1 de julio de 2026 5:00 hs

Los caminos de Sebastián Pedrozo confluyen frente al pizarrón. Y él lo sabe: no puede escapar del salón de clases.

Si piensa en su día a día, por ejemplo, está ahí: como maestro de la escuela pública de El Pinar. Si piensa en la escritura, la ve antes y después: se formó como lector escuchando a su maestra y como escritor pensando en historias para sus alumnos. Y si piensa en la ficción, a la que ha consagrado sus más de dos décadas como autor, también aparece un vínculo real: en su último libro, Misterioso Uruguay, dos de sus cuentos tienen a maestros como protagonistas. Así que el oficio, en el autor de 48 años, es transversal. El centro de una historia de vida.

Pedrozo es uno de los nombres "pesados" de la literatura infantil uruguaya. Publicó su primer libro en 2003 y no paró más; le siguieron una veintena de títulos, varios de ellos anclados al terror, un género que cultiva desde todos los ángulos posibles. Uno de esos libros en particular unió la historia del Uruguay y los relatos de miedo, dos pasiones que este autor montevideano lo constituyen. Fue Misteriosa Banda Oriental (2023), al que le siguió el libro que acaba de publicarse en Loqueleo (Santillana), Misterioso Uruguay. Son cuatro relatos donde confluyen fantasmas, lobizones y experiencias paranormales arraigadas en cuatro momentos históricos del país en donde se pasean personalidades reales como Charles Darwin.

Más noticias

Sobre este libro, su amor por el terror, lo que significa ser maestro en el Uruguay de hoy y los cambios en la lectura que han experimentado las distintas generaciones de niños en los últimos 20 años, Pedrozo habló con El Observador.

Hace más de 20 años que estás escribiendo, y con la excepción de algunas contadas incursiones en la literatura para adultos, siempre para niños. ¿Qué te mantiene cautivo de ese público? ¿De dónde sale el vínculo?

Se retroalimenta con la actividad diaria. Trabajo como maestro y estoy rodeado de historias que tienen un tono, un tema, y eso hace que el deseo de escribir se vuelque hacia allí casi naturalmente. La escritura se da por la práctica diaria de la docencia. Porque la literatura infantil está hoy muy viva, en crecimiento, en expansión, pero cuando arranqué no era así. Y los libros que yo quería hacer no se estaban publicando en ese momento acá.

¿Qué libros querías hacer?

Era un poco pretencioso, pero quería hacer los libros que me hubiese gustado leer. Qué es lo que creo que hice en Misteriosa Banda Oriental y Misterioso Uruguay. Esos libros están escritos cien por ciento pensando en un lector que creé para mí específicamente. Y eso se basa en hablar mucho de historia nacional en mis clases, sale de la pasión por contar la historia del suelo que caminamos. ¿Por qué lo hice a partir de la ficción? Porque soy un lector de ficción, aunque nunca me vi como escritor hasta que fui maestro.

¿Por qué nació ahí el Pedrozo escritor?

Porque la docencia es una oportunidad y tiene un costado muy creativo. Hay docentes que llevan la guitarra a la escuela y arrancan el día con una canción. Hay maestras a las que les gusta la pintura, ponen un cuadro en el pizarrón y arrancan su día hablando sobre él. No sé cuántas profesiones tienen esa posibilidad, ese dinamismo creativo tan potente. A mí se me da esto de la ficción, charlar y enseñar a través de ella. Ojo, yo no creo en la literatura didáctica para chiquilines. La literatura es entretenimiento. Los libros que escribí no son manuales. Encontré quien me los publicara porque, bueno, hay personas que creen que la literatura, además del entrenamiento, pone temas sobre la mesa. Porque escribir un cuento sobre el Éxodo del pueblo oriental con un vampiro... era jugado.

El gusto por el terror como género está muy anclado a un despertar que se genera en la infancia y en la juventud. ¿Por qué tiene ese gancho?

Porque el miedo genera una reacción muy visceral, muy potente, que no genera otra literatura. Yo buscaba que ese gancho, además, se sumara a la cercanía geográfica. Siempre agrega una cuota extra saber que eso está ahí afuera. Porque el género llegó a mí de la mano de la oralidad y de los cuentos rurales. Yo viví de chico en una zona del norte de Montevideo donde había mucha gente que venía del campo, que traía sus historias y eran realmente terroríficas. Decimos que este es y era un país tranquilo, pero las historias del campo y de nuestra historia tienen mucha violencia, son terror de verdad. El día a día lo era. Uno lee a José Pedro Barrán y se da cuenta.

De hecho, el cuento que abre Misterioso Uruguay trae un doble ejercicio del terror: el sobrenatural y el histórico, a partir de un relato sobre la esclavitud en el Uruguay colonial.

Para mí es fundamental que la literatura pensada para las infancias diga las cosas tal cual son, porque ellos lo soportan, ellos lo van a procesar bien.

¿Hay reparos a la hora de narrar determinados temas en clave literaria para los niños?

