15 de agosto de 2026 5:00 hs

En una pequeña cajita forrada de terciopelo granate, donde podría guardarse un collar o una pulsera, Walter Viña conserva una reliquia ligada a la historia del Partido Nacional: una muela que perteneció al Banana, el caballo más famoso de los que tuvo Aparicio Saravia. El animal también resultó herido en la batalla de Masoller en 1904, pero a diferencia de su dueño, se sobrepuso y vivió hasta el año 1940.

El destino de la muela y los demás restos del Banana forman parte de un relato que parece sacado del realismo mágico, pero es verdadero. Comenzó en El Cordobés, la estancia que perteneció a Aparicio Saravia en Cerro Largo, continuó en Masoller, Brasil y terminó en una casa del departamento de Flores.

Mañana domingo, la pieza dental retornará por unas horas a la emblemática estancia de Saravia, que volverá a abrir las puertas como un reluciente museo, luego de estar cerrado por casi dos años por una tormenta destrozó el techo en diciembre de 2024.

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Muela perteneciente al caballo Banana, de Aparicio Saravia, que conserva Walter Viña (Foto cedida por Walter Viña)

Muela perteneciente al caballo Banana, de Aparicio Saravia, que conserva Walter Viña (Foto cedida por Walter Viña)

La reapertura del Cordobés removió la fibra más blanca de militantes y dirigentes, que llevaron adelante durante meses distintas acciones para recuperar el establecimiento donde vivió durante años el carismático caudillo. Hubo una campaña de recolección de fondos, un remate inédito y una intensa campaña a través de redes sociales, para convocar a la reinauguración de un museo que recrea la vida del general en sus aspectos más personales.

Estancia El Cordobés

Estancia El Cordobés

La figura de Saravia despierta una devoción irracional en filas blancas. En setiembre de cada año centenares de personas se trasladan a caballo desde distintos puntos del país hasta Masoller, para rendirle homenaje en el lugar donde cayó herido por última vez, en el departamento de Rivera. Lo mismo ocurre en agosto, cuando se conmemora su nacimiento y distintas columnas de jinetes acampan en los alrededores del cementerio de Santa Clara, en Treinta y Tres, donde descansan sus restos.

Panteón de Aparicio Saravia en el Cementerio de Santa Clara, donde este sábado al mediodía se concentrarán jinetes de distintos puntos del país para conmemorar el aniversario de su nacimiento, el 16 de agosto de 1856

Panteón de Aparicio Saravia en el Cementerio de Santa Clara, donde este sábado al mediodía se concentrarán jinetes de distintos puntos del país para conmemorar el aniversario de su nacimiento, el 16 de agosto de 1856

Los huesos enterrados

La muela en tonos de marrón tiene más de 120 años, porque hay registros de que Saravia utilizó al Banana en 1903. Es irregular, con algunos relieves y raíces ocres desiguales. El estado de conservación es asombroso, teniendo en cuenta lo años transcurridos.

Es el único resto que se conserva del Banana, porque los demás huesos y piezas dentales están enterrados en El Cordobés, en un lugar que nadie conoce porque en 1978 un descendiente de Saravia los enterró, para que no se apropiara de ellos la dictadura militar que expropió el establecimiento.

Un día de 1978, Daniel Andregnette llegó con su suegro, Hugo Irazábal, y su cuñado Horacio hasta El Cordobés. La portera de la estancia ubicada en Cerro Largo, a treinta kilómetros de Santa Clara y a ciento treinta de Melo estaba sin candado y decidieron avanzar. Llegaron hasta el rústico casco de tejas color ladrillo, donde los recibió un hombre que se presentó como Carlos “Chaplin” Saravia, descendiente de Mauro, hijo de Aparicio.

Los Irazábal eran muy saravistas, recordó Andregnette en diálogo con El Observador, y él también había leído bastante sobre historia blanca. Antes de llegar al Cordobés, habían estado en Arbolito, en Cerro Largo, donde en 1897 murió “Chiquito”, un hermano de Aparicio en una irracional carga de lanza contra soldados armados. También habían visitado Melo, donde se entrevistaron con un hombre llamado Timoteo Saravia, que guardaba pertenencias del caudillo. “Tuve en mis manos el chaleco con el agujero de la herida”, recordó Andregnette casi medio siglo después.

