26 de agosto de 2026 17:44 hs

Era el día de su cumpleaños. La familia y los vecinos del barrio discutían alrededor de esa bendita radio. Un artefacto grande, aparatoso y feo que de momento sólo emitía una estática inquietante. De pronto, el momento del milagro. Alcides Ghiggia enmudeció al Maracaná.

Algunos días antes, Ruben Rada había sacado la cédula de identidad. Un cartoncito que certificaba que el chiquilín había nacido el mismo día, siete años antes, como un amuleto de la suerte de la gloria del fútbol. “Le mostraba mi cédula a la gente en la calle, que era mi cumpleaños, y la gente festejando como loca me daba monedas”. Ese día se llenó los bolsillos de chanchitas y reales.

Ese niño que soñaba con ser futbolista se convirtió en uno de los músicos más grandes que dio esta tierra. La voz de Ruben Rada se convirtió en un certificado de identidad nacional. Como esa cédula de identidad, en la que con los años se fueron acumulando diferentes nombres: Ruben Rada, Rubenrá, Richie Silver, Zapatito, Adar Nebur, Aros Rada, Negro Rada o solamante, Rada. Todas las personalidades de un genio de la música nacional.

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Y un vacío imposible de dimensionar.

Fue parte fundamental de proyectos musicales que redefinieron la música uruguaya como El Kinto, Tótem y Opa. Construyó una impresionante carrera en solitario durante más de medio siglo en el que abrió un campo de experimentación musical como sólo él podría haber hecho.

El que cantó Satisfaction con Mick Jagger en la casa del Lobo Núñez, el que ganó un Grammy a la excelencia musical y lo olvidó en un taxi, el que se convirtió en superhéroe para cantarle a los niños, el que hacía piruetas con la voz.

Un hombre inquieto, de un humor implacable, que publicó más de 30 discos de estudio y siempre tenía al menos cuatro en el cajón. “Hay gente que se ahoga con agua, otros con vino. Yo me ahogo de música”, le dijo en 2016 a El Observador. Un ahogamiento creativo que se desbordó en canciones que pasaron a formar parte del inconsciente colectivo.

En palabras del Lobo Núñez en el programa Ídolos de Teledoce: “Un músico que cuando lo escuchas más que un repertorio es un Atlas, viaja a través sus canciones por toda latinoamérica. Compone merengue, salsa, jazz, rock, tango, plena, candombe, samba. Lo que se le dé la gana”.

También fue actor, humorista y conductor de televisión. Un hombre que entró directamente en los hogares del Río de la Plata con un carisma arrollador, y una historia marcada por ilusiones, desafíos, éxitos y complicaciones, que forjaron a un genio nacional contra el racismo imperante de la sociedad uruguaya. Un hombre gigante.

Zapatito

Omar Ruben Rada Silva nació el 16 de julio de 1943 en pleno barrio Palermo. Tacuarembó esquina Isla de Flores. Su padre, decían, era uno de los mejores repiques de Ansina. Su madre, una mujer brasileña que llegó a Montevideo desde Santana do Livramento a fines de la década de 1930.

“Mi tía me contaba que faltando 25 días para que yo naciera, ella estaba cantando. Ella fue la que me incentivó a cantar”, contó en su biografía, Rada (2013), escrita por Fernando Peláez. Años más tarde le dedicaría As Noites do Rio, enteramente en portugués.

Al poco tiempo de su nacimiento sus padres se separaron y se fue a vivir con su madre al “barrio italiano”: la calle D'Azeglio y Avenida Italia. Siete personas en una pieza. Una tuberculosis marcó su infancia y le arrancó antes de empezar el futuro como jugador de fútbol. “Mi plan A siempre fue el fútbol, pero no funcionó. Si se me hubiera dado habría sido un gran futbolista”.

