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Una mujer con la camiseta de Brasil mira un partido desde la tribuna de un estadio. El hombre sentado a su lado mira su escote sin restricciones. Sin embargo, no es una mujer. Ni el partido existió. Ni el hombre es real. Todo es una simulación creada por inteligencia artificial.

El video, que pretende pasar por una "fancam" o un momento espontáneo capturado por las cámaras del estadio como las imágenes que toma la transmisión de artistas, celebridades o antiguas glorias futbolísticas, es artificial. Es tan solo un ejemplo de una tendencia en la que algunas redes sociales como X o TikTok se han convertido en un catálogo de figuras femeninas con camisetas de diferentes nacionalidades. Un álbum de figuritas de mujeres hermosas. Casi coleccionables. Sonríen, aplauden, saltan. Celebran una victoria deportiva de forma controlada, recatada, irreal. No reaccionan, no se enojan, no se sobresaltan. Su única función consiste en atraer la mirada y representar una versión sexualizada de cada país.

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Mujeres creadas a gusto y placer de quienes las fabrican. Para gusto y placer de quienes las consumen. Porque la inteligencia artificial no inventa estereotipos ni prejuicios, pero los escala y permite reproducir los que arrastramos de forma industrial. Debajo del contenido viral, hay una representación que refuerza viejas ideas con una apariencia nueva.

No el producto, sino el anzuelo para un negocio mucho más expandido. Una arquitectura virtual que tiene la explotación del cuerpo femenino en el centro. Un modelo económico que no es ajeno. Según publicó EFEVerifica, detrás de los virales hay un sistema de monetización. Las cuentas que los comparten que redirigen a cuentas de Onlyfans o canales privados de Telegram, donde venden contenido erótico y pornográfico hecho con inteligencia artificial.

La socióloga Elisa García Mingo, consideró en diálogo con el medio que este fenómeno puede leerse como “desinformación de género”, porque “reproduce una imagen estereotipada de las mujeres y las convierte en reclamo visual dentro de un deporte dominado por narrativas masculinas”.

La tecnología no es buena o mala, no hay sesgos éticos en el código, por lo que las violencias del espacio virtual no son ajenas a la violencia basada en género de las sociedades. Y ahora ya no es necesario ni siquiera que sea verdad.

No es algo demasiado alejado de lo que hemos visto a lo largo de los años: mujeres en las tribunas de los estadios como una proyección de la mirada masculina. Personas que prometían desnudos o se levantaban las camisetas de acuerdo al resultado deportivo. Ahora, detrás de este fenómeno, hay un proceso virtual y una estandarización del cuerpo femenino que parece hacerse exacerbarse a medida que las mujeres van ganando espacio en el mundo deportivo.

¡Que no te engañen!, avisan medios deportivos y portales de noticias junto a las imágenes de las mujeres ficticias como advertencia a los señores fácilmente conquistables. Como si el principal peligro fuese, sencillamente, creer que las mujeres virtuales podrían ser reales. El saldo de la decepción erótica, además de la deportiva.

Pero quizás el peligro más acuciante sea otro. Tal vez esté vinculado a los riesgos de la violencia digital y la desinformación.

Según un estudio del Centro para la Lucha contra el Odio Digital (CCDH) del Reino Unido, la plataforma X muestra contenido explícito a menores de edad. La red social no asegura una protección efectiva de los usuarios y evita que los niños entren en contacto con este tipo de contenido. “Incluso una curiosidad pasajera podría exponer a los niños a material sexual explícito”, aseguró el director de investigaciones del organismo, Callum Hood, en el informe.

O quizás esté vinculado a la complejidad del universo de la explotación de los cuerpos femeninos. En los últimos años la propagación de deepfakes, fotos o videos alterados digitalmente. Una práctica que se convirtió en una preocupación cada vez mayor, en un delito perseguido por la justicia y una nueva forma de violencia sexual. Porque a pesar de ser falsos en el análisis formal, los efectos sobre las víctimas son reales: daño emocional, estigma, extorsión y normalización de la violencia.

“A medida que el contenido generado por IA se convierte en la norma, las herramientas para el acoso, la manipulación y el abuso basado en imágenes también están escalando a la par”, advirtió la ONU en un reciente informe sobre el avance de la tecnología y la brecha de género. Una situación que arrastra además una serie de sesgos que permanecen en su concepción. Según el informe, alrededor del 20% de las respuestas de los modelos de lenguaje (LLM) “mostraron actitudes sexistas y misóginas, incluidas representaciones de las mujeres como objetos sexuales” cuando se les encomendó completar oraciones que comenzaban con una referencia al género de una mujer.

Además, está en la repetición y la reafirmación de estereotipos que solían proliferar sin cuestionamientos en los medios tradicionales y las pantallas de la televisión, que ahora campean en el ecosistema digital. Los cuerpos prácticamente inalcanzables, la promesa de validación estética, la mentira renovada de que el rol femenino en los estadios está solamente en las gradas. O que el valor real sea únicamente medido por y para la mirada masculina.

Entonces, hay que poner los ojos sobre el campo de juego. Al mismo tiempo que la inteligencia artificial trabaja a disposición de la manósfera, hay millones de niños y niñas que miran el Mundial de Fútbol por primera vez. Niñas que, según un estudio de ONU Mujeres, tienen el doble de posibilidades que los varones de dejar el deporte antes de los 14 años, no por desgano ni falta de interés sino, expresa el informe, debido a una serie de barreras materiales y simbólicas que les serán impuestas en la infancia y la adolescencia.

Lejos de la tribuna virtual de internet, en los estadios de fútbol se juegan otros partidos. Los niños ahora pueden ver en la cancha algo que prácticamente no se había visto antes: un equipo arbitral enteramente femenino en el mundial masculino.

El partido entre República Checa y Sudáfrica en la fase de grupos, que terminó con un empate a un gol, fue arbitrado por mujeres por segunda vez en la historia de la Copa Mundial masculina de la FIFA. Y esto sucede apenas cuatro años después de que las mujeres entraran por primera vez a la cancha para arbitrar un partido mundialista en Catar 2022.

Seis mujeres forman parte del equipo arbitral oficial del Mundial masculino de 2026: las arbitras Tori Penso y la mexicana Katia Itzel García, las asistentes Brooke Mayo y Sandra Ramírez, y Kathryn Nesbitt y Tatiana Guzmán como encargadas del video arbitraje en la cabina del VAR. Y aunque es un número histórico, la cifra no llega al 4% del total de 170 árbitros que se imponen en los estadios de México, Canadá y Estados Unidos.

En un deporte donde las mujeres son creadas para monetizar los deseos, donde todavía hoy predominan narrativas que pretenden excluirlas del deporte, cuando persisten las brechas salariales entre jugadores y jugadoras, y algunos de los futbolistas que son aplaudidos cuando anotan un gol son investigados por denuncias de abuso sexual, que una formación femenina arbitre un partido en un estadio lleno no solo es un momento histórico. Amplía la representación y es una referencia dentro de la cancha. Se convierte, para muchas niñas y jovenes, en una posibilidad.

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