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Minuto 55 de juego. 114.000 personas lo miraban desde las tribunas. Diego Armando Maradona "camina por la orilla del mundo". Es un "barrilete cósmico", de la Mano de Dios al Gol del Siglo. La hazaña mundialista de la Argentina que le arrebató el Mundial a Inglaterra debajo del arco del Estadio Azteca es solo un eco en México 86, la película de Netflix que se aleja de la cancha para relatar el partido que se jugó a puertas cerradas.

El camino de un hombre anónimo que contra todo pronóstico logró devolverle la ilusión a un país en uno de sus momentos más difíciles. La polémica historia de cómo México se quedó con el Mundial de 1986.

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Un partido de fútbol ya es un gran espectáculo audiovisual. Un partido de fútbol es en sí una estructura dramática perfecta", dijo el actor Diego Luna en una entrevista con El País de Madrid. "A lo que una película puede aspirar es a contar lo que está escondido detrás, abajo, en las oficinas, en los tiempos muertos, los personajes que no conocemos”.

Luna interpreta aquí a Martín de la Torre, un burócrata mediocre de la Federación Mexicana de Fútbol que discute con una señora en un bar donde la telenovela del momento gana la pulseada a la selección mexicana, que pierde un partido en la única televisión. Sumido en la añoranza de una selección de talla internacional y harto de la falta de ambición de sus superiores, el funcionario vuelve a la cama de la vecina del sexto piso ante una relación deshecha en casa. Cobarde, derrotado y perdido.

Pero hay algo que lo cambia todo. Cuando Colombia se ve forzada a renunciar a organizar el Mundial 1986 por la crisis económica que atravesaba y el recrudecimiento del conflicto armado, se abre una ventana de oportunidad para quedarse con el mundial. Estados Unidos, Canadá y México levantaron la mano con la intención de llevarse el torneo más importante del fútbol mundial a sus estadios. De la Torre se convierte entonces en un tipo que se aferra a una ilusión: volver a convertir a México en la sede de una copa del mundo. Pero nunca antes un país había tenido esa responsabilidad dos veces.

El burócrata se pone un traje y hace el movimiento más arriesgado de su carrera: dar el paso hacia la política del fútbol. Concreta una entrevista en vivo en uno de los programas más vistos de la televisión mexicana para exponer la falta de interés de sus superiores. La intención de ir de paseo a Suiza y dejar el mundial en manos de otros. En pocas palabras, las ganas de perder antes de entrar a la cancha.

La irreverencia del hombre desconocido llama la atención de Emilio Azcárraga (Daniel Giménez Cacho), presentado como “el hombre más poderoso de México”, que lo impulsa al asiento de presidente de la federación. Desde entonces De la Torre se mueve en una zona gris en la que las maniobras fraudulentas, la corrupción, el intercambio de favores y los bolsos llenos de plata son lenguajes internacionales. No quiere ver que la proximidad al poder marea.

Con un cargo de prestigio y dinero en los bolsillos, se separa y comienza una relación con Susana (Karla Souza). El departamento del sexto piso se convierte en su casa y ella en la voz de la razón. Una brújula moral que por momentos se verá empañada por las mieles del poder, las conversaciones de hombre a hombre y la satisfacción de codearse con ídolos del fútbol mundial, jugadores y dirigentes. Porque si algo deja claro la película es que el fútbol y los negocios eran territorios privilegiados para la masculinidad.

“Hay algo muy lindo que tiene el fútbol que es esta fantasía de que por 90 minutos son 11 contra 11. Y el más débil, del que menos se espera, le puede ganar al más poderoso”, dijo Luna en una entrevista con la Carmen Aristegui en su segunda incursión en el mundo del fútbol, 18 años después de Rudo y Cursi junto a Gael García Bernal.

Esa misma sensación se traslada al protagonista de la película, un hombre cualquiera, no demasiado brillante pero astuto, hábil y mentiroso que se enfrentará sin mucho más que su pasión y su descaro a las delegaciones más influyentes del fútbol mundial.

De la Torre se abre camino a Zúrich con la energía de David frente a Goliat. A fin de cuentas, está jugando al mismo juego que los demás. Hasta que consigue lo imposible: devolverle el Mundial a México. El segundo paso es evidente. Ganarlo.

La película dirigida por Gabriel Ripstein hace una comedia liviana y entretenida de las maniobras del mundo del fútbol y construye una historia inspirada en hechos reales, alimentada por rumores, mitos urbanos y algo de ficción. “Algunas de estas cosas sí pasaron”, apunta antes de la primera escena. Y en esa construcción satírica y cercana evoca un mundial profundamente identitario y latinoamericano, en un momento en el que la estandarización todavía no había alcanzado cada esquina del campo de juego.

"El fútbol cambió a partir del 86 y se convirtió en esta cosa gigantesca, donde probablemente el alcance global es exorbitantemente mayor de lo que era entonces, aunque también conlleva cierta inaccesibilidad", decía el director en una entrevista con la agencia EFE. Una crítica que está planteada también en la película: el mundial es, entonces, para el pueblo mexicano. A menos que estemos hablando de sus ganancias.

Pero la naturaleza lo pone en riesgo. El 19 de septiembre de 1985 un terremoto sacudió la capital. Ese día 9.500 personas murieron, casi cuatrocientos edificios se desplomaron y los mexicanos se buscaron entre los escombros. Al otro día, la tierra volvió a temblar. Las condiciones para albergar el torneo deportivo más grande del mundo eran inciertas y mientras el país atravesaba una tragedia irreparable, De la Torre volaba a la FIFA al centro de los escombros para mostrar su capacidad de resiliencia.

“Es un México que tengo muy grabado y vivo en mi memoria, tenía apenas seis años cuando pasó el terremoto. Hablar de ‘México 86’ es hablar de mi infancia y de mi primer acercamiento al fútbol. Una relación que empezó ahí y no ha terminado todavía”, dijo el actor en una entrevista a la agencia EFE.

El Mundial de 1986 –ese al que después de 12 años la selección uruguaya regresó a la Copa del Mundo para volver tras caer en octavos ante la selección argentina– terminó siendo uno de los torneos más recordados en la historia del fútbol.

Pero la ambición es engañosa para un hombre con aversión a la honestidad. La película eleva a un hombre común y lo deja probar las migajas del éxito antes de dejarlo caer sin piedad: soltarle la mano y envolverlo en uno de los escándalos más grandes del fútbol mexicano. Pero siempre tendrá México 86.

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