Una vez en el Cordobés, charlando con “Chaplin”, le pidieron para tomarse una foto como recuerdo. El dueño de casa les respondió que, si querían, tenía guardados los restos del Banana para mostrárselos. Lo miraron sorprendidos y lo acompañaron hasta la capilla del Cordobés, donde había un dormitorio en el que se alojaba el sacerdote cuando en el pasado concurría a oficiar misas. Abrió un cajón y tomó el cráneo, que Andregnette agarró.

Walter Viña junto a Horacio Irazábal  y  el capataz de la estancia de Luisa Pereira, en Río Grande do Sul, donde murió Aparicio Saravia el 10 de setiembre de1904 (Foto cedida por Walter Viña)

Walter Viña junto a Horacio Irazábal y el capataz de la estancia de Luisa Pereira, en Río Grande do Sul, donde murió Aparicio Saravia el 10 de setiembre de1904 (Foto cedida por Walter Viña)

Posó para una foto con los huesos de la cabeza del Banana frente a la capilla y luego fue a guardarlos. Al momento de hacerlo, cayó una pieza dental, que decidió guardarse en el bolsillo como recuerdo. “Una muela más, una muela menos”, pensó en ese momento. No imaginó que sería la última reliquia que se conserva del famoso caballo.

Otra foto de la jornada muestra a los Irazábal junto a “Chaplin”. Hugo sostiene entre sus manos una lanza que perteneció a Timoteo Aparicio durante la Revolución de las lanzas, y que luego pasó a pertenecerá Saravia. Hoy se desconoce su paradero. Horacio sostiene un rifle Remington.

Hugo Irazábal con una lanza que perteneció a Timoteo Aparicio y luego a Aparicio Saravia. Su hijo Horacio en el otro extremo de foto con una carabina que perteneció a Saravia. En el medio Carlos “Chaplin” Saravia, descendiente del caudillo que vivía en El Cordobés hasta que fue expropiada por los militares (Foto cedida por Walter Viña)

Hugo Irazábal con una lanza que perteneció a Timoteo Aparicio y luego a Aparicio Saravia. Su hijo Horacio en el otro extremo de foto con una carabina que perteneció a Saravia. En el medio Carlos “Chaplin” Saravia, descendiente del caudillo que vivía en El Cordobés hasta que fue expropiada por los militares (Foto cedida por Walter Viña)

Andregnette recuerda otro episodio de aquella visita. “Íbamos rondando la casa despacito, mirando, y de repente. como una cosa mágica, se nos abrió una puerta de la casa. Fue una cosa medio extraña, estábamos tan compenetrados”, rememoró.

Poco después, el trío volvió al Cordobés, pero la situación era otra: la dictadura, en ese momento encabezada por Aparicio Méndez, había resuelto expropiar el Cordobés para convertirla en un museo. “Chaplin” tendría que irse a vivir a un campo cercano. Los objetos que pertenecían al general tenían que quedarse en el campo.

“No les voy a entregar el esqueleto del Banana, les doy los huesos de cualquier matungo”, comentó “Chaplin” a los visitantes. Decidió enterrarlos, como un tesoro inalcazable, pero no identificó el lugar y tampoco se lo dijo a nadie con exactitud. Nunca más se supo sobre el destino de los huesos del caballo de Saravia.

La gira saravista

Walter Viña comenzó las recorridas por los pagos saravistas junto a sus amigos Horacio Irazábal y un maestro de apellido Magallanes, a quienes considera sus mentores. Cuando Horacio murió, sus familiares decidieron que la muela quedara en su custodia y así se hizo. Mañana tiene previsto “ir con ella” al Cordobés, según contó a El Observador.

En la casa de Viña en Trinidad se conservan diversos objetos históricos vinculados al Partido Nacional. Él es gran conocedor de las tradiciones blancas y fue parte de la comisión organizadora del remate para recolectar fondos, aunque una neumonía le impidió concurrir a la subasta, para la que donó una burra preñada llamada Ruperta por la que pagaron US$ 500.

