Algo hay en Tacuarembó que a su extensa historia musical le sumó estas dos nuevas corrientes, herederas de la obra y de la filosofía creativa de los nombres ilustres que recorrieron sus calles, pero con las ventanas abiertas a lo que el viento trae de otros lugares más lejanos.
Milonga con conexión a internet
De un lado, las guitarreadas. Esas juntadas en casas, en fiestas, en la plaza, en un asado. En familia o con amigos. Ese ritual heredado donde aparecen, inevitablemente, el folclore, la tradición. Esas canciones atadas a la tierra. Y el darse cuenta que en esa música con la que uno crece, que da por sentada, hay algo más, hay un valor, una historia, una fuerza.
Del otro, los datos que cruzan un cable de banda ancha. Una crianza que además de esa conexión con la tradición está conectada a la world wide web y de ahí recibe información, descubrimientos. Música, música y más música.
Y cómo en la música es fácil juntar universos, uno más uno da posmilonga. El cruzar las canciones que tocaba en casa con lo que está sonando en el mundo. Una milonga con conexión a internet.
Los motores de la posmilonga son Joaquín Menchaca, que hace música como Tallo, y Agustín Rodríguez, que la hace bajo el nombre de su banda, Niño Gutiérre. De niños eran vecinos en Tacuarembó y tenían una banda juntos. Cuando —como tantos— se vinieron a estudiar y a vivir a Montevideo, compartieron casa.
Y en esa convivencia empezaron también a (re)pensar su forma de hacer música. Quizás no sea tanto, pero los casi 400 kilómetros que hay entre las dos ciudades les aclararon la mirada. La distancia ayuda a ver mejor.
“De las pocas cosas lindas que tiene el estar lejos es que sintetizas mejor, sos más prolijo. Con la distancia dibujamos mejor ese paisaje que queríamos mostrar”, contó Rodríguez a El Observador sobre el germen de la posmilonga, donde el sonido de las guitarras criollas y las letras que remiten a los paisajes camperos se mezclan con el autotune y las bases del hip hop o un pulso eléctrico.
Tallo lo describió así: “La base principal es la tradición uruguaya. Eso es lo más importante. No es hacer un guiño al folclore, sino hacer folclore nuevo. Me gustaría que en cien años alguien agarre una guitarra y diga: ‘voy a hacer folclore totalmente distinto al de Tallo y Gutiérre. Que el pueblo evolucione y su música también. Porque era raro para nosotros hacer lo tradicional, siendo que nosotros no éramos gurises tradicionales. Entonces teníamos que hacer algo acorde a lo que somos”.
Y lo que terminaron haciendo fue mezclar la identidad con la actualidad. Que a su manera, es juntar dos versiones de lo popular: lo heredado y lo que está sonando ahora, aunque no te guste tanto.
Hija de la distancia y del sentirse “perdidos” en Montevideo, entre el no sentirse de todo representado por los capitalinos y las nuevas influencias y gustos adquiridos por vivir en una ciudad nueva y más grande, entre el extrañar y querer reconectar con el origen, se gestó esa posmilonga que al principio, sus intérpretes nombraban así medio en broma.
“No lo tomábamos en serio, hasta que Diego Silva, un escritor amigo que también es de Tacuarembó, nos dijo que había que ordenarlo, darle esa seriedad”, explicó Tallo.
Y Gutiérre complementó: “Ahí vino la explicación, el reivindicar la milonga y la música que nos crió, el hacer música moderna sin olvidar lo tradicional o viceversa, hacer música tradicional sin olvidar lo moderno”.
Esas ideas están en un manifiesto de la posmilonga, un texto de Silva que todavía no se ha publicado, pero que “está por salir”, anticipó. “Se ha ido puliendo y cambiando a medida que nosotros también cambiamos”.
Ser de Tacuarembó implica que tus canciones van a tener “un cierto rigor lírico”. La idea es de Dani Umpi, pero Agustín Rodríguez la da como cierta. Y reconoce que las letras de Niño Gutiérre son “lo más tacuaremboense” del proyecto.
