Es un montaje prácticamente inmersivo, en el que la obra del artista de Tacuarembó dialoga entre sí y con la de artistas “infiltrados”. 20 años después del lanzamiento de Perfecto, el primero de sus discos, y algunos más después de los primeros collages que hizo en la década del 90, el espacio se abre a la acumulación, el exceso y el volumen de un artista prolífico y multifacético que se ha desarrollado en múltiples disciplinas en las últimas tres décadas y mira hacia adelante.
Del papel al textil, de la performance al desarrollo audiovisual, del collage a la instalación. Dani Umpi: obra reunida funciona también como un espacio de reconocimiento de una época y un territorio en común, mirado desde un lente extraordinario. La primera retrospectiva dedicada a la obra de Dani Umpi.
“No paro de re-instagramear las fotos de gente que se saca”, dice sorprendido Dani Umpi en una conversación con El Observador. La exposición –que contó con la colaboración de la galería Xippas, la fundación Ama Amoedo y el Espacio de Arte Contemporáneo– vuelve a significarse en un espacio virtual. “Eso también habla de nuestro tiempo”.
Sobre la retrospectiva, su vínculo con Uruguay, sus arquetipos y su universo artístico, Dani Umpi habló con El Observador. Lo que sigue es un resumen de la entrevista.
No querías decirle retrospectiva, no querías referirte a la exposición de esa forma. ¿Por qué?
Es una retrospectiva pero cuando surgió la idea, a mí me sonaba… muy muertito. Como algo que tendría que hacer más adelante. Pero con Rodrigo Barcos ya veníamos hablando que teníamos que hacerlo, de alguna manera la obra tenía que reunirse, por eso le pusimos obra reunida. Traté de no hacerla lineal ni que tenga que ver con el tiempo. También hay obras infiltradas. Hay una obra de Fernando López Lage metida en la muestra, que es mi maestro. Hay de todo. Quisimos hacer que fuese una muestra inmersiva, que diera cuenta de mi cosmogonía, mi manera de hacer, y que las obras se fuesen contaminando unas con las otras.
Entrar a la exposición es como entrar en tu universo, es como estar muy íntimamente con tu obra. ¿Cómo definirías ese universo artístico?
Tengo varias prácticas artísticas que van desde la escritura, la música y la obra plástica propiamente dicha. No sé cómo me definiría. Por un lado soy muy clasificador y tengo una especie de pulsión por el collage que también se traduce en la literatura. También hago escritura automática o juegos de escritura, que a veces no son literarios pero con el tiempo pueden volverse literarios. Hago novelas bastante clásicas en la estructura. Y la música por momentos es un poco experimental, por momentos sigo mucho la tradición del electropop en español y por momentos también soy un típico cantautor tacuaremboense. Una mezcla de todo.
¿Cómo fue volver a encontrarte, de otra forma, con esa obra que hiciste hace 30 años? ¿Cómo te llevas con el Dani de los 90?
Me llevo bien, pero estaba muy dispersa la obra e incluso algunas mal guardadas. Tuvimos que limpiar con una conservadora de museo. Lo que me dejó un poco extraño porque al principio era muy descuidado, con el tiempo aprendí a organizarme y creo que también esta instancia está buena para eso mismo. Lo tomo como algo necesario.
¿Dónde creás? ¿Cómo es ese lugar?
Depende de dónde esté viviendo, ahora volví a tener un taller. Estoy viviendo en Maldonado y tengo un taller en Galería Cielo de Punta del Este con otros artistas. Es una galería muy emblemática de los 90 que de a poco estamos habitando. Yo trabajo con la galería Xippas, pero tengo mi espacio ahí. Cuando me vine acá en la pandemia lo hacía todo en casa y ahora mezclo: voy al taller o estoy en casa. Con el tiempo he aprendido a adaptarme. Cuando vivía en Buenos Aires tenía mi taller en el Once al que iba con un horario de mañana y me inventaba mi propia oficina, porque básicamente soy un artista de taller. Hago otras cosas, pero tengo todos los vicios y la práctica de artista plástico. También escribo, pero tengo que tener un espacio ahí afuera, tipo oficina. Hay cosas que las hago en casa, pero siempre de un lado para otro. Ahora estoy un poco más lejos porque estoy en Maldonado, pero igual viajo mucho a Montevideo y a Buenos Aires.
