Vos tenés historia con esta ciudad, con este país. Viviste un par de años en Montevideo, saliste en Carnaval con Momosapiens. Así que, ¿qué implica venir a presentarte acá?
No me es una función más. Me pone muy nervioso mucho tiempo antes de hacer la función. Aunque es una obra que conozco, que sé que funciona, que tengo premios con esta obra.
¿Nos reímos de lo mismo de los dos lados del Río de la Plata?
A simple vista, sí. A simple vista somos muy parecidos. Pero si agudizás un poco el ojo, no. El humor uruguayo es mucho más tranquilo, es más aplomado, es más respetuoso. El argentino es un poco más atrevido. Pero mayormente lo que hacen ustedes nos causa gracia y viceversa.
¿Cómo es la historia de estos personajes que aparecen en esta obra? ¿Cómo los vas creando?
Son gente que voy conociendo, que me voy topando en la vida. Jorge es el papá de un amigo mío. El Negro Mario es un vecino. El pequeño Nordelta, es uno que me alquiló una casa de veraneo. Yo estaba haciendo una novela de Pol-ka, todo el verano tenía que estar, y alquilé una casa en un barrio cerrado para pasar el verano. Y el que me la alquiló, hablaba con él y no le entendía nada. Y en ese momento miraba el programa de televisión Policías en acción, y mostraban a unos pibes que secuestraban gente, los llevaban al Conurbano profundo y los extorsionaban. Y tampoco les entendía nada. Entonces me preguntaba ¿qué pasa si esos dos personajes a los que no entiendo, se encuentran? Entonces de ahí salió ese monólogo de la persona que vive en Nordelta y un pobre entra a la casa. Siempre viene todo de la observación.
¿Cómo es, al momento de pensar este espectáculo, la selección de personajes? ¿Cómo elegís de todos los que tenés?
Hay personajes que me gustan. Hay otros que tengo que llevar siempre, como Jorge o Mario. Después probé, está el gaucho domador de ñandús, que siempre lo había hecho en la televisión pero nunca en un teatro. Y el resto son todos personajes de teatro, que es donde estoy más cómodo. Y a los personajes les pasa lo mismo.
¿Algún personaje te llegó a cansar o les vas encontrando la forma de actualizarlos?
Voy renovando a los que imito por actualidad. Pero mis personajes de teatro son como personajes que yo voy conociendo, me van acompañando. Van madurando y a algunos los voy dejando. Pucheta es un personaje que ya no hago más. El personaje tiene 18 años y yo tengo 57. Estoy más cerca de Jorge que de Pucheta (risas). Capaz lo debería hacer como es ahora, como si hubiera crecido. Pero me lo imagino siempre con esos 18 años y haciendo las cosas que hacía. No sé cómo sería ahora de grande. Debería ponerme a crearle la vida a Pucheta ahora. El personaje original es un dealer. Un pibe del barrio. Un día me dicen que se fue a España y que le estaba yendo bien, que se había ganado la lotería. Muchos años después me entero que cuando en España te agarran y vas a la cárcel dicen que te sacaste la lotería. Como una forma de disfrazar que estás preso. Así que no sé cuál será la realidad de ese tipo ahora.
¿Cómo es el proceso de armar a esos personajes desde el vestuario?
Cuando era chico dibujaba, hacía caricaturas en revistas. Entonces primero lo dibujo. Cuando hago cualquier personaje, incluso de cine o cualquier cosa, necesito dibujarlo para tenerlo claro. Después le voy dando forma, pero no voy primero a la ropa, primero voy más a la cara.
¿Y cómo se te manifiestan los personajes? ¿De repente empezás a escuchar una voz ahí que dice, “che, estoy acá”?
(Risas) No. Yo suelo conocer personajes que me llaman la atención y después por ahí me voy imitándolo y empiezo a tomar cosas sin darme cuenta. Y después para escribirle un monólogo hago el ejercicio de sentarme y dedicarle tiempo y tentar a la musa para que venga. Y aparece, en algún momento aparece. Pero hay monólogos que se terminan en el escenario. Con el de Jorge me pasó eso, tenía un final lindo, pero en la segunda función de esta obra encontré el final correcto. Es muy lindo ese segundo paso.
¿Y por qué siempre salís como un personaje? ¿Por qué no hacer monólogos como Campi?
Ah, porque me muero de vergüenza. Necesito estar atrás de algo, sino, no puedo. Me parece mucho más interesante mi personaje que yo. Es un tema para tratar en terapia, pero... creo que me da vergüenza. Yo me encuentro detrás de los personajes diciendo cosas que no sería capaz de decir. Cuando Tinelli se tatuó todo, yo haciendo de Jorge le pregunté si se había tatuado el pito. Yo no podría nunca preguntarle eso a Tinelli. Pero Jorge, desde su inocencia y su curiosidad, se lo pregunta, y está bien que así sea.
¿Qué pasa cuando, por ejemplo, te toca hacer de Domingo Cavallo en la serie Menem, o del padre de Fito Páez en su serie El amor después del amor, cuando te tenés que acercar a un personaje real pero no para imitar desde el humor?
Ahí el dibujo es distinto. El trazo es un retrato, no es una caricatura. En un retrato vos tenés que hacer textual lo que estás viendo en la hoja. En este caso, en mi cara y con mi cuerpo en la hoja. Los otros laburos son más caricatura, donde vos agrandás, si tiene una oreja grande, la haces más grande. Si tiene un ojo desviado, lo resaltás. En el retrato tratás de disimular eso, te preguntás que es lo que haría el original, que si se está quedando pelado, trata de esconderlo. En un retrato lo escondes aunque se ve, en la caricatura lo exacerbás.
¿Llevás un balance de entre todas las personas que has imitado, cuantas se lo han tomado a bien y cuantas se enojaron?
Solamente dos se ofendieron: a Carlos Tévez le fueron con el cuento de que yo lo imitaba cuando el jugaba en Inglaterra y se enojó. Pero después vino a Argentina para Navidad, lo vio, y se cagó tanto de risa que vino a Videomatch y lo hizo conmigo. Y Carmen Barbieri también se ofendió, salía por los programas de chimentos diciendo que yo la hacía muy gorda, que estaba ensañado. Yo la conozco, entonces la llamé y le dije “Carmen, no me pongo nada, el que está gordo soy yo”. Se río y me dijo “hacé lo que quieras”. Nunca tuve que dejar de hacer un personaje, yo suelo llamar antes, si es alguien que conozco le aviso. Y hay otros que no me preocupan. Si Trump se ofende no pasa nada, aunque no creo que le llegue.
¿El humor en Argentina se movió de la televisión al teatro, las plataformas y las redes?
Sí, está en esos tres lugares. Pero la televisión era una gran fuente de laburo, porque tenías contrato para todo un año, ahora con las plataformas tenés contratos de tres meses y cuando se terminan quedás ahí, remando. Por eso para un actor el teatro siempre es el lugar más calentito. Siempre está. Yo desde que empecé mi carrera hace 35 años, hice teatro todos los años. Nunca me fui. Aún haciendo televisión, o series para plataformas como ahora. Pero con esto de las plataformas se agrega una incertidumbre más para nosotros.
Tu hija Francesca hace comedia musical y debutó en el teatro en Buenos Aires, ¿le diste algún consejo o la dejás que haga su camino?
La dejo, aunque sí le he dicho alguna cosa. Lo que cuido es que no se de golpes grandes, pero la dejo que le sucedan cosas fuera de lugar, porque ahí es cuando se aprende. Cuando veo que va a ser un porrazo feo, trato de evitárselo, si no, está bien que tenga un par de tropezones.