Hay un lugar en medio del Salón de los Pasos Perdidos donde todos se detienen. Allí donde el niño que lleva su pequeño tambor colgando de un tali que le atraviesa pecho se para a saludar con su mano, donde un muchacho se arrodilla como en la iglesia, donde un hombre trata de secarse las lágrimas que caen por su rostro con las palmas de las manos, donde una mujer inicia un solitario aplauso que rápidamente se vuelve colectivo, donde Yessy López baila candombe y mira al cielo.

Ahí, donde miles de personas despidieron a Ruben Rada.

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Desde este miércoles 26 de agosto, cuando la familia del artista uruguayo comunicó su muerte, los uruguayos comenzaron un duelo colectivo que se oficializó con un decreto del Poder Ejecutivo y el Palacio Legislativo le abrió sus puertas a uno de los hombres más importantes de su cultura.

¿Qué es un duelo nacional? Es la bandera a media asta, el decreto oficial y un lazo negro en las transmisiones televisivas. Pero es, sobre todas las cosas, el rostro de quienes lloran a un artista que forjó parte de la cultura nacional. La oportunidad de poner en común el impacto, el recuerdo y el legado del hombre que se convirtió en una parte ineludible de la vida cultural del último medio siglo. Es una cuerda de tambores autoconvocada, el dibujo de un niño sobre una pila de ofrendas, son los recuerdos de unos amigos al lado del fuego mientras templan un tambor y cientos de canciones que desde entonces suenan en todo el país.

Durante las ocho horas en las que miles de personas pasaron por las puertas del Palacio Legislativo este jueves sonaron 87 canciones de Ruben Rada desde una lista de reproducción de Spotify titulada, simplemente, Rada. Poco más de seis horas de música. Una lista de canciones elegidas por su hijo Matías que representan el peso gravitacional de su música. Canciones que recordaron al genio de la música nacional, el hombre que refundó la música uruguaya.

Las cantaron en silencio o en colectivo. Por momentos la gente bailó. Ya sea en un leve bamboleo al ritmo de sus canciones o en una explosión celebratoria con Muriendo de plena, con León Gieco a la delantera de un coro que incluye a la familia Rada pero también a Natalia Oreiro, Ricardo Mollo, Jorge Nasser y Dante Spinetta.

Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena
Prefiero que se me vele bailando una rica plena

La familia del artista recibió durante horas las muestras de afecto de aquellos conocidos pero también de miles de personas que sin conocerlos les dedicaban una sonrisa, les tiraban un beso o le extendían una flor. Sus hijos, Lucila, Matías y Julieta, y su compañera de vida Patricia Jodara estuvieron acompañados por una gran cantidad de amigos y allegados mientras el pueblo iba al encuentro del ídolo nacional.

Desde colaboradores como Gustavo Montemurro, Nicolás y Martín Ibarburu, Urbano Moraes o Daniel “Lobito” Lagarde hasta figuras de la música y el ámbito cultural como Diane Denoir, Jorge Trasante, Jorge Nasser, Eduardo Larbanois, Mario Carrero, Florencia Núñez, Petru Valensky, Ana Prada, Maia Castro, Pablo Silvera, los hermanos Martín, Yamandú y Tabaré Cardozo, Max Capote, Claudio Martínez, Emiliano Muñoz, Nacho Algorta, Agó Páez, Victoria Ripa, Edú "Pitufo" Lombardo, Pinocho Routin o Guillermo Díaz Silva.

Pero también figuras políticas como el presidente de la República, Yamandú Orsi, la vicepresidenta Carolina Cosse o el expresidente Julio María Sanguinetti estuvieron presentes en el velatorio del artista. También ministros como Edgardo Ortuño, Pablo Menoni, Juan Castillo y José Carlos Mahía, además de senadores, representantes e intendentes.

Era apenas un niño. Ruben Rada aparece pequeño junto a sus hermanos, sus primos, su tía y su madre, Carmen Silva, cerca de la casa donde creció. Una fotografía en blanco y negro que descansaba este jueves sobre las franjas azules y blancas de la bandera nacional que cubrían el féretro del ídolo nacional. Un retrato de Eduardo Mateo, una edición de la revista Canta Rock donde aparece ilustrado en la tapa y una grulla de origami hecha con una partitura entre un dominó de Morenada y un collar con los colores de Peñarol.

