Las cocinas se encendieron por última vez. El 25 de junio se estrenó en Disney+ la quinta y última temporada de El Oso, cerrando así el paso de una serie que mostró un lado diferente del universo de la gastronomía, presentó a un puñado de personajes memorables, convirtió a varios de sus actores en estrellas y —como los buenos restaurantes— ofreció una experiencia fascinante, aunque algunos de sus platos no estuvieran al mejor nivel.
Para su temporada final, El Oso (o The Bear, si prefiere el título original) cambió la receta. Sus ocho episodios decisivos ocurren a lo largo de una misma jornada, que puede ser la última en la que el restaurante que le da nombre a la serie esté abierto. Como ya se ha hecho costumbre, todo lo que pueda salir mal lo hará y los traumas y el pasado de los habitantes de esta ley de Murphy culinaria aflorará por última vez.
Precedido por un episodio especial (Gary), que se publicó de forma separada en la plataforma Disney+, la quinta temporada de la serie también alteró parte de su esquema habitual, con recursos como el cambio de una banda sonora compuesta por canciones de rock y pop ya conocidas por música original. Parece un detalle, pero es un cambio de ingredientes que se percibe en el paladar.
En una época donde parece que a las ficciones seriadas les cuesta cerrar su narrativa de una forma coherente y contundente (todo está pensado para seguir eternamente y no para terminar), The Bear llegó a esta temporada con un destino claro. Más allá de sus imperfecciones, la serie cayó parada, terminó a tiempo, y tuvo una despedida a la altura de las circunstancias que fue generando a lo largo de su recorrido.
El oso que se muerde la cola
Una de las razones principales por las que El Oso se erigió como una de las mejores series de los últimos años es la construcción que fue realizando gradualmente de su elenco de personajes. En el principio el foco estaba casi que de forma exclusiva en Carmy Berzatto, el chef atormentado encarnado por Jeremy Allen White que recibía como herencia de su hermano mayor el restaurante donde sucede la gran parte de la acción en esta historia.
Su traumática experiencia en las cocinas de primera línea en Europa y Nueva York, su complejo panorama familiar y su incapacidad de entablar relaciones sanas fueron el motor inicial de la narrativa, junto a los vaivenes del restaurante siempre al borde de la quiebra y el colapso.
Pero de a poco sus compañeros de trabajo fueron ganando cada vez más terreno. Su socia Sydney, su “primo” Richie y hasta otros integrantes del plantel de empleados del restaurante, como el pastelero Marcus y la cocinera Tina tuvieron su momento bajo los reflectores para convertir a El Oso en un proyecto de ensamble, haciendo que la serie sea cada vez más rica y expansiva, sin perder nunca el foco ni su intensidad.
Con personajes tan sólidos, sumados al trabajo de sus intérpretes, la serie fabricó así a tres nuevas estrellas: el primero es Allen White, que ya se convirtió en protagónico de cine con la biopic de Bruce Springsteen, Música de ninguna parte, y con El poder de la red, la secuela de Red Social que lidiará con el escándalo de filtraciones de Facebook de 2021.
Por su parte, Ebon Moss-Bachrach, que encarna a Richie, ya dio el salto al lucrativo cine de superhéroes como la versión más reciente de La Mole de los Cuatro Fantásticos, mientras que Ayo Edebiri, que interpreta a Sydney, ya tiene en su haber colaboraciones con cineastas como Luca Guadagnino y Bong Joon-Ho.
Más allá de sus méritos y de esa cualidad de semillero, sin embargo, The Bear tuvo también sus facetas más cuestionables. La lógica de “personajes estresados gritándose e insultándose en una cocina” se convirtió en un elemento parodiable por sus críticos, y la serie tuvo un momento entre sus temporadas tres y cuatro en la que se notó estancada, con personajes enroscados en sus dolores, una trama cada vez más inflada, con nuevas caras que no aportaban demasiado y un desfile de celebridades invitadas que se terminaba sintiendo como un gesto de autocomplacencia.
Ese elemento se terminó incluso reflejando en eventos secundarios a la calidad de una serie como los premios: mientras que en 2023 y 2024 (años de sus dos primeras temporadas) El Oso cosechó Globos de Oro y Emmys, los años siguientes no pasó de las nominaciones en esas mismas ceremonias, en parte porque su estatus como competidora en categorías de comedia (cuando narrativamente no lo es estrictamente, aunque es una serie con bastante humor) le echó en contra a parte de la industria, en parte porque la ficción siguió con su buen nivel general, pero empezó a repetirse a sí misma. De ese laberinto, del que pudo empezar a salir con su cuarta entrega, logró liberarse del todo de cara a su final.
El último servicio
Aunque los reality shows de cocina que proliferaron en las últimas décadas ya lo hacían presuponer con las feroces críticas de los jurados a los participantes y el ladrido de órdenes militares que se responden con un “sí, chef” o un “oído”, El Oso fue la confirmación de que aunque las cosas han cambiado: el ambiente de la cocina profesional es intenso, brutal y exigente.
La rigurosidad, las cadenas de mando —y los ocasionales abusos de poder—, la camaradería y hasta las dificultades de mantener a flote un emprendimiento gastronómico han sido señalados por cocineros y profesionales del ámbito gastronómico como uno de los puntos altos y legados más claros de El Oso en su retrato del mundo en el que se desarrolla su historia. Un ámbito que puede ser tóxico pero también profundamente creativo.
También hay otro logro de la serie, vinculado a su forma de producción: que haya estrenado cinco temporadas en cuatro años, y que haya tenido un final correcto son dos rarezas en esta época, aunque los tiempos dilatados del streaming de a poco van regresando a las lógicas televisivas clásicas de una entrega por año.
Y sobre todo, más allá de incorporar a la cultura pop algunos de los funcionamientos cotidianos de las cocinas profesionales, la gran herencia de El Oso son sus personajes tan rotos como entrañables, y su excepcional manejo del ritmo narrativo, que ya demostró desde su primera temporada (con su episodio 7, una clase de edición y guion), pero que tuvo repetición a lo largo de todas sus entregas.