Viña guarda fotos impresas de aquellas giras por lugares identificados con Saravia que realizó con sus compañeros de ruta. Una de las imágenes recuerda la visita al campo donde murió Aparicio en Brasil, de donde se llevó una pequeña piedra. También aparecen posando en un tradicional boliche de campaña de Masoller, y algunas fueron tomaron en el propio campo de Batalla, donde Irazábal desafió los relatos históricos e identificó un punto que según él es donde realmente cayó Saravia. Colocó una A y una S, para dejar constancia de su hallazgo.

“Andábamos para todos lados con la muela. Íbamos de recorrida por lugares históricos, por estancias de los hermanos Saravia”, rememoró.

La vida en El Cordobés

Aparicio fue el cuarto de trece hijos de Francisco, un brasileño que se instaló en Uruguay, logró una considerable fortuna y fue regalando tierras a sus descendientes en los alrededores de Melo. Para llegar al Cordobés hay que atravesar un arroyo que lleva ese nombre, que durante años era un obstáculo para los autos y ahora fue acondicionado para mejorar los accesos al campo.

Saravia vivió en la estancia ubicada a unos treinta kilómetros de Santa Clara de Olimar entre 1876 y 1899. A partir de esa fecha, también alternaba los días en su casa de Melo.

Se instaló en El Cordobés con Cándida Díaz, la madre de sus seis hijos. Al igual que su padre, Aparicio solo tuvo varones y algunos de ellos lo acompañaron en sus luchas. Cada vez que nacía uno de sus descendientes, Saravia plantaba un árbol y colocaba un cartel con el nombre del nuevo integrante de la familia.

El historiador estadounidense John Charles Chasteen, estudioso de vida de Saravia reconstruyó su vida en El Cordobés en el libro “Héroes a caballo. Los hermanos Saravia y su frontera insurgente”. La estancia de dos mil hectáreas tenía un casco de mampostería revocada y encalada con techo de tejas. Estaba en una depresión del terreno y no en la altura del campo, porque se decía que su dueño había elegido construir en ese lugar para evitar ser divisado a lo lejos.

El principal “lujo” eran las camas de hierro del matrimonio y sus hijos; el resto del amoblamiento era “muy rudimentario”, igual que otras estancias fronterizas. “Una mesa y sillas hechas a mano, con materiales excesivamente simples, una cómoda igualmente simple, un ropero, tres lavatorios, un par de espejos y una cantidad de almohadas”, escribió Chasteen.

Detalles del mobiliario de El Cordobés antes de que el techo de la estancia fuese dañado por un temporal en diciembre de 2024

Detalles del mobiliario de El Cordobés antes de que el techo de la estancia fuese dañado por un temporal en diciembre de 2024

De las paredes de la casa colgaban cráneos de animales y en el centro de la casa había un fogón abierto, sin chimenea. “Aparicio y Cándida ponían la mesa sin refinamiento y tanto ellos como sus vástagos se vestían como los integrantes de la familia de cualquier otra estancia. En los primeros años, sus hijos generalmente andaban descalzos” y Saravia prefería el chiripá a los pantalones, recordó el historiador estadounidense.

José Virginio Díaz fue un soldado e historiador del Partido Colorado que mantuvo una estrecha amistad con Saravia a pesar de encontrarse en bandos opuestos, lo visitó en varias oportunidades en El Cordobés. En su libro “La historia de Saravia. La contribución al estudio del caudillaje en América”, relató cómo a lo largo de los años el establecimiento pasó de la “primitiva rusticidad de la estancia gaucha” a transformarase en una “farm” inglesa con árboles frutales, prados, avicultura, potreros, galpones para animales y un lago artificial.

La historia de Banana

El Banana era un tostado mala cara, que se convirtió en el caballo más emblemático de Saravia y vivió en El Cordobés hasta 1940, el mismo año en que murió Cándida, la viuda del general.