Empezó a cantar para llevar algo para comer a su casa. Hacer mandados en la farmacia del barrio, vender diarios (o juntar los usados para venderlos en el Centenario y que la gente se sentara en la tribuna), abrir puertas de taxis en el Estadio Centenario o el Teatro Solís sin imaginar que años después miles de personas llenarían el auditorio para oírlo cantar.

Cuando Juan Ángel, Raúl y Wellington Silva fundaron la mítica Morenada, Ruben Rada era apenas un niño al que le gustaba bailar y ponerse en el personaje del gramillero. Recién a los 20 años Julio Gómez le dijo tres palabras clave: Agarre ese repique. “No me olvido más. Fuimos desde Cuareim hasta Ansina. Había que ir y venir, tocando, ida y vuelta. Volví con las manos hechas pelota. Muy bien, me dijo. Y después, bueno, me tuve que poner curitas”, le contaría años después a la revista Rolling Stone. Fue allí que un gramillero de Morenada lo apodó Zapatito.

Zapatito se incorporó luego, con 16 años, a la murga de Tito Pastrana: La Nueva Milonga. Subía al escenario vestido de Pierrot y con una Spica en mano. Vocalizaba el sonido estático que hacía el dial cuando buscaba una estación y hacía imitaciones: desde los cantantes hasta los locutores. “Con el Loco Pastrana aprendí a hacer voces. Porque en los ensayos el Loco me gritaba con esa voz afónica que tenía: Zapatito, pasales esa voz a los muchachos. Entonces pasaba las voces a todos los músicos: la prima, la segunda, la tercera. Así aprendí a hacer arreglos de voces. De ahí vienen muchas de las cosas que después hice en los discos”.

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Por esa época cantaba en la Cubanacán de Pedro Ferreira, director de la comparsa Fantasía Negra. “Creo que mi vida se enderezó a partir de Pedro Ferreira. No sé por qué. Sería la onda que tenía el hombre. Nos encontrábamos a las seis de la tarde en el bar de la calle Rivera y el tipo ya estaba de traje. Y ahí me pasaba algunos temas. Yo canté sólo tres temas con él, después hacía coros: ahí viene la llamada marcando el compás / se escuchan los tambores, qué sabroso está. Pah, yo lloraba”.

Richie Silver

Una noche a finales de los 50 Cacho de la Cruz estaba trabajando en Bonanza, cuando un hombre le propuso presentarse en el Club Irlanda.

–¿Quiénes somos los que trabajamos?

– Sos tú, un duo folklorico, después vas a ver que viene un morenito que tiene que estar al caer, llega con una bicicleta porque es repartidor de telegramas.

Para entonces, Ruben Rada había conseguido un trabajo como mensajero en la oficina del Telégrafo y se había corrido la voz de que hacía telegramas cantados. Pero en la noche, antes de que llegaran las murgas al tablado de Irlanda y Avenida Italia, subía a una mesa y cantaba para el público. When the Saints Go Marching In, El Día Que Me Quieras, Chega de Saudade.

Cuando Cacho de la Cruz lo vio cantar lo invitó a formar parte de los Hot Blowers, la banda de dixieland por la que pasaron músicos como Federico García Vigil, Ringo Thielmann, Daniel "Bachicha" Lencina y los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso.

“Yo empecé mal con la música”, diría Rada. Saco blanco, camisa rosada, pantalón negro. En 1958 debutó como Richie Silver en un boliche en Cuareim y Soriano. ¡Con ustedes, Richie Silver!, anunció De la Cruz. El escenario lo recibió en el suelo. “Me caí de trompa al lado del micrófono. Así empezó mi vida como artista profesional”, recordó una entrevista con La Diaria recientemente.

Por entonces lo había dejado su primera novia, y Ringo Thielmann le hizo escuchar Georgia on my mind. “No pude más que llorar. La escuché varias veces y lloraba, lloraba y lloraba. Fue en ese momento que se me hizo el clic. Ahí fue cuando dije, chau, quiero ser como Ray Charles. Se acabó