Bueno, si pienso en la esclavitud, como docente puedo hacer una búsqueda minuciosa de datos y presentarlos a los niños para contarles cómo era, pero de pronto en la literatura no lo encuentro tanto. Yo no invento nada con estos libros, pero quería ir un poquito más allá y ser un poquito más descarnado. A mí no me gusta la literatura edulcorada para niños. No me gusta bajarle el tono a lo que no debería tener un tono bajo. Porque tampoco es necesario, ellos lo procesan. Comparado con las cosas que ven hoy, a las que acceden y a las que están expuestos sin filtros, los libros tienen un proceso de cuidado y de edición enorme, es un objeto valioso para transmitir el mensaje.

Hablando de procesar el mensaje, entiendo que también las formas de llegarle a los lectores más chicos ha ido cambiando desde que empezaste a escribir.

¿Sabes lo que pasó? La velocidad de los últimos diez años a la hora de transmitir la información ha hecho cambiar un poco los registros. La velocidad en la escritura se nota.

Cambió el ritmo.

Por supuesto.

¿Para adecuarse a rangos de atención más acotados?

Sí, pero no es culpa de ellos. Pretender que un chiquilín de diez años hoy lea como leíamos nosotros a su edad es una quimera, no existe. Hoy en día, los chiquilines no te perdonan un párrafo malo, o un párrafo basado exclusivamente en una descripción. Hoy pide ritmo, ritmo, ritmo. Eso está muy arraigado en la lectura como forma de atrapar a los gurises. La calidad literaria no se negocia, por supuesto. Lo que es bueno, es bueno. Porque los chiquilines acceden a un Harry Potter de 900 páginas y lo leen. Pero hay un universo de estímulos extra en juego en las narraciones, y no es en desmedro de la obra en sí, pero se tienen que dar cosas muy puntuales porque hoy el lector ha cambiado. El cerebro del lector es diferente. El tuyo, el mío, el de los niños. Sin caer en ser apocalípticos, hay que aceptarlo. Nos hemos reseteado en estos últimos 20 años. El ritmo es otro. Y por ende el lector no puede ser el mismo que hace 20 años.

Y eso, entiendo, no te desalienta en la escritura ni en el salón de clases.

Me modifica. El fenómeno educativo sigue siendo apasionante. Los estímulos, los cambios, la dinámica, la progresión de lo que pasa, es de todo menos estático. Yo no podría trabajar rellenando datos en una pantalla, lo digo con el máximo respeto, pero no podría porque es una lógica diferente. La educación, y sobre todo en primaria, es muy dinámica porque los chiquilines tienen una capacidad de adaptación tremenda. Los puedo traer a mi ritmo. Hoy en día, para ellos lo manual resulta ser un alivio. Escribimos, pero lo hacemos artesanalmente, fabricamos un libro. Y eso sigue funcionando. El objeto libro sigue funcionando. Nunca se leyó tanto en papel como ahora. El libro es el gran triunfador del siglo XXI. Se siguen vendiendo libros y los chiquilines los reciben. Pero tienen un olfato impresionante para las malas historias y las malas ediciones.

O sea que decir que cuesta más acercar a los niños a los libros no sería del todo cierto.

No. O sea, los niños siguen estando despiertos para captar lo que está bueno. Pero no los podés formatear a tu tipo de lector. Estamos hablando de chiquilines que tienen celular a los 10 o 12 años y leen. Y eso es porque se escriben cosas de calidad, acá y en el extranjero.

¿Cuál es el estado hoy de la literatura infantil uruguaya?

Creo que ha ganado en diversidad y eso siempre es positivo. Cuando empecé había un único tipo de literatura infantil, que era la novela de aventuras. Hoy tal vez es la que menos se ve en librerías. No soy un especialista en el área, pero estoy metido y te digo que lo que hay ahora es una diversidad de miradas enorme y atractiva. Hay muchos escritores que se dedican al público adulto y que se prueban en la literatura infantil porque resulta ser un campo interesante y porque hay espacio. Pero antes no podías hacerlo porque no había diversidad de publicaciones. Tenías que escribir la novela que predominaba, que era la de aventura, y ojo, había de muy buena calidad. Yo sigo recomendando Misterio en el Cabo Polonio, 25 años después. Es un novelón.

¿Qué otros títulos o autores totémicos tenemos en la literatura infantil uruguaya?

Para mí Fernando González es un maestro. Fernando es el que rompía cuando había solo novela de aventuras con libros de fantasía como Historias de magos y dragones. La calidad literaria de Fernando es espectacular: en vocabulario, trama, complejidad, recursos literarios. Después, de Roy Berocay sus novelas juveniles de la trilogía Pequeña Ala, Tan Azul y La niebla son buenísimas, pero Pateando Lunas sigue funcionando y es un clásico. Y después, Martina Valiente, de Federico Ivanier, que ahora lo publicaron en Inglaterra. Pero bueno, no sé si son totémicos porque tenés un montón de libros de esa época que son valiosos y que tal vez ocupan un lugar en diferentes lectores. Y son libros que siguen funcionando.

¿Cuáles son esos libros que están en el comienzo para vos, desde el punto de vista de tu formación lectora?