Pero por momentos la tristeza se daba de frente con algo muy parecido a la celebración del recuerdo de un hombre alegre. Cuando espontáneamente alguien iniciaba una canción que se volvería un movimiento colectivo, un recuerdo en sus propias palabras interpretado por un coro que se volvía multitudinario. Y cada tanto, Matías Rada pedía que subieran el volumen de las canciones con leve un gesto.

Lucila Rada fue quien se paró delante de las cámaras y la prensa para hablar en nombre de su familia. “Yo soy una hija muy triste porque perdió a su papá, pero tenemos un sentido de familiaridad enorme. Siento que tenemos una familia mucho más grande ahora, que es todo el país”, expresó haciendo el duelo colectivo.

La mayor de los hermanos habló entonces por primera vez desde la internación de su padre un mes atrás, y pidió que se el pueblo quien lo haga inmortal. “Luchó como un gladiador durante 30 días porque es el tipo que más le gustaba vivir del mundo. Por esas ganas que tenía él de vivir lo tengan en sus corazones y lo hagan vivir por siempre”.

"Que todas las personas que estén en la cama, deprimidas o tristes escuchen sus canciones y lean su historia y sirva para algo. Que sea un papá para todo el Uruguay para siempre. Gracias", concluyó.

Entonces la Tía Tina bailó. Será posible empezó a sonar y Faustina Avelino, una de las mujeres emblemáticas de la cultura uruguaya, levantó su cuerpo de la silla en la que había estado sentada durante horas, observando el féretro de un ícono nacional, y se acercó a él. Abrió su abanico y danzó. Entonces, apenas por unos segundos, todo parecía más liviano. El mundo no pesaba tanto. Con ella las palmas, las sonrisas y los coros. Por unos segundos todo se resumió a ese momento detenido en el tiempo.

Por lo mucho que yo pido, poco es mucho para mí
Yo quiero vivir la vida, con lo que la tierra da
Junto a mis seres queridos, cantar de felicidad

El pueblo, para Ruben Rada

¿Alguna vez te preguntaste qué es el Negro Rada para Uruguay? La pregunta de Pablo Silvera se asentó en el aire durante una transmisión de TV Ciudad, tres años atrás. ¿Qué soy para el Uruguay?, volvió a preguntar Rada mientras lo pensaba. Una persona que le da alegría con su música, pero que también siempre estuvo del lado del pueblo. Siempre.

Desde el anuncio de su muerte, este miércoles 26 de agosto, el pueblo uruguayo demostró esa cercanía con innumerables muestras de cariño hacia uno de los artistas más grandes del Uruguay.

Desde una infinita procesión de tambores que lo despidió sobre Isla de Flores en la noche de su muerte. Una marea de gente, especialmente hombres y mujeres jóvenes, que iniciaron una enorme llamada autoconvocada. Cantaron sus canciones, tomaron vino en su memoria y sacaron los parlantes a la vereda para bailar una plena. Para trasmutar el dolor de haber perdido a un artista, a un referente, a un amigo. “Aguante Rada loco, ¿cómo se va a morir Rada?”, gritaba un hombre antes de ser consolado por otro en medio de la calle.

A la mañana, diferentes escuelas del país recibieron a los niños con sus canciones. Las mismas que sonaron durante todo el día en las radios, los programas televisivos, las casas y las calles. También, desde un esforzado parlante ubicado frente al Palacio Legislativo, donde un grupo de personas se reunió durante más de ocho horas para bailar las penas.

“Toca che negro Rada. Toca grita la hinchada. Toca y canta tranquilo. Que acá no pasa nada", canta una voz que canta sobre una pequeña cuerda de tres tambores que parece no terminar jamás. Algunos lloran y se abrazan. Otros entran en el círculo y sueltan el cuerpo a la emoción de la partida.

“Dale mama, daleeeee”, le dice una muchacha a Olga Acosta que hace bailar el pollerón blanco entre la gente. “Vine porque se lo tiene merecido. Fue una persona humilde, no se olvidó de quién era”, dice la mama vieja a El Observador. Pasaron cuatro horas desde que llegó a la puerta del Palacio Legislativo. “Lo quiere todo el pueblo. Esto nunca sucedió en los 71 años que tengo, nunca lo vi. Isla de Flores se tiene que llamar Negro Rada, que la Junta Departamental lo proponga y el pueblo lo vote”, propone.