La exposición abre de alguna forma con un retrato tuyo de Martha Scondaure, hay fotografías intervenidas de Franco Mehlhose, está Fernando López Lage y también la inspiración brasileña de Hélio Oiticica. Hay algo en el diálogo que se expande también, incluso fuera de ti, en esta retrospectiva.
Sí, soy muy expansivo. Al principio lo veía incluso como un problema, como que tenía que definirme por alguna plataforma o algún lenguaje, pero después vi que esa era mi manera de ser. Durante esta muestra, como era todo tan para atrás en el sentido de recuperar cosas, empecé un disco nuevo como para tener algo hacia adelante. Siempre estoy abriendo puertas. El dicho de “el que mucho abarca, poco aprieta” a veces me ha generado un preconcepto, pero en mi caso lo he integrado todo y soy un artista en un cierto sentido romántico: voy experimentando en mi camino con los medios que voy conociendo y soy más expansivo, más rizomático. Tengo varios intereses que a veces no se condicen o se contradicen, son un poco random o no tienen que ver con la tradición uruguaya.
De todas formas, en todos estos intereses hay algo que los sostiene o los hilvana que es la palabra. ¿Ese interés tiene que ver con tu historia entre la librería de tu mamá y la biblioteca de tu abuelo?
A veces esas son anécdotas que suenan bien, pero no sé si son tan así. Es cierto que empecé a escribir en la adolescencia pero es bastante común. También iba al taller de escritura de María Stella Olivera Prietto en Tacuarembó, que a la vez era mi profesora de literatura. Y en casa, sobre todo de un abuelo, había muchos libros que yo ojeaba. También tuve desde muy temprano una sensibilidad camp, como una tendencia a lo kitsch. Leía novelas rosas de Corín Tellado. Ya tenía el mecanismo kitsch, digamos. Eso por gay, supongo. Todo eso se mezcla. Pero a veces no lo explico todo con mi historia. En ese sentido, no soy tan un artista contemporáneo que todo lo va explicando con su historia de vida. A veces tengo intereses que no tienen nada que ver con mi vida o no soy un artista de catarsis que esté hablando de lo que siente. Tomo anotaciones que veo en mi vida privada pero cuando hablo en primera persona es un personaje, sobre todo cuando escribo. Tengo un alter ego, que es Dani Umpi, creo una fantasía o un personaje y a partir de ahí hablo. También porque durante un tiempo operé desde el arquetipo del bufón y después del duende. Me interesa esa visión que a veces tiene que ver más con el lugar donde uno está que con el ser que uno piensa que es.
¿Cómo se ha transformado ese arquetipo en tu obra a través de los años?
Ahora lo digo con más tranquilidad porque al principio sonaba un poco raro, pero las primeras obras eran claramente desde el arquetipo del bufón y mis reflexiones como artista contemporáneo giraban alrededor de eso, las lecturas también. Después, con el tiempo, me interesó más la del duende, que es un arquetipo sin tanta carga de estar lanzando una posta o estar operando en relación al contexto, sino más libre y más espontáneo. Son etapas a las que también puedo volver cuando quiera. Lo mismo me pasa cuando canto: a veces estoy en personaje o me monto y tengo una cosa muy drag, pero a veces no. Con el tiempo se fueron mezclando las estrategias creativas. Si antes era un híbrido, ahora es mucho más híbrido todavía. Pero es cierto que lo que se mantiene es la palabra, porque también recorto muchas letras y hago textos, escribo, y a la vez los collage a veces los veo como textos porque recorto símbolos, marcas, logos y con eso se arman narrativas, hay como composiciones, pero generalmente son pequeños universos.
¿Se mezclan cada tanto?
Sí, pero no tanto como se piensa. A veces cuando escribo una novela es una novela, una canción es una canción. Hago pocas mezclas. Es cierto que a veces un disco va acompañado por una serie de obras o una estética, pero no soy tan experimental en ese sentido.
En el texto de la exposición, Barcos destaca que tu práctica "habilitó permisos”. ¿Cuándo empezaste a darte cuenta que tu práctica había abierto puertas o había permitido el hacer de otros?