Perico, de Juan José Morosoli, tuvo una influencia impresionante en mí. Me acuerdo de mi maestra leyéndome, el premio de que nos leyera los viernes si nos portábamos bien. Perico, para mí, sí es totémico, ocupa un espacio gigantesco en mi vida porque además me sigue funcionando como maestro. Cumple con todo lo que me gusta: economía del lenguaje, imágenes potentes, entorno natural y recursos literarios de primera calidad.

Es un círculo: Perico llegó a vos en la escuela, hoy se lo leés a niños como maestro. Y tenés al maestro, también, en dos cuentos de Misterioso Uruguay: en una es un villano, en otro una figura fundamental para los protagonistas.

Es una figura que tiene poder, el maestro. Puede mandarse macanas grandes, puede cometer errores graves, pero también puede salvar, estimular, potenciar, puede cambiar la vida de un niño. El maestro es una figura con mucha responsabilidad. Y no podés entusiasmar a nadie si no lees como maestro, si no te ven leyendo. Yo, por ejemplo, no empecé a escribir para niños porque lo hiciera primero para mis hijos; primero escribí para mis alumnos. Pero eso es porque estaba atravesado por una pasión por la lectura que me habían inculcado desde la escuela. Ver a una maestra leyendo, haciendo voces y todo lo demás, ese era un mundo al que quería pertenecer. El mejor momento de mi vida como estudiante fue cuando la maestra de sexto me mandó a cuidar la biblioteca de la escuela. El objeto libro ocupaba un lugar en ese momento, y creo que hoy lo ocupa también. Porque leerle a un niño, con pasión y con ganas, es infalible. Ese niño va a querer ser parte, va a querer estar cerca de los libros.

Supongo que es un buen momento para reivindicar la figura del maestro, en medio de una situación educativa compleja a nivel nacional.

Estamos en un momento crítico. Los maestros necesitamos que se nos acerque la comunidad para ver qué esperan de cada uno de nosotros. De la escuela, de la educación en general, qué es lo que se espera. Yo hace 25 años que soy maestro y desde que me recibí me dicen que la educación está en crisis. Pero ahora lo que está sucediendo es que se desdibujaron los roles de la comunidad, de la familia, del maestro, y se han traspasado límites. La comunidad entrándole a pegar a un maestro, eso es un límite desdibujado. Y para mí, además, es una tragedia. Como país es una tragedia. Yo no soy tremendista, ni negativo en general, y creo que este país a nivel educativo todavía no se nos fue de las manos. Estoy todos los días en un aula, lo veo. Pero hay que trabajar. Todos. Es ahora. Porque si no, ahí sí se nos va de las manos.

La percepción general de la sociedad parecería ser que efectivamente se fue de las manos, ¿no?

Sí, es así. Pero en el día a día, al trabajar con logros casi diarios, ves que los gurises responden, y por eso sigue funcionando. Trabajás con proyectos que funcionan, que entusiasman, que logran cosas. Hay una parte que creo que los docentes no hemos logrado comunicar bien, que son los avances que hemos tenido. Salen a luz las cosas negativas que existen, pero todavía hay cosas muy valiosas en la educación, porque es una profesión sostenida por los docentes en silencio. No tenemos épica, no tenemos ni literatura, ni cine. Necesitamos una narrativa propia.

Vuelvo al terror; ¿qué cuentos del género están en tu código genético como lector y escritor?

El terror en mí es un terror rural. Mis libros se mueven mucho en ese terreno, viajo mucho al interior, y como lector me pasa que también es lo que más me gusta. El primer cuento que me dio miedo de verdad se llama Los sauces, de Algernon Blackwood. Sentí que era algo que podía pasar en cualquier lugar y en cualquier momento. Esa literatura es un insumo para mí. Me pasó con ese, me pasó con Los niños del maíz de Stephen King, con Sleepy Hollow de Washington Irving. Ahora me pasa con lo que escribe Luciano Lamberti.

¿Qué tiene que tener el terror escrito para niños?

La sugerencia. Y que la sugerencia sea de calidad. Cuando empecé con el terror hace como 15 años, el libro que me sirvió de referencia fue Socorro, de Elsa Bornerman, una escritora argentina. Lo leí y dije “este es el camino”. Porque el recurso de la sangre, del detalle, puede funcionar una vez por relato, pero después se agota. Ese libro tiene todo lo que yo quería lograr.

En Misterioso Uruguay, al principio, te encargás de saludar una serie de libros, desde La tierra purpúrea hasta Historia de la sensibilidad en Uruguay. ¿Por qué?

Es un agradecimiento, a La tierra purpúrea sobre todo. Es un libro inabarcable. Es una novela total, lo tiene todo: romance, aventura, intriga, suspenso. A mí me formateó. Había leído mucha literatura norteamericana, a la escuela del realismo sucio y el storytelling, y me ayudó a conocer una parte nueva de lo que quería como escritor. William Hudson, con La tierra purpúrea, me dijo “mirá que tenés esto acá también, todas estas historias para contar que nacieron acá”. Desaparecidos, contagios, persecuciones. Las noches en Paysandú, en 1854, no eran muy diferentes a las noches en Texas ese mismo año. Los miedos tampoco.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos