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*Esta nota contiene spoilers del final de Euphoria. Si todavía no lo viste, podés guardarla para después.

Después de siete años, tres temporadas y 26 episodios, Euphoria llegó al final. Por suerte. No se cuánto tiempo más podría soportar el western nudista de Alamo Brown, la desnudez godzilleana de Sidney Sweeney ni las escenas vacías que encerraron a uno de sus mejores personajes en una torre de cristal. Un final al nivel de la temporada: demasiado larga, demasiado exuberante, demasiado vacua. Demasiado olvidable para una serie que supo ser una de las historias más prometedoras de HBO.

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Recapitulemos: creada, escrita y dirigida por Sam Levinson, Euphoria se estrenó en 2019 y se posicionó inmediatamente como una de las historias más adoradas de su generación. Una serie que bailaba en la oscuridad con destellos de brillantina y reflejos de neón. Una representación del horror que sucedía en la secundaria de un suburbio estadounidense donde los adolescentes navegaban entre la violencia sexual, el consumo de drogas, los recovecos de las redes sociales, los traumas acumulados y el porte de armas mientras iban construyendo su identidad. Sexo, drogas y violencia. Maquillaje, sudor y lágrimas. Una de las primeras en su generación en acercarse a esa adolescencia desatada con total crudeza.

Desde entonces la serie gravita en torno a Rue Bennett, una joven que es abrazada por la adicción a los opioides al tiempo que su padre muere en su cama, interpretada por Zendaya (hasta entonces una ex-chica Disney, desde entonces una de las mejores actrices de su generación). Una muchacha en apariencia leve, que sonríe con incomodidad y encoge los hombros, que busca su camino y se aferra a lo que la mantenga con vida. Torpe y adorable, incluso (o quizás por ese mismo motivo) cuando desarma su propia vida antes de comenzar a ejercerla.

“El que haga el esfuerzo para ver más allá de su chacra descubrirá una serie fascinante que ayuda a comprender la lógica de una generación que se apropió y disfruta del mundo que quebraron otros. El que no, vuelva a las comedias baratas con chistes básicos como las que miraba Rue tirada en la cama con su padre”, escribía Facundo Macchi en estas páginas allá por 2019 cuando la serie era una novedad. Una nueva aproximación. Una oportunidad de meterse en la oscuridad de una generación desencantada.

Pero todo eso quedó en el pasado.

El descenso al infierno del sueño americano

La tercera temporada de Euphoria parece empeñada en sobresaltarnos únicamente por el placer de hacerlo. En ser efectista: cada vez más desnuda (a costa de los cuerpos de sus personajes femeninos), cada vez más sangrienta (a costa de las extremidades de Nate Jacobs), cada vez más racista (a costa de narcos supremacistas). Y, claro, Euphoria siempre se sintió excesiva, extravagante y exuberante, pero al menos tenía un propósito. Sabía qué quería decir. Ahora, ya no está tan claro.

Cuatro años después de su segunda temporada –en los que la producción se vio atrasada por las huelgas de la industria del entretenimiento y bombardeada por la muerte de Angus Cloud; quien interpretaba a Fezco, el adorable vendedor de droga y amigo de la protagonista– la serie se enfrenta a un problema: sus personajes están demasiado grandes para la secundaria.

Es entonces que Euphoria se debe replantear y crecer en la escala de la serie juvenil. Ahora, toda la brillantina queda atrás. Y la realidad es mucho más dura. Se presenta entonces la oportunidad –y el interés de la audiencia– de visitar las vidas jodidas de este puñado de jóvenes mientras se dan de frente con los dolores y las alegrías de la vida adulta. Aunque de estas últimas, hay pocas. En su tercera temporada la serie sale a un universo de fronteras permeables, clubes de striptease, ranchos en el desierto, influencers, only fans, estudios de entretenimiento, reuniones de AA, prestamistas armenios, narcotraficantes nazis, violencia estética, fentanilo y la especulación del mercado inmobiliario.