Es algo que incorporé porque me lo dijeron porque yo personalmente, y con toda sinceridad, nunca lo sentí. Es más, siempre fui muy quisquilloso de sentirme muy al margen y una cosa medio resentida. No tenía esa visión. Después sí la incorporé y ahora no sé si puedo hablar de esos temas, pero me di cuenta que sí. Eso pasó con los años. También hay prácticas artísticas que se ven mejor con el tiempo, no tan en el momento. Son cosas que ni yo las podía ver. Al contrario, yo siempre sentía que estaba muy al margen, que mi trabajo era muy under y todo ese tipo de cosas. No lo vi así. Pero después lo acepté porque son cosas que se ven con el tiempo.
Decías que sos el típico cantautor tacuaremboense. ¿Qué es ser un artista de Tacuarembó?
En mi caso mis discos solistas generalmente en su título ya hacen una referencia a algo de Tacuarembó. Mormazo, Lichiguanas, Guazatumba, son todas cosas que para mí me hacen un link a Tacuarembó. Después también en las letras de las canciones, soy el típico cantautor de Tacuarembó. Eso es algo que también me lo hicieron notar. Hay una línea. Ahora va a ser el Tacuanoise, que es un festival que se hace en Montevideo y en Tacuarembó, y voy a estar con estas bandas más nuevas con las que me siento súper integrado. Hay algo en Tacuarembó que es un lugar donde está muy bien visto ser artista. Mis padres siempre me incentivaron. Todos se van a quejar y te van a decir que no hay nada, pero en realidad hay un montón. Siempre hay mucha actividad artística o creativa en Tacuarembó, en todos los géneros.
¿Y cómo te llevas ahora con Maldonado?
Era un lugar donde nunca pensé que fuese a vivir. Solo venía en temporada a veces, porque trabajo con Galerías Xippas, entonces venía a Este Arte, a eventos, a pasar música o exponer, pero nunca se me había cruzado la idea de vivir acá. Y en la pandemia nos juntamos a convivir con mi novio, Goro Gocher, que también es músico. Yo digo que él es un beach boy, porque le encanta la playa, y me sumé a su mood. Me fui integrando de varias maneras a la escena de Maldonado, donde fui súper bien recibido. Hay muchas actividades, sobre todo en temporada. Es una dinámica totalmente distinta. El invierno es cierto que es tremendo, pero como soy de Tacuarembó y los inviernos en Tacuarembó son fatales no me asustan tanto.
Decís que nunca habías pensado en vivir en Maldonado. En una entrevista en La Diaria contaste que en algún momento pensaste en no volver a vivir en Uruguay. ¿Cómo te estás llevando con Uruguay ahora?
Buenísimo. En ese sentido también cambió mucho mi perspectiva. Yo era muy negativo, era el típico uruguayo que se va y no piensa en regresar. Pero después las cosas se dieron de otra manera y cuando volví me sentí mucho más integrado a toda la escena artística, no sólo por esta muestra sino porque conocí a muchos colegas y me han invitado a eventos como el homenaje a Zitarrosa, ya van dos veces que canto en la Zavala Muniz del Solís. Eso, aunque parezca algo menor, para mí era re importante. Cuando yo vivía acá ni se me cruzaba por la cabeza. Ha sido todo muy lindo.
Hay algo de la uruguayidad que también atraviesa tu obra, desde el vestido de bolsas de leche Conaprole, las fotos con Omar Gutiérrez, el rock samba. Algo vinculado a lo popular y lo barrial incluso.
Sí, me encanta la estética, a veces llevada a otros códigos. Por ejemplo, el video de Tres Pasos, que es una canción filmada en la Rambla de Ciudad Vieja, retrata mucho el lugar. Son desafíos que uno se pone: retratar un lugar, una época, que a la vez sea gracioso y a la vez tenga una dimensión metafísica. Son muchas puertas de acceso a la vez como para que la gente pueda leerlo. Y aún así, a veces ni siquiera queda muy claro. Y por ejemplo, con el humor. A veces se me pone como que trabajo mucho con el humor, pero para mí no es tan humorístico. A veces pienso que el chiste tiene siempre un remate o un chim-pum al que yo nunca llego por decisión más bien estética. Entonces queda como en una ambigüedad, que eso es lo que me gusta y que sería mi forma. Con el tiempo todo eso se va consolidando en una estética propia, pero a la vez también siento que puedo cambiar hacia otro registro totalmente diferente. No me siento atado para nada a mí mismo.
