Miden apenas unas micras y solo se ven al microscopio. Pero los granos de polen guardan información que va mucho más allá de las alergias primaverales: sirven para rastrear contrabandistas, orientar la búsqueda de petróleo, certificar el origen de una miel y reconstruir cómo era este territorio hace 280 millones de años, cuando Uruguay estaba cubierto de hielo. Ángeles Beri lo sabe mejor que nadie. Es palinóloga e investigadora de la Universidad de la República, y desde los años '80 dirige el único laboratorio de palinología del país, que fundó prácticamente sola, con un microscopio, sin internet y con el apoyo de colegas de Argentina y Brasil. “El pasado es la llave del presente”, dice, y esa frase resume bien para qué sirve su trabajo.
El polen como huella digital del pasado
La palinología es la rama de la ciencia que estudia los granos de polen y las esporas, tanto de plantas actuales como de las que existieron hace millones de años. Lo que hace especial a un grano de polen como evidencia es su capacidad de sobrevivir el tiempo: puede quedar atrapado en una roca durante cientos de millones de años sin perder su forma, y cuando aparece fósil, está contando cómo era ese lugar, qué clima tenía, qué vegetación lo cubría. Además, cada planta genera un tipo de polen propio, como una huella digital, lo que permite identificar qué especies existieron en un determinado lugar y momento. “No es una locura dedicarse a esto”, dice Beri. “Los granos de polen son muy lindos. Si te fijás en internet, hay de todo tipo y clase. Hay hasta joyeros que se inspiran en ellos, porque realmente hay una diversidad muy grande.”
Una de las aplicaciones más cotidianas de la palinología es también la menos visible. El laboratorio de Beri monitorea de forma permanente el aire de Montevideo y registra qué pólenes están circulando. Esos datos van a la Intendencia de Montevideo, que los publica en su página web para que médicos y pacientes con rinitis alérgica sepan cuándo hay picos de concentración y puedan anticiparse. El laboratorio tiene un punto de monitoreo en la Facultad de Ciencias y tuvo otro en el Parque Rodó hasta julio de 2025, en un proyecto financiado por la Intendencia para comparar cómo se comporta la nube polínica en distintas zonas de la ciudad.
El polen se deposita en todo: ropa, zapatos, cargamentos. Al hacerlo deja una huella de los lugares por donde estuvo algo o alguien. Esa propiedad se usa internacionalmente desde los años 50 para investigar homicidios y casos de narcotráfico. En Uruguay, la Policía Técnica acudió al laboratorio de Beri en dos ocasiones. Una vez, fue por un contrabando de cigarrillos. La otra involucró contenedores que llegaron al puerto con una anomalía: según la documentación debían transportar electrodomésticos, el peso en la balanza daba perfecto, pero adentro había arena. “Nos llamaron para ver si se podía analizar la arena de dónde venía para tener una pista”, cuenta Beri. “Como el polen cae o se dispersa y es la señal de algún lugar determinado, podés analizar y saber de dónde, más o menos, fue sacado.” El polen, en sus palabras, funciona como un geolocalizador natural.
El problema en Uruguay es, justamente, la falta de ese mapa polínico nacional. Sin un registro sistemático del territorio, es difícil establecer con precisión de qué zona proviene una muestra. "La capacidad científica está, pero falta la herramienta estatal", dice Beri.
El mismo principio que permite rastrear un cargamento de arena también guía la búsqueda de petróleo. Las compañías petroleras necesitan saber la edad exacta de las rocas que perforan para decidir dónde excavar, y los granos de polen fósil funcionan como marcadores temporales: a cada época geológica le corresponde un conjunto específico de pólenes, de modo que cuando aparece determinado grano en una perforación, indica en qué capa del tiempo se está trabajando. Esa disciplina se llama bioestratigrafía y es una herramienta clave en la industria petrolera de toda América Latina. Cada vez que una petrolera perfora el fondo marino o el suelo, hay un palinólogo del otro lado leyendo el tiempo en granos que miden unas micras.
Ese registro del tiempo también permite reconstruir climas del pasado remoto, y lo que el laboratorio de Beri encontró en las rocas uruguayas es elocuente. Hace 280 millones de años, cuando no existían los dinosaurios y este territorio formaba parte del supercontinente Gondwana, Uruguay estaba congelado bajo el hielo. "Cuando Uruguay estaba formando parte de un supercontinente que se llamaba Gondwana, que se juntaba Sudamérica, África, Australia, India, en ese momento estaba muy cerca del polo", explica Beri. "Entonces estábamos acá, en lo que es Uruguay ahora, prácticamente congelados bajo hielo." En pocas decenas de millones de años ese paisaje glaciar dio paso a condiciones casi desérticas. En ese mundo no había flores: el paisaje estaba dominado por parientes de los pinos y por helechos gigantes del tamaño de árboles. La pradera uruguaya que hoy conocemos es algo sumamente reciente en la historia del planeta.
Ese registro importa más allá de la curiosidad histórica. "Para estudiar y entender el presente tenés que ir al pasado para ver cómo funcionaban las cosas", dice Beri. Los cambios climáticos drásticos siempre existieron, y estudiar cómo reaccionaron los seres vivos ante ellos es una de las herramientas más valiosas para interpretar lo que ocurre ahora. "Si es que hay un cambio climático, hay que verlo desde el punto de vista de un intervalo de tiempo mayor. No podés estudiar los cambios climáticos de un año para el otro, porque obviamente va a haber variación", advierte.
Hay un producto cotidiano que también guarda ese registro del paisaje vegetal: la miel. Cuando las abejas buscan néctar transportan también el polen, que queda atrapado en la miel como registro exacto de qué plantas visitaron. Ese registro define el color, el gusto y las propiedades medicinales de cada variedad: una miel de eucalipto, una de lavanda y una de pradera son productos completamente distintos. A nivel técnico, el estudio de ese contenido se llama análisis melisopalinológico. "Cada miel tiene una característica organoléptica, es decir, el gusto, el color, la textura, diferentes según las flores que la abeja visitó. Y además tiene ciertas propiedades medicinales también", señala Beri. Uruguay exporta la gran mayoría de su miel a granel, sin clasificar.
Sin embargo, dentro de esta cantidad de funciones del polen y la historia que han escrito las plantas en el mundo, hay un capítulo que a Beri le apasiona especialmente: las plantas con flor. Dominan el planeta hoy con más de 350.000 especies, y sin embargo llegaron tarde, aparecieron hace unos 140 millones de años, cuando la vida vegetal ya acumulaba cientos de millones de años de historia. Charles Darwin se mostraba tan desconcertado por su rápida expansión que la llamó un "misterio abominable".
"Esa comunión, esa coevolución entre las plantas y los polinizadores, fue lo que explica de alguna manera el éxito que tienen actualmente", dice Beri. Pero no fue el único factor. Las plantas con flor también son más eficientes en la conducción del agua y los nutrientes, y producen un fruto que protege al embrión durante su desarrollo. "Eso no se ve en otros grupos. Como los mamíferos: la estrategia que tienen de protección a su cría también los hace muy exitosos. Desde el punto de vista biológico es muy adaptativo", explica.
De esa cooperación que lleva millones de años nacieron las flores, los paisajes y los frutos que nos alimentan. El grupo que llegó último terminó liderando el planeta, y dejó en el camino una huella minúscula que Beri lleva décadas leyendo: cada grano de polen es, también, un registro de esa conquista.