“Es la herencia del Bocha, de Washington Benavides, que es un mojón de nuestra cultura”, dice en referencia al poeta y escritor que es autor de letras ilustres de la música nacional, una lista que incluye Como un jazmín del país, El instrumento o Tanta vida en cuatro versos.
Tallo, por su parte, además de reconocer que es en los textos donde más se filtra la herencia del pago, evoca a otro tótem tacuaremboense. “La milonga y el folclore son de todo el país, pero en las letras está esa nostalgia en un lenguaje que remite al interior, aunque con imágenes ciudadanas, porque no somos gente de campo. Hay una relación con la escritura del Darno (Eduardo Darnauchans), esa melancolía eterna. A veces me digo ‘no puedo ser tan melancólico’, pero viene de ahí, de esa introspección, de lo sentimental, aunque con paisajes y metáforas distintas a las del folclore tradicional”.
El músico agregó que esa búsqueda de imágenes se complementa también con la musical, donde encuentra una conexión con un fenómeno global. “El folclore es conservador, autotune en una milonga está mal, pero nuestro contexto no fue conservador, fue de romper”, explicó. “Y me deja contento ver que con el Guti estábamos acertados, porque ahora Bad Bunny o Rosalía, gente del mainstream, se dio cuenta de lo mismo. Creo que hay ganas de escuchar estas versiones nuevas del folclore, hay una saturación con lo comercial, entonces buscamos que lo de nuestro país, de nuestro lugar, se note, y no se borre la identidad con el capitalismo extremo”.
Para Agustín Rodríguez/Niño Gutiérre, esa sonoridad, sumada a una forma de trabajo que no es tan lejana a la montevideana, ha hecho que sean bien recibidos por los capitalinos, y que se haya generado una conexión entre los públicos de las dos ciudades. “Estar viviendo en Montevideo ayuda, pero también nos vienen a ver de Tacuarembó, eso es muy gratificante”, celebró.
La fiesta de la Patria indie
Los creadores del Tacuanoise dicen que hace diez años, la palabra indie no existía en Tacuarembó. Ahora hay una nutrida escena de bandas y proyectos, el festival va por su octava edición, han surgido otros eventos como el Tacuapalooza, se ha generado un nexo firme con la escena montevideana, se han llevado bandas de Buenos Aires a Tacuarembó.
Detrás del festival hay dos bandas, y detrás de esas dos bandas hay dos personas. A Federico Cáceres su padre le regaló su primera guitarra y sus tíos, folcloristas, le enseñaron los primeros acordes. Pero en las guitarreadas y en los fogones los temas no le salían. Frustrado, empezó a escribir sus propias canciones, y luego a experimentar con su computadora.
Los primeros proyectos musicales pavimentaron el camino. Un camino que fue de su Montevideo natal a una infancia en Paso de los Toros, una adolescencia en Tacuarembó (a donde fue siempre porque es la ciudad de su padre), un regreso a Montevideo —cuando descubrió la movida indie capitalina— y el regreso al norte, donde conoció a Natalia Soboredo y formó un nuevo proyecto, Incluso si es un susurro soviético, que empezó como actividad solista y se terminó convirtiendo en banda.
Natalia Soboredo y Federico Cáceres
Soboredo, que publica su música como Julia Lunar, tampoco viene de una familia de músicos, pero si de un entorno cargado de música, cine y libros. Su padre, escritor, fue compañero de clase de Darnauchans, y se crió escuchando anécdotas del cantautor. De hecho, fue su padre el que le grabó un casete con sus dos primeros amores musicales: de un lado tenía a Nirvana, del otro al Darno.
“Con el Darno te sentís hermanado en que era de Tacuarembó, pero era un distinto, admiraba a Bob Dylan y salió a buscar sonidos que estaban en otra parte del mundo, más universales”, reflexionó Soboredo. “Nosotros crecimos rodeados de guitarreadas y fogones a los que sentimos que no pertenecemos, entonces salimos a beber de otras fuentes como hizo él, es un referente indiscutible”.
Después de un tiempo colándose en las grabaciones caseras de Cáceres, se terminó sumando a Incluso… y creando su propio proyecto.