En el arranque de la exposición también hay algunas intervenciones de fotografías con contextos religiosos con esa ambigüedad de la que hablás. ¿Cómo es esa resignificación para vos?
Son collages muy viejos que de hecho fueron los que tuvimos que restaurar. Hay una parte de mi familia que es bastante católica, unos abuelos muy devotos de la Virgen de Lourdes y también de Santa Rita. Cuando era niño todo siempre me pareció casi ciencia ficción. A la vez también fui a un colegio jesuita. Siempre tuve una tendencia metafísica, que con el tiempo se fue corriendo del lado cristiano. Incluso en la muestra hay obras que tienen que ver más con una metafísica del símbolo. Mucha referencia a la alquimia y a otras tradiciones como la kabbalah. Se fue corriendo el interés metafísico, siempre fui muy curioso con esas búsquedas espirituales pero nunca me sumergí mucho. Siempre como en la superficie, muy consciente de que estaba usando desde un lugar profano. Pero no sé bien a qué obedece. Yo no tengo nada de religiosidad, solo tengo un interés.
¿Cómo ves la comunidad artística LGBT+ en relación a lo que fue en tus inicios?
En el arte queer hay que hacer una diferencia entre el arte queer propiamente dicho –que sería el arte torcido, que es una forma de crear y lo puede hacer cualquier persona– y después el arte que hacemos en la comunidad, que puede ser cualquier cosa. Institucionalmente, a veces incluso con buena intención, se establece un repertorio de prácticas artísticas, que es cierto que son nuestras prácticas pero a veces corren el riesgo y el peligro de folclorización, justamente cuando se estanca, se le quita de alguna manera su fuerza y se lo institucionaliza. A veces no depende de nosotros. Yo le debo mucho a esa visión curatorial porque soy consciente de que mi legitimación como artista comenzó desde que se me empezó a ver como un artista queer. A veces hago prácticas que son solo juegos de colores, sin embargo en ese terreno nunca fui muy considerado pero por la práctica queer sí. Para mí es una práctica que está muy viva, pero que tiene que integrarse más. Por momentos estaremos en muestras queer, pero también tenemos que estar en otro tipo de muestras. Ahí creo que el activismo se expande. En Uruguay me parece que es bastante abierto, no es un caso como en otros países de Latinoamérica donde estamos muy separados de las artes. Igual, como siempre, tenemos que mantener los espacios.
Hay muchos recortes de prensa y memorabilia en la exposición. ¿Por qué decidieron incorporarlos de esa forma en esta retrospectiva?
Tiene que ver con el arquetipo del bufón. El duende escapa más a todo eso. Es más esquivo, no tiene tanta responsabilidad en ese sentido. Pero es cierto que también está todo cada vez más integrado. Ahora es súper común. La gente no entiende lo que es la performance, pero no para de performar en el celular. Es algo que a veces algunos artistas hacen con más o menos conciencia, pero creo que todos lo hacen.
Uno pensaría que estamos en un momento de cultivo del yo, de mostrar la intimidad, pero quizás es todo una performance. Un alter ego.
Son personalidades performáticas y muy duendiles, de llamar la atención para que entren a su sitio, a su casa, a su universo. Las prácticas van cambiando. Después hay otros que no, por el contrario, huyen de ahí. A veces se exponen demasiado. Pero bueno, son los tiempos que corren.
Al final de la exposición hay una frase de Verónica Lavalle: En la vida y los destinos y no depende de usted. ¿Por qué la pusiste ahí y qué vínculo tenés con el destino?
Esa es una frase que siempre me gustó y está muy en la memoria de los uruguayos. Hace unos años leí en una entrevista que Humberto de Vargas decía que la frase la había inventado él en un momento en que ellos estaban relacionados, después también estaba la versión de que la frase la había puesto una agencia. Todo eso me llamaba mucho la atención. Para mí evidentemente es de Verónica Lavalle, pero tiene todo ese lore que me parece interesante y a la vez es una frase que promociona la astrología, pero en realidad no habla de astrología, habla de libre albedrío, habla de elegir. Yo creo mucho en eso, que el que ve la muestra pone de sí mismo, que las obras siempre están abiertas y que están vivas cuando alguien las atraviesa o un artista las atraviesa. En ese sentido, tengo mucha influencia de Oiticica y de los neoconcretos brasileros, que siempre los estoy citando. Me parecía que era una frase que podía ser muy motivadora.