“Era un animal de pura sangre árabe, de extraordinaria alzada y de gran acción. En muchas circunstancias salió de Melo al aclarar y al caerla tarde llegó a sus lares del Cordobés después de treinta leguas de jornada, con el animal entero y con bríos”, escribió el historiador Díaz.

Saravia era un destacado jinete que montaba con el cuerpo hacia atrás “sacando el pecho robusto, bien aplomado, los estribos largos y el pie estirado”. “Cuidaba a su caballo con especie de manía”, recordó Díaz, y cuando estaba en El Cordobés “lo tenía de noche en un galpón, vigilado por gente de su confianza”.

El Banana era el preferido de los caballos que tenía Saravia y que iba rotando en los distintos combates. Algunos de ellos murieron en batallas memorables, como ocurrió el 14 de enero de 1904 en Mansavillagra, Florida, donde el caballo recibió un balazo que atravesó la bota de Saravia, de acuerdo al relato del folclorista, antropólogo y escritor Schubert Flores, estudioso de la historia del Partido Nacional, en su libro “El recado de Aparicio”.

Uno de los retratos tradicionales de Aparicio Saravia. El caudillo vistió de negro durante años porque guardó luto por la muerte de su hermano Chiquito en la batalla de Arbolito en 1897 (Disponible en el Archivo de Aparicio Saravia en el Archivo General de la Nación)

Uno de los retratos tradicionales de Aparicio Saravia. El caudillo vistió de negro durante años porque guardó luto por la muerte de su hermano Chiquito en la batalla de Arbolito en 1897 (Disponible en el Archivo de Aparicio Saravia en el Archivo General de la Nación)

Los caballos que montaba Saravia en los combates de Las Palmas y en Paso del Parque, frente al Daymán, también cayeron en los enfrentamientos.

La muerte de Saravia

El 1 de setiembre de 1904, Saravia y sus huestes tenían arrinconado al ejército gubernista en Masoller, con la victoria casi en sus manos. Varios relatos de protagonistas de la batalla recordaron que algunos de sus laderos le advirtieron sobre el peligro de pasearse a caballo frente a sus soldados, porque vestido de indisimulable blanco, era un objetivo fácil para los rifles colorados ubicados a decenas de metros.

La primera bala le pegó en la paleta al Banana, que se encabritó. Saravia intentó calmarlo y llegó el segundo impacto sobre el animal. El tercero le dio al jinete. Enseguida se dio cuenta y pidió a quienes tenía a su lado que lo rodearan, para que la tropa no se diera cuenta de que estaba herido. La bala, que ingresó por la cintura, atravesó el riñón y los intestinos, le abrió el abdomen, de acuerdo a la reconstrucción del episodio realizada por el historiador argentino Manuel Galvez en el libro “Vida de Aparicio Saravia”, editado en Buenos Aires en 1942.

El sábado 10 de setiembre de 1904, a las 13:35 horas, Aparicio murió como consecuencia de las complicaciones generadas por la herida. Estaba en la estancia de la familia Pereira de Souza, en Río Grande do Sul y lo enterraron en un camposanto en suelo brasileño. En 1921, gracias a gestiones de Luis Alberto de Herrera -que había integrado las tropas saravistas en 1897 y 1904- se repatriaron los restos, que llegaron en tren hasta la Estación Central en un acto multitudinario. Durante años estuvieron en el Cementerio del Buceo y luego se trasladaron hasta Santa Claro.

Aparicio murió luego de Masoller, pero El Banana logró sobrevivir gracias a los cuidados de “El Negro” Felipe, oriundo de Melo, era hombre de confianza de Aparicio, que tenía la tarea de cuidar y trasladar sus caballos. Mientras su jefe agonizaba se ocupó del caballo y después lo llevó de regreso al Cordobés, recordó Flores en su libro. También trasladó el recado chapeado en plata y oro que usaba caudillo, realizado por Alipio Suárez de Souza en 1860.

