticos: un hijo menos que en 2010 y casi dos menos que en 1980. Al mismo tiempo, la nupcialidad se redujo a 2,7 matrimonios por cada 1.000 habitantes en 2024, frente a 6,6 en 1920. Las formas de convivencia cambiaron en consecuencia: entre las mujeres de 14 a 29 años que viven en pareja, el 85,8% lo hace en unión convivencial, no en matrimonio formal. En el otro extremo etario, el 83,1% de las mujeres de 65 años o más que conviven en pareja están casadas, lo que refleja que el matrimonio formal fue la norma dominante para las generaciones anteriores. Esos cambios en la composición de los hogares tienen implicancias directas sobre cómo se organizan económicamente las familias, un punto al que el informe vuelve en su tramo final.

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En educación, los datos son consistentes a lo largo de toda la trayectoria escolar: las mujeres superan a los varones en todos los indicadores, desde la asistencia hasta la graduación. La tasa de asistencia entre los 18 y los 24 años es del 49,1% para ellas y del 43,4% para ellos, una diferencia que se sostiene pese a que en esa franja etaria muchos jóvenes de ambos sexos ya están insertos en el mercado laboral. La esperanza de vida escolar femenina —el total de años que se prevé que una persona permanezca en el sistema educativo formal— alcanzó los 12,5 años en 2022, frente a 12,3 de los varones, y viene creciendo desde 2001, cuando era de 12 años para las mujeres y 11,8 para los varones.

En la educación superior, las mujeres son mayoría en el total de estudiantes (61,1%), entre los nuevos inscriptos (59,9%) y entre los egresados (63,9%). Esa última cifra es relevante porque indica que no solo ingresan más sino que también terminan más: la tasa de graduación femenina es proporcionalmente mayor. En términos de nivel educativo máximo alcanzado, el 35,7% de las mujeres de 25 años o más accede a estudios superiores o universitarios, contra el 27,7% de los varones.

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La distribución por área de conocimiento, sin embargo, sigue mostrando una segmentación marcada. En Ciencias de la Salud, 76 de cada 100 estudiantes son mujeres; en Ciencias Humanas, 72 de cada 100. En el extremo opuesto, en Ciencias Aplicadas —ingeniería, tecnología, arquitectura— la proporción baja a 41 de cada 100, aunque viene en ascenso: entre 2018 y 2023 creció 4,4 puntos porcentuales. Esa segmentación no es un dato menor, porque las carreras donde predominan los varones son, en promedio, las que llevan a los empleos mejor remunerados del mercado.

La brecha que crece con los años

Aquí es donde la ventaja educativa femenina deja de traducirse en mejores condiciones. La tasa de empleo de las mujeres es del 47,7%, frente al 65,8% de los varones. La diferencia es mayor en las edades centrales —entre 30 y 64 años—, donde la brecha supera los 21 puntos porcentuales: 66,4% contra 87,9%. Es precisamente esa franja etaria la que coincide, para muchas mujeres, con las responsabilidades de crianza y cuidado, aunque el informe del INDEC no establece esa causalidad de manera explícita. La tasa de desocupación femenina (6,9%) supera a la masculina (5,8%), y la subocupación horaria también: 13,5% frente a 8,6%, una diferencia de 4,9 puntos porcentuales que sugiere que una parte significativa de las mujeres que trabajan lo hacen menos horas de las que quisieran.

Lo que el informe muestra con particular claridad es que la brecha salarial no es estática: se acumula con el tiempo. Entre los asalariados registrados menores de 30 años, la diferencia en la remuneración mensual promedio es del 19,2%. En el grupo de 30 a 49 años, sube al 29,1%. Y en el grupo de 50 años o más, llega al 32,2%: por cada 100 pesos que gana un varón, una mujer de la misma franja etaria gana 68. En el sector no registrado, los números son más severos: la brecha parte del 34,9% en menores de 30 años y sube al 50,5% en mayores de 50. Una mujer de más de 50 años que trabaja en negro cobra, en promedio, aproximadamente la mitad que su par masculino en igual situación.

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Esa acumulación tiene una explicación estructural. El 27,2% de los puestos ocupados por mujeres son asalariados no registrados, frente al 22,7% en el caso de los varones. Los sectores donde se concentra el empleo femenino —servicio doméstico, enseñanza, salud— son también los de menores remuneraciones promedio, y eso se verifica tanto en el empleo registrado como en el informal: en ambos casos, más del 96% de los puestos en hogares privados con servicio doméstico están ocupados por mujeres, al igual que alrededor del 70% en enseñanza y servicios sociales y de salud. Los cargos de conducción, en cambio, siguen siendo territorio mayoritariamente masculino: solo el 4,6% de las mujeres que trabajan ocupan puestos de dirección o jefatura, contra el 8,5% de los varones.

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Una jubilación que llega por otro camino

El tramo final de la vida laboral condensa todas las desventajas acumuladas. El 79,8% de las jubilaciones femeninas en el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) corresponden a beneficiarias que accedieron mediante moratorias —mecanismos que permiten jubilarse sin haber completado los años de aportes requeridos—. En los varones, ese porcentaje es del 49,3%. La diferencia refleja una trayectoria laboral con más años de informalidad, salarios más bajos y, en muchos casos, períodos de inactividad que no generaron aportes al sistema. Las moratorias funcionan como red de contención para quienes no pudieron acumular los años necesarios por la vía contributiva ordinaria, pero el dato también indica que apenas uno de cada cinco jubilados mujeres llegó al retiro por el camino estándar.

En los hogares, las consecuencias de esa fragilidad económica son concretas. El 16% de los hogares urbanos son monoparentales y más de 8 de cada 10 tienen una mujer al frente. En total, el 47,2% de todos los hogares del país están encabezados por mujeres. Esos hogares despliegan estrategias financieras más precarias que los encabezados por varones: el 21,9% de los hogares con niños, niñas y adolescentes (NNyA) y jefatura femenina recurre a préstamos de familiares para sostenerse. En los de menores ingresos —el quintil más bajo—, ese porcentaje sube al 34,4%, frente al 23,5% de los hogares equivalentes con jefatura masculina. Las transferencias del Estado —subsidios y ayuda social— son un complemento especialmente relevante en estos hogares: en aquellos con NNyA y jefatura femenina, el 62,9% recibe algún tipo de transferencia de ingresos, contra el 45,1% de los hogares con NNyA y jefatura masculina. Los hogares con jefatura femenina también reciben más ayuda en especie —ropa, alimentos, otros objetos— de parte de familiares, vecinos y conocidos que los encabezados por varones.

El dosier del Indec no formula recomendaciones ni extrae conclusiones. Pero la secuencia que describe tiene su propia lógica: las mujeres ingresan al mercado laboral con más años de educación, se concentran en sectores peor remunerados y con mayor informalidad, acumulan una brecha salarial que se agranda con la edad y llegan al retiro con trayectorias previsionales más frágiles.

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