Entre esos referentes aparecieron los nombres del indie montevideano con los que hoy comparten escenario en el Tacuanoise. Encontraron ahí una actitud y una forma de hacer las cosas que los conmovió y los hizo querer replicarla en su ciudad.
Cáceres contó que en la tierra donde “lo que había era lo tradicional, la fiesta de la Patria Gaucha”, Soboredo impulsó la realización del Festival Alternativo, un evento que convocó a veinte bandas, además de proyectos de otras ramas del arte, como el teatro.
Ese evento fue el semillero del Tacuanoise, que surgió por la necesidad pospandemia de tener un espacio para tocar para los proyectos indies y pospunk de la ciudad. “Ahora hay varios festivales, pero ahí no había nada. Entonces dijimos, ‘si no hay, vamos a inventarlo’”, relató Cáceres. Julia Lunar y Incluso si es un susurro soviético se convirtieron así en fundadoras del festival.
“Lo fuimos forjando, y fue armando revuelo porque es un festival que también está pensado desde lo estético, desde lo visual. Hacemos afiches con imágenes clásicas del rock reversionadas con figuras de la cultura de Tacuarembó, con héroes locales como Gardel o Darnauchans, y eso genera un recuerdo visual”, detalló Cáceres con respecto a las imágenes que cambian la banana de Andy Warhol del disco de la Velvet Underground por una bombilla de mate, o al “Mago” nadando como el bebé de Nevermind.
El músico no esconde el orgullo por lo creado en estos cuatro años. “Se armó una comunidad y pudimos tender el puente con Montevideo y Buenos Aires. Antes para ver a una banda tenías que viajar, ahora traemos gente de allá y descubrís sonidos nuevos, eso te emociona, y a los jóvenes los invita a querer armar bandas. Eso nos encanta, es el lugar que hubiéramos deseado tener de adolescentes, y nos hace felices que ellos lo puedan tener”.
Soboredo, por su padre, lo describe como “una plataforma, una vitrina y un lugar donde pertenecer”. Celebra el cruce generacional que se dio con el festival, y asegura que “lo hacemos para hacernos bien. Nos cura todas las penas”.
Hijos de Benavides, hijos de Darnauchans
“Ya perdimos la cuenta de la cantidad de veces que subimos al Turil”, comentó Soboredo en referencia al firme nexo que han generado con Montevideo, algo poco habitual para una movida musical surgida en el interior, habitualmente ignorado por los capitalinos.
Tanto el Tacuanoise como la posmilonga han establecido una pata en cada ciudad. Dos fenómenos que comparten las banderas filosóficas de la independencia y del hazlo tu mismo, aunque con estéticas y búsquedas musicales diferentes.
Tanto Tallo como Niño Gutiérre han sido parte de las grillas del festival, y los cuatro músicos —que a pesar de venir todos del mismo lugar, se conocieron en Montevideo— reconocen además una herencia compartida. La herencia de Tacuarembó.
“Somos herederos de esa sensibilidad poética, de honrar el legado, de haberse criado en el interior y sentir que estás lejos de todo, aislado. Aunque estés en una ciudad, uno se siente más solo”, reflexionó Soboredo.
“Tacuarembó está llena de músicos y artistas, y es natural dedicarse a eso”, agregó por su parte Agustín Rodríguez. “Parece raro, porque es un pueblo que está en el medio de Uruguay, uno pensaría que está aislado, pero desde el siglo xix tiene esa identidad, una apreciación por el arte y por la gente que lo hace. Hay muchas tradiciones musicales que se juntan ahí”.
Aunque unos sean hijos de Benavides y otros de Darnauchans, los referentes del Tacuanoise y la Posmilonga los comparten a ambos, así como al resto de la historia de la cultura de la ciudad de donde viene, como referencia. Son las banderas y la explicación de que algo haya en Tacuarembó.
Tallo lo resumió así: “Cuando conocés la historia de tu pueblo, ves que ellos sintieron un deber de hacer lo que hicieron. No hacían arte porque si, lo hacían para plasmar lo que pasaba en su contexto. Y a nosotros nos pasó lo mismo. Sentíamos la presión del pasado. Si estos locos se mataron para hacer algo, no lo podemos dejar morir. Tenemos un deber histórico”.