Los smartphones provocaron una caída global y sincronizada en la tasa de fertilidad adolescente a partir de 2007, de acuerdo a las conclusiones de un estudio publicado en abril de este año por Nathan Hudson y Hernán Moscoso Boedo, economistas de la Universidad de Cincinnati. El trabajo analizó datos de 128 países y construyó un modelo para explicar uno de los fenómenos demográficos más llamativos de las últimas décadas: el derrumbe de los embarazos adolescentes en sociedades tan distintas como Noruega, Japón, Australia, México y Estados Unidos, todas al mismo tiempo y con una intensidad similar.
La pregunta que motivó la investigación es simple: ¿qué puede explicar que países con sistemas de salud, leyes sobre el aborto, tradiciones religiosas y niveles de desarrollo económico radicalmente diferentes hayan experimentado exactamente el mismo cambio en un período similar? La respuesta de Hudson y Moscoso Boedo es que los teléfonos inteligentes reorganizaron la forma en que los adolescentes pasan el tiempo juntos, y que eso redujo drásticamente el contacto físico no supervisado en el que ocurren la mayoría de los embarazos no esperados en esa franja de edad.
Estar donde están los demás
El núcleo del argumento no es moral ni cultural, sino conductual. Los autores proponen que cada adolescente tiende a estar donde está su grupo. Cuando la proporción de jóvenes con celular superó un umbral crítico —en Estados Unidos eso ocurrió alrededor de 2006-2007, cuando más del 50% de los adolescentes ya tenía uno— la vida social se reorganizó. Estar conectado se volvió la manera principal de relacionarse, y el tiempo libre presencial, el de los encuentros no planificados, se desplomó.
Los datos del American Time Use Survey, una encuesta de uso del tiempo que se realiza anualmente en Estados Unidos, miden ese proceso con precisión: el tiempo diario de socialización presencial de los adolescentes de 15 a 19 años cayó de 68 minutos en 2003 a 38 minutos en 2019, una reducción del 44%. En el mismo período, el tiempo dedicado al ocio digital —redes sociales, mensajería, videojuegos— pasó de 22 a 96 minutos por día, un aumento del 336%. La correlación año a año entre los minutos de socialización cara a cara y la tasa de natalidad adolescente resultó prácticamente perfecta.
Un dato que los propios investigadores destacan como clave: la participación en deportes —otra actividad que requiere presencia física pero es organizada y supervisada— no cayó en ese período. Esto indica que los celulares no produjeron un retraimiento social general, sino que desplazaron específicamente el tiempo libre no organizado, que es justamente el contexto en que se producen la mayoría de los encuentros sexuales no planificados entre jóvenes.
Los números del derrumbe
La magnitud de la caída es notable. En Estados Unidos, la tasa de natalidad entre mujeres de 15 a 19 años se redujo un 71% entre 2007 y 2024. La de 20 a 24 años cayó un 43%, la de 25 a 29 un 23%, la de 30 a 34 apenas un 1%, y la de 35 a 39 subió un 9%. Ese patrón —cuanto más joven el grupo, mayor la caída; cuanto más cerca de los 30, menor el efecto— es uno de los argumentos más sólidos del paper para descartar explicaciones alternativas. Ninguna crisis económica, ninguna reforma del sistema de salud, ningún cambio en el acceso a anticonceptivos produce ese patrón tan preciso por grupos de edad.
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La investigación también descarta que la caída se explique por un aumento de los abortos. Según datos del Instituto Guttmacher, entre 2007 y 2020 los embarazos en el grupo de 15 a 17 años cayeron un 70%, los abortos un 69% y los nacimientos un 71%, con el porcentaje de interrupciones estable en torno al 29-30% durante todo el período. Lo que se redujo fueron las concepciones, no su resolución posterior.
Para establecer causalidad y no solo correlación, los autores recurrieron a un método ingenioso: aprovecharon el hecho de que la rugosidad del terreno encarece el tendido de infraestructura digital —fibra óptica, antenas de celular, torres 4G— para comparar áreas geográficamente accidentadas, con menor cobertura, contra otras llanas, con mayor cobertura, neutralizando así otros factores. El análisis abarcó 3.084 condados de Estados Unidos y mostró que un aumento de 10 puntos porcentuales en la cobertura 4G se asocia causalmente con una caída de alrededor del 10% en la tasa de fertilidad adolescente entre 2003 y 2018.
Lo que pasó en el resto del mundo
El estudio no se limitó a Estados Unidos. Para verificar que el fenómeno no fuera producto de políticas sanitarias o sociales específicas de ese país, los investigadores analizaron datos de 128 países, incluyendo naciones de América Latina. Los resultados fueron consistentes en todas partes, aunque con diferencias de intensidad.
En los 19 países de altos ingresos analizados —Europa occidental, Japón, Australia, Canadá— la caída en la tasa de natalidad adolescente fue la más pronunciada: −4,68 puntos porcentuales por año respecto al período anterior a 2007. En el grupo más amplio de países de ingresos medios y bajos, donde se ubica la mayoría de los latinoamericanos, la caída también ocurrió pero fue más moderada: −1,23 puntos porcentuales anuales. El paper atribuye esa diferencia a que el mecanismo opera con más fuerza donde la vida social presencial entre adolescentes estaba más consolidada antes de la llegada del smartphone.
En América Latina, el factor determinante no fue tanto el lanzamiento del iPhone sino el momento en que cada país superó el umbral de 80 abonos móviles cada 100 habitantes, que es cuando la adopción de celulares deja de ser novedad y se convierte en norma social generalizada. A partir de ese momento, el patrón se repitió: menos encuentros físicos no supervisados entre jóvenes, menos concepciones adolescentes.
El lado oscuro del mismo fenómeno
El modelo que construyeron Hudson y Moscoso Boedo predice algo más perturbador que la caída en los embarazos adolescentes. Si los smartphones reducen el tiempo de contacto físico entre pares, entonces todos los resultados que dependen de ese contacto deben moverse en la misma dirección y al mismo tiempo. Algunos favorablemente —menos embarazos no deseados, menos delitos violentos entre jóvenes— y otros de manera preocupante.
Aplicando el mismo método estadístico pero esta vez sobre las tasas de suicidio adolescente, los investigadores encontraron un efecto en sentido contrario al de la fertilidad: más cobertura 4G se asocia con más suicidios en jóvenes de 15 a 19 años. Un aumento de 10 puntos porcentuales en cobertura implica entre 2,7 y 4,0 muertes adicionales por suicidio cada 100.000 adolescentes, sobre una tasa media de 13,9 en el período analizado. En 19 países de altos ingresos, la tasa de suicidio adolescente describió una curva en U: cayó sostenidamente hasta 2007 y comenzó a subir desde entonces. El mismo shock tecnológico que redujo los embarazos no deseados alimentó el aislamiento y, con él, el deterioro de la salud mental de los jóvenes.
El paper no ofrece soluciones concretas de política pública, pero su modelo tiene una implicancia directa: prohibirle el celular a un adolescente en forma individual no restaura el equilibrio social anterior, porque la red de pares ya vive en el mundo digital. Para revertir el cambio haría falta una coordinación colectiva de todo el grupo, algo mucho más difícil de lograr con medidas individuales o familiares aisladas.