Encontramos a Rue atravesando la frontera de México y Estados Unidos con un montón de bolas de fentanilo en el intestino como parte de pago en su vínculo con Laurie (Martha Kelly). Pero cuando conoce a Alamo Brown (Adewale Akinnuoye-Agbaje), el intrigante traficante de armas y capo del Silver Slipper, un club de striptease donde cualquier mujer es tan descartable como la siguiente, Rue se ve cara a cara con el sueño de su vida. Spoiler: ese será el inicio del descenso al infierno de su sueño americano. Y si algo no podemos reclamarle a Euphoria es que el camino entre las llamas se ve, siempre, hermoso.

La inestable Cassie Howard (Sidney Sweeney) es una tradwife comprometida con Nate Jacobs (Jacob Elordi), el chico popular y violento de la secundaria que era el novio de su mejor amiga, pero empezará a coquetear con la popularidad de las redes sociales y el valor de reventa de su cuerpo antes de enterarse de que el lujo y la opulencia de su vida hogareña es la cuenta a cobrar de un gangster aterrador.

Esta tercera temporada se convierte en una pléyade de mujeres sin poder de decisión. Esas mismas mujeres que hicieron de la serie un éxito ahora son explotadas por carteles de narcotráfico, el trabajo sexual o algún funcionario gubernamental. Todas dependen de alguien más. Alguien que toma sus decisiones, alguien que usa su cuerpo para pasar droga por la frontera, guardarlas como un juguete sexual en un departamento o un video en una aplicación. Alguien que se lleva la plata. Porque si algo queda claro sobre la vida adulta es que el poder, fuera de los pasillos del East Highland High, se cuenta en billetes de 100 dólares. Y quizás sea esa la verdadera intención de esta temporada: entender que, en el mundo contemporáneo, solo sobreviven aquellos que dominan el arte de la explotación (propia o ajena).

Durante 10 episodios esperamos que eso cambie. Que tengan agencia, que tomen decisiones, que cobren relevancia. Pero ese momento nunca llega. Incluso en la muerte.

Hacia la mitad del último episodio, la serie toma la decisión más arriesgada de su historia: después de meses en sobriedad, Rue muere de una sobredosis. Y parece coherente. No había otra salida que sea esa misma adicción –la que la atrapó desde la adolescencia y despedazó a su familia– la que termine con ella. Aunque ni siquiera esa es su decisión. El frasco de pastillas que traga por dolor o por placer, lleva en su interior la contaminación del fentanilo que termina con su vida en una ensoñación. Probablemente la misma sustancia que contrabandea en el primer episodio acaba al final con su vida sin que ella lo sepa en los últimos minutos.

La historia de Euphoria es "trágica al final, pero también es la verdad”, dijo Levinson en una entrevista en Popcast, el podcast de cultura de The New York Times. “Si hoy estás experimentando o consumiendo drogas, es muy posible que te maten”.

“Hoy no se puede contar una historia sobre la adicción sin mostrar sus consecuencias muy reales. La mayoría de las personas no tiene una segunda oportunidad. El fentanilo puede acabar contigo en un instante. No era así cuando yo estaba creciendo; literalmente podías tomar pastillas compradas en la calle y quizá tendrías un mal viaje o algo parecido, pero estarías bien. Esto es algo que afecta muy de cerca a muchas personas en este país. Por eso sentí que era lo responsable”, sostuvo el creador de la serie.

Porque a pesar de los excesos y la construcción atractiva de las drogas, la violencia y el dolor, Euphoria pone el peso en las consecuencias. En lo que sucede como efecto inmediato y lo que se acumula a largo plazo. Y las consecuencias de la vida adulta, no son las mismas que las de la secundaria.

