El balance del primer año de Javier Milei al frente del gobierno se presenta con claroscuros. Por un lado, los datos económicos comienzan a alinearse favorablemente, mostrando una estabilidad que trae alivio en medio de un contexto desafiante. Por otro, emergen serios interrogantes en lo político-institucional, que podrían erosionar la confianza ciudadana más rápido de lo esperado.
Los números económicos han dado al gobierno su punto más sólido. Los esfuerzos por estabilizar variables clave están empezando a rendir frutos. Sin embargo, como señalé en mi análisis, hay un detalle crucial: el mecanismo para capitalizar el Banco Central y salir del cepo. Aquí, Milei apuesta fuerte a la disciplina fiscal y al respaldo de Donald Trump, según lo declaró al Wall Street Journal. Aunque esta estrategia refleja una visión clara, también depende de factores externos y de la dinámica con el Fondo Monetario Internacional, cuyo apoyo es fundamental, pero no suficiente.
En el plano político, el escenario es más incierto. El gobierno enfrenta desafíos para consolidar su liderazgo en instituciones clave. El caso de Andrés Vázquez, titular de la DGI, es un ejemplo que inquieta. Vázquez, cuestionado por no presentar su declaración jurada y poseer propiedades millonarias en Miami, pone a prueba la coherencia del discurso oficial. La sociedad, hija de la instantaneidad y de la viralización, es menos tolerante con estas zonas grises.
La promesa de acabar con la “casta” y erradicar los privilegios del poder exige una coherencia absoluta. Sin embargo, la percepción de tolerancia ante posibles desvíos, como en el caso de Vázquez o las segundas líneas que aún responden a gestiones anteriores, genera desconfianza acumulativa, un fenómeno que puede pasar factura mucho antes que en otros gobiernos.
La sociedad del siglo XXI y la presión de la transparencia
A diferencia de los 90, cuando Menem capitalizó años de estabilidad económica antes de enfrentar críticas, hoy la sociedad está en estado de ira permanente. La instantaneidad de las redes sociales y la exposición mediática no dejan margen para dobles discursos. Cada sombra en el manejo institucional se amplifica y pone en jaque la credibilidad.
Para Milei, no será suficiente con los logros económicos. El contraste con la era kirchnerista—marcada por acusaciones de corrupción que este año han tenido su correlato judicial—será clave para definir el rumbo electoral. Pero esta diferenciación solo será efectiva si se sostiene con transparencia, sin dobleces y con respuestas claras ante cualquier sospecha, ya sea sobre el pasado o el presente.
La velocidad con que la sociedad exige rendición de cuentas no da tregua. Cada vez más voces advierten que la acumulación de sospechas podría erosionar el capital político del gobierno antes de lo previsto. Si la premisa es no tolerar zonas oscuras, esta debe aplicarse con la misma dureza hacia los propios funcionarios como hacia los opositores.
Milei no puede permitirse contradicciones entre su discurso y su accionar. La sociedad argentina no tiene paciencia para relatos que no se traduzcan en hechos. Como se dice popularmente: el diablo está en los detalles, y en este caso, también en las declaraciones juradas.