En 1964, cuando tenía 17 años y ya volaba de fiebre por hacer películas, Steven Spielberg agarró una cámara Super 8 y con ayuda de familiares y amigos filmó su primera historia de extraterrestres. Se llamó Firelight y en dos horas veinte sigue las peripecias de un grupo de científicos que investigan una serie de encuentros con objetos voladores no identificados. Algo sucedió en esa filmación, pero de ahí en más Spielberg nunca pudo terminar de despegarse de los visitantes de otros mundos. En su ecléctica y larguísima obra, las películas atravesadas por el hecho de que “no estamos solos” vertebran un interés genuino que se acompasa con las décadas en las que se estrenan. Siempre están hablando de aliens, pero también, como el buen cine de género, de lo que nos pasa a nosotros como especie. ¿Qué dice de él y de este momento del mundo, entonces, El día de la revelación (Disclosure Day), su quinta película sobre extraterrestres que se acaba de estrenar en cines uruguayos y del mundo? Bastante, pero antes hay unas estaciones en las que aterrizar para entender su camino hasta ella.
La primera es seminal y se trata de una película que proyectó su sombra sobre todo lo que vino después en esta materia, y que pasaría a ser la vara a partir de la cual se mediría cada intento del director por bucear en la densidad del cosmos. Sin embargo, mientras la hacía Spielberg tuvo que esquivar una sombra todavía más grande, porque Encuentros cercanos del tercer tipo, la película en cuestión, llegó exactamente dos años después de uno de esos títulos que cambian las reglas de juego: Tiburón. Spielberg se había convertido con ese mega taquillazo en una especie de Wonder Boy de Hollywood que había transformado las expectativas comerciales de todo el cine con una cinta inéditamente masiva.
Spielberg repitió con Richard Dreyfuss, uno de los actores de Tiburón, para contar el descenso a la locura de un padre de familia que tiene un cruce con una serie de luces en el cielo y que pronto empieza a somatizar extraños comportamientos. El hombre se convierte en una suerte de puente o canal para el tan esperado advenimiento de la vida inteligente fuera de la Tierra, en el marco de una película que juega con tópicos propios de la Guerra Fría, como la persecución gubernamental, el espionaje y la infiltración.
Cinco años después, el director volvió a las andanzas estelares pero se quedó en el patio trasero de la suburbia norteamericana en uno de los clásicos infantiles más queridos y atesorados de las generaciones del fin del milenio anterior: E.T. el extraterrestre. Mucho más cerca de la aventura familiar que de la psicosis persecutoria de Encuentros cercanos, E.T. se convirtió en una marca, en una seña de identidad del cine de Spielberg y en un mojón tan importante para su carrera que la icónica imágen de Elliot volando en bicicleta con E.T. en el canasto, recortados en la luna llena, pasó a ser el logo oficial de Amblin, la productora del cineasta.
Pasaron unos cuantos años, varias películas, premios Oscar, taquillazos, su consagración como Rey Midas de Hollywood y luego, en 2005, Spielberg adaptó uno de los textos paradigmáticos de la ciencia ficción a su manera: con espectáculo, despliegue, algunas actualizaciones y Tom Cruise. Fue La guerra de los mundos, de H. G. Wells. La película no fue una de esas que se graba instantáneamente en la memoria del cinéfilo, pero con el tiempo fue ganando cuerpo y peso en la consideración general. Es, además, la más oscura de sus películas extraterrestres, ya que los visitantes no quieren nada con nosotros los terrícolas: nos quieren destruir, atomizar, borrar del mapa intergaláctico. La secuencia en que las máquinas despiertan y emergen bajo la tierra sigue siendo espectacular.
Si bien esencialmente el recorrido alien de Spielberg se termina ahí, hay un pequeño desvío que no se puede obviar, y es el coqueteo que tiene con ellos en el final de Indiana Jones y el templo de la calavera de cristal (2008), la cuarta entrega de la franquicia. Está bien que él y el resto del planeta quiera olvidarse de esa película fallida y casi que traidora con el legado de Indy, pero ahí está. Existe. Le pese a quien le pese.
Todo lleva irremediablemente a las salas de cine actuales. Y a El día de la revelación.
Pero antes, una cosa más.
Modo conspiración
Según recogen las notas de producción publicadas como parte de la campaña de prensa de la película, Spielberg se convenció de filmar El día de la revelación a partir de la lectura de un artículo de The New York Times publicado en la primera plana en diciembre de 2017 y titulado “Auras luminosas y ‘dinero negro’: el misterioso programa de ovnis del Pentágono”.
El reporte revelaba que el Departamento de Defensa de Estados Unidos había financiando un programa de inteligencia militar secreto para investigar ovnis, e incluía un video con imágenes captadas por aviones de combate de la marina en encuentros específicos con aeronaves inexplicables. El artículo concluía citando al exdirector del programa, quien afirmaba que tales pruebas “no son algo que ningún gobierno o institución deba clasificar como secreto para ocultarlo a la población”.