Desde ese momento su amigo y padrino de Narcóticos Anónimos, Ali, interpretado con maestría por Colman Domingo, toma el control de la narración. Después de un discurso en ele ue apunta a la cadera de creación, distribución y venta de sustancias, después de anotar el nombre de Rue en su cuaderno de muertos, y tomar las riendas de la narración, Ali relapsa, se arma y sale a buscar venganza en una secuencia tarantinesca. Todo, finalmente, se resuelve como en el lejano oeste. De pronto Euphoria se convierte en un Western donde todo se define en un duelo de pistolas.

Ali finalmente acribilla a disparos a Alamo –quien había facilitado los analgésicos adulterados de Rue– con ayuda de la misericordia divina del único personaje realmente interesante que ingresa sobre el final de esta historia: Bishop (Darrell Britt-Gibson). Un peón del bien o del mal, dependiendo de quién lo mire.

Y, hablando de personajes de último momento, una pregunta aparece junto a los créditos: ¿qué pasó con el personaje de Rosalía? A Magick, la stripper hispana con un juicio con una aseguradora le soltaron la mano sin más explicaciones en algún rincón del club.

La tercera –y última– temporada de Euphoria se convirtió rápidamente en un camino de degradación de sus personajes. Desde Cassie y Nate hasta a la anodina Lexie. Maddie Pérez (Alexa Demie), la implacable mujer que se convierte en la manager-proxeneta de la amiga que la traicionó, es quizás la única que termina mejor que cómo comenzó en esta temporada después de salvarse de convertirse en una incubadora humana. Las amigas-enemigas Maddy y Cassie son ahora las protagonistas del spin off que el público espera que se anuncie.

Quizás lo más imperdonable es lo que sucede (o más bien no sucede) con Jules, el papel interpretado magníficamente por Hunter Schafer, es convertida en una sugarbaby que no sale de su apartamento si no es para hacer un inexplicable cuadro para una serie televisiva o para asistir a la boda de Nate y Cassie. La boda es, francamente, el episodio más entretenido de toda la temporada. Pero ya nada queda de aquella relación queer que fue el centro de la historia, en una representación inusual de un personaje trans en la televisión. Ahora, vuelve a caer en el estereotipo: la explotación sexual. Un intento de convertir a uno de sus personajes más interesantes en un continente vacío. Borrable.

A pesar del devenir de los personajes, lo que sostiene la serie son las actuaciones. Interpretaciones buenas, sino excelentes como en los casos de Zendaya, Sydney Sweeney, Adewale Akinnuoye-Agbaje y Colman Domingo, que logran elevar a sus personajes incluso en los momentos más apáticos. Pero la capacidad del elenco de Euphoria no es una novedad para la serie que aceleró las carreras de algunos de los nombres más cotizados de la generación 2020: Zendaya –quien se llevó dos Emmys por su definición de Rue–, Sydney Sweeney o Jacob Elordi. Incluso Hunter Schafer, Barbie Ferrerira y Maude Apatow iniciaron una trayectoria en la industria. Algo que hace aún más enigmático el presente de Alexia Demie, una de las actrices más fuertes de la serie que evitó la burbuja de la fama.

“Quería contar una historia sobre el paso de entregar nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como lo entendemos", dijo el creador de la serie a The Hollywood Reporter. "Estos personajes, que ahora son adultos, son libres de elegir qué clase de vida quieren vivir, pero hay consecuencias que acompañan esas decisiones".

La religion, la búsqueda de la trascendencia o de algo más grande que nosotros mismos, es a fin de cuentas lo que sobrevuela sobre el final de la serie. Poner su vida en las manos de un destino mayor. Una epifanía.

Parece que Euphoria se acompasa al ritmo del baile social y política de una generación que nada en las profundidades de la manosfera, la revisión de los derechos femeninos y el determinismo del universo digital. Una historia de excesos que termina con una mano sobre la biblia (¿hay una nueva biblia?) y otra sobre la bandera de los Estados Unidos. Contada, finalmente, por hombres.

Las últimas palabras de la historia: Que Dios nos bendiga a todos.

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