La historia del recado fue motivo de una polémica a comienzos del siglo XXI, cuando brasileños quisieron comprarlo, familiares de Saravia reclamaron a la dirigencia blanca que lo hiciera y los nacionalistas golpearon puertas en el Poder Ejecutivo para que lo adquiriese como bien patrimonial. En uno de los remates, apareció Federico Garland Carbajal, un anónimo votante blanco admirador de Saravia, que lo compró con el objetivo de tenerlo en custodia hasta que el Partido Nacional pudiese comprarlo, para que nadie lo sacara del país. Los nacionalistas iniciaron una campaña de recolección de fondos para obtenerlo, pero nunca se llegó a la cifra que pagó el comprador. Al final, Garland decidió quedarse con el recado, que sus hijas chicas han utilizado en desfiles de la Patria Gaucha de Tacuarembó, vestidas de chinas con faldas hechas con la bandera uruguaya.

“A los blancos les podés pedir todo, incluso la vida. Ahora, no les pidas plata”. La frase, que a esta altura se utiliza en tono de broma o muletilla, circula desde hace años entre dirigentes blancos y hay quienes sostienen que la dijo en algún momento en tono jocoso Wilson Ferreira.

El Aparicio que expropió la estancia

El Banana murió en 1940, el mismo año que Cándida. Su familia conservó el cuero del caballo, que estaría en manos de una descendiente que reside cerca de Piriápolis, y sus huesos descansan enterrados en algún lugar de la tierra que rodea El Cordobés.

Mauro Saravia, el menor de los hijos de Aparicio, vivió en El Cordobés hasta que murió en 1972. Su hijo Carlos, “Chaplin”, estuvo al frente de la estancia hasta que lo expropió la dictadura, que en ese momento encabezaba Aparicio Méndez, un militar con un origen tan blanco como su nombre. Hay quienes sostienen que el dictador tomó la medida porque estaba preocupado por el avanzado deterioro del lugar y que buscaba preservarlo, pero ese punto no convence a los descendientes de Saravia, que durante años llevaron adelante distintas batallas legales reclamando más dinero del que recibieron al momento de la expropiación.

Detalles del inventario de El Cordobés al momento de ser expropiada por la dictadura en 1978 (Imágenes de los materiales disponibles en el Archivo General de la Nación)

Detalles del inventario de El Cordobés al momento de ser expropiada por la dictadura en 1978 (Imágenes de los materiales disponibles en el Archivo General de la Nación)

La historia de la reconstrucción

Lorenzo Gianola había sido compañero de clase de Álvaro Delgado en el liceo Juan XXIII. Pasaron tiempo sin verse, pero en agosto del año pasado consiguió su teléfono por un amigo en común y le envió un mensaje diciéndole que estaba a la orden para colaborar con aspectos vinculados a la historia del Partido Nacional.

Gianola (59 años) nunca fue dirigente, es de los que se definen blancos de a pie. Creció en un hogar de profunda raigambre nacionalista: su padre, Ángel María fue ministro de Industria y Trabajo en el primer colegiado blanco y senador hasta que el golpe de Estado disolvió el Parlamento En el gobierno de Luis Lacalle de Herrera fue ministro del Interior.

Pocos días después de aquel mensaje, Delgado le envió un audio de WhatsApp, contándole que estaba regresando de la estancia El Cordobés, que se encontraba cerrada al público por los daños de un temporal que voló los techos en diciembre de 2024. “Me gustaría arreglarlo, ese museo tiene que de volver a abrir. Si te querés ocupar del Cordobés, arriba”, le dijo el presidente del Directorio blanco.

Gianola contactó a Romina Saravia, una arquitecta de Cerro Chato, y elaboraron un primer presupuesto. En noviembre, se creó una comisión para restaurar el Cordobés, a la que también se incorporó Antonio Arrospide. Todos trabajaron de forma honoraria.

El 22 de diciembre del año pasado, bajo un sol abrasador, Gianola y Arrospide llegaron con la historiadora Ana Ribeiro y el arquitecto Willy Rey hasta El Cordobés. La exsubsecretaria y el expresidente de la Comisión Nacional de Patrimonio presentaron informes sobre la situación edilicia y de museo. El casco de la estancia se mantenía en pie; el temporal había volado parte del techo y la lluvia afectó objetos que tuvieron que ser trasladados.