“Ese artículo reavivó mi interés por todo el fenómeno de los ovnis y los fenómenos aéreos no identificados”, dice Spielberg en esas notas. “Y yo no era el único. Cuando salió esa noticia, llamó la atención de personas que nunca habían creído en los ovnis, y de muchos más de los que siempre hemos creído que está pasando algo que, sencillamente, no nos han contado. Creo que las preguntas de la gente sobre lo que está pasando —en nuestros cielos, en nuestro mundo, con la realidad misma— han alcanzado un punto crítico de fascinación absoluta. ¿Estamos solos, o no lo estamos? Y si el gobierno lo sabe, ¿por qué no nos lo han dicho? Y eso es lo que me llevó a preguntarme si tal vez había llegado el momento de añadir otra historia a mi repertorio de relatos extraterrestres en los que he estado involucrado a lo largo de toda mi carrera”.
Solapadamente, el director hace referencia a un episodio que lo marcó en su convencimiento de que la posibilidad de que este tipo de vida extraterrestre sea posible: una carta firmada por el gobierno de EEUU que le llegó durante el rodaje de Encuentros cercanos desalentando algunas investigaciones y entrevistas que el propio Spielberg estaba emprendiendo para su película.
Hoy, a sus casi 80 años, Spielberg es un viejo sabio y no masca vidrio. Sabe que la idea de “la verdad que nos ocultan” permea y corre como pólvora en los hilos de Reddit, y que la conspiranoia sobrevuela a la sociedad occidental como un miasma perenne. En un 2026 en el que además el Pentágono ha comenzado a desclasificar enormes cantidades de material de archivo en los que admite “no saber de qué se tratan” esas luces y movimientos extraños en el cielo, la sensación de que estamos a punto de ser testigos de una revelación que cambiará el eje de todas las creencias humanas es poderosa y se siente cercana. Y por eso, en más de un sentido, la plataforma publicitaria de su película más reciente ha explotado esa veta a morir.
Desde el lema Merecemos saber que está impreso en el afiche principal de El día de la revelación, hasta un trailer en el que el propio Spielberg mira a la cámara y dice Cuando el día de la revelación real llegue vamos a tener que aceptar que no estamos solos, la maquinaria está puesta al servicio de esa pulsión rara y profunda que, a muchos, les dice que las cosas ahí afuera son más insondables y complejas, que las casualidades no existen y la vida en el universo puede ser más ancha que lo que este planeta azul permite.
Embed - El Día de la Revelación | Tráiler Oficial (Universal Pictures) - HD
No tan reveladora
Y entonces, ahora sí: El día de la revelación. Está en cines, desde este jueves. En ella Spielberg pone al espectador frente a un futuro tan realista que puede palparse. El mundo de su película está al borde de un abismo bélico y la escalada nuclear y los primeros compases de la Tercera Guerra Mundial tienen a los habitantes del planeta sin dormir. Un comienzo in media res pone, además, otras piezas en juego: un exempleado de una agencia paragubernamental (Josh O’Connor) roba datos sensibles sobre el contacto histórico de la humanidad con los extraterrestres y, con el impulso de un grupo de renegados decide hacerlos públicos para que 8 mil millones de personas conozcan la verdad. Su camino se cruza con el de una presentadora del clima de la televisión local de Kansas (Emily Blunt) que empieza a tener un comportamiento errático y peculiar, y que de repente siente una conexión inexplicable y telepática con el sujeto filtrador en cuestión. El exjefe de Josh O’Connor (Colin Firth) quiere atraparlos y mantener la sábana de la ignorancia bien tendida sobre la humanidad.
La película de Spielberg es, por supuesto, una aventura que mantiene al espectador al borde de la butaca, con grandes escenas de acción y persecuciones frenéticas. ¿Quién le va a enseñar a él a construir un thriller político en el que además están mezclados los aliens y una revelación monumental que cambia todas las concepciones de lo que significa estar en el universo? Pero hay algo que no termina de cuajar del todo. Si bien su tercer acto es casi epifánico, las piedras de ese camino no están demasiado bien puestas.
El día de la revelación se siente algo perezosa a la hora de resolver los problemas imposibles en los que se meten sus personajes —en la película hay una especie de varita mágica alien que lo puede todo y que funciona como un deus ex machina insoportable— y el trío de protagonistas (Firth, O’Connor y Blunt) no terminan de afianzarse en personajes que, a fin de cuentas, son más arquetipos que otra cosa. De nuevo, hay ciertos baches de guión (más responsabilidad de David Koepp, el guionista, que de Spielberg) que derivan en resoluciones aleatorias, temas que se tocan superficialmente y quedan en un segundo plano —todo el asunto del lugar en el que queda la religión y demás, una línea por demás interesante que no se termina de explorar demasiado—, un segundo acto algo deslucido y un llamativo uso de efectos especiales que se ven demasiado baratos para una producción de este calibre. Los animales de CGI dan hasta vergüenza.
A no malinterpretar: El día de la revelación se disfruta, pero está por debajo de cualquiera de los otros intentos de Spielberg por caminar estos caminos cósmicos, y también de las capacidades reales de alguien que hace dos años entregó la bellísima Los Fabelman. En el fondo, lo más destacado de este planteo es la pregunta a cómo reaccionaríamos como especie ante una revelación de este tamaño, cuál es nuestra relación con la verdad a nivel antropológico y de qué manera reconfiguraría nuestra estancia en este planeta conocer su cara real. Es una pena que El día de la revelación no termine de estar a la altura de esas inquietudes.