Javier Cardozo se mueve entre el tumulto que baila entre los tambores. “Lo conocí en Buenos Aires cuando salió Quién va a cantar, desde ahí seguí haciendo el candombe y eso me hizo muy feliz. Esa felicidad es gracias a él”, cuenta. “Siempre le dije a mi madre que el día que esto pasara le iba a dejar una flor, y recordar mi raíz como él me enseñó”.

La fila se extiende alrededor del Palacio Legislativo y se envuelve en sí misma. Niños, adultos y ancianos hacen una larga cadena para dejar una lágrima, una flor o solamente un recuerdo. Pegado en la valla amarilla que se extiende como un perímetro de exclusión, una imaginen de Ruben Rada cantando entre nubes generada con inteligencia artificial también lo recuerda. “Hoy el cielo te recibe con los brazos abiertos, pero acá abajo tu pueblo te despide con el mismo amor con el que te acompañó toda una vida”. Y tres claveles rojos llevan atado un mensaje generacional: “Gracias por una infancia llena de música popular, cultura e identidad. Serás eterno en el corazón de tu pueblo”.

La tarde empieza a caer y las nubes reflejan un rosado atardecer mientras suena Turismo Candombero en el entorno del edificio parlamentario. Un grupo de personas sigue bailando a la luz de las linternas de sus celulares, otros se filman y lo transmiten en vivo para sus seguidores.

Una ofrenda popular

Todos llegaron con algo. Un recuerdo, una anécdota o una canción que soltaron para convertir el espacio delante del féretro en un altar de ofrendas paganas. Entran con los teléfonos en la mano, lo graban y reclaman su foto cuando el personal de seguridad les pide que avancen. Una mujer se desarma en unos pasos de baile cuando llega al frente al ritmo de Échale sal a la vida. Un hombre de pelo gris se detiene a la mitad del camino, se muerde el labio y aguanta el llanto. Otros no se contienen. Un hombre deja correr las lágrimas, mientras canta Dedos al salir del velatorio.

Una pequeña niña apenas camina y lleva una rosa blanca que deja allí. Otro apenas puede caminar, y se agacha con dificultad para dejar su ofrenda al icono nacional. Las flores se acumularon durante horas: rosas blancas, rojas y amarillas, lirios, claveles, margaritas y girasoles. Una mujer pasa cantando Las Manzanas y un hombre lo hace cantando Yo quiero e inicia un momento colectivo. “¡El más grande de la historia, eh!”, grita alguien.

Cada tanto la clave de candombe se vuelve un homenaje. Mientras suena Llamando en el Palacio Legislativo un hombre deja sobre el colchón de flores el palo de su tambor y un niño golpetea un chico, como una ofrenda a un candombero de ley.

Sos la esperanza
Que lleva el Nego
Con su alegría

Sos la esperanza
Que lleva Rada
Sos su manía

Gorros, banderas y camisetas de Peñarol. Padre e hijo dejan dos púas de guitarra. Botellas y cajas de vino tinto empiezan a acumularse junto a las manzanas que dejaban en homenaje a su primer gran éxito del artista nacional.

El flujo de personas se hace cada vez más denso a medida que la gente que pasa por delante de su féretro para despedirlo. Hasta que finalmente se detiene. Entonces, familiares, amigos y colegas se reúnen a su alrededor para despedirlo con sus propias canciones como Mi país y Muriendo de Plena.

De pronto, silencio. Por primera vez en ocho horas el Salón de los Pasos Perdidos queda en silencio mientras doblan el pabellón que entregan a su familia y el cuerpo del genio de la música nacional sale del Palacio Legislativo cargado por sus seres queridos.

Afuera, ante el frío de una noche de agosto, la gente lo aplaude y desde el mismo parlante que hizo sonar su música suena el himno nacional.

“Olé, olé, olé, olé. Negro, Negro”, corean mientras el coche funerario pasa entre la gente. Cuando todos empiezan a irse, la voz del parlante de la vereda deja sonando una plena y una pareja llora, pero sin dejar de bailar.

La despedida de los uruguayos a Ruben Rada continúa este viernes a las 11:00 con el inicio de una procesión popular. El cortejo partirá desde Isla de Flores y Santiago de Chile, en Palermo, hacia el Cementerio del Norte.

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