La historiadora Ribeiro quedó a cargo de manera honoraria de la curaduría y dirección general del proyecto del Cordobés. Al igual que hizo cuando lideró de mudanza y reconstrucción del Museo del Gaucho y la Moneda, trabajó con el estudio Ático. Los arquitectos Valentina Juanicó, Manuel Machado y Nicolás Barbier proyectaron la distribución de soportes y vitrinas y definieron la exhibición de objetos en función del diseño espacial.

Por otro lado, fue necesario recuperar ropa y objetos que se humedecieron con el temporal y limpiar los rincones y paredes en las que se encontraron distintas plagas. Pocos conocen los detalles del proceso e ignoran con qué se encontrarán cuando se abran las puertas de la estancia este domingo.

Uno de los desafíos más grandes fue recuperar el inmenso cuadro de Saravia de tres metros por dos cincuenta, del año 1914, del pintor catalán Josep Casanovas Clerch, que no pasaba por ninguna puerta. La restauradora Claudia Frigerio y un equipo de cuatro personas trabajaron durante largas jornadas para acondicionar la obra que donde se ve a Aparicio montado a caballo, con traje oscuro, golilla blanca y sombrero de ala ancha de color tostado.

El domingo 16 volverá a exponerse el cuadro restaurado de Aparicio Saravia que se encuentra en El Cordobés, que fue pintado en1914 por el catalán Josep Casanovas Clerch

El domingo 16 volverá a exponerse el cuadro restaurado de Aparicio Saravia que se encuentra en El Cordobés, que fue pintado en1914 por el catalán Josep Casanovas Clerch

A medida que los trabajos avanzaban, los blancos comenzaron a entusiasmarse. Luego de la dura derrota electoral de 2024, una vez más los nacionalistas se refugiaron en su pasado y encontraron en la restauración del Cordobés una excusa para reencontrarse con la mística blanca.

Arrospide golpeó puertas y durante meses llevó adelante una campaña de recolección de fondos entre dirigentes y particulares que querían ayudar a que la estancia volviera a su apogeo. Todavía faltaba un punto alto en el proceso: un inédito remate organizado por el senador Sebastián da Silva, con el apoyo Gianola y Arrospide.

Con la participación honoraria de representantes de los principales escritorios y rematadores rurales, se subastaron en la casona del Partido Nacional, en la Ciudad Vieja, unos 160 lotes, por los que se recaudaron más de US$ 130 mil, gracias al trabajo de ventas de bonos que encabezó Arrospide.

En el remate había opciones para todos los gustos: un toro campeón, gallinas, armas de colección, servicios animales, potrillos, cerdos, documentos históricos, el poncho del extinto Jorge Larrañaga, tarros de miel, portones, semillas, un cachorro de border collie, recuerdos de campañas de la década del 20 y hasta una guitarra autografiada por el músico Carlos María Fossati.

Fueron casi cinco horas de euforia blanca, donde se pagaron precios desproporcionados, como los US$ 500 por un libro que en librerías vale menos de $1.000. La lealtad partidaria para recuperar la memoria de su máximo caudillo dejó sin efecto aquella frase de que “a los blancos les podés pedir todo, incluso la vida. Ahora, no les pidas plata”.

El próximo domingo, donantes, compradores, militantes de a pie y la plana mayor de la dirigencia partidaria concurrirán a la reapertura del Cordobés. Por unas horas, el discreto casco de paredes blanquísimas, aperturas celestes y tejas de ladrillo se llenará de gente, al igual que la nívea capilla que hizo construir Cándida, madre de sus seis hijos, luego de su muerte.

El museo se centrará en los aspectos más personales y en la vida familiar de Saravia. Los muebles son sencillos, como los de la época saravista. Distintas investigaciones históricas hacen referencia a la austeridad de la construcción y de sus bienes. Por algo cada vez que llega hasta El Cordobés, Gianola piensa lo mismo: en un lugar tan espartano, el poder del edificio residía en la persona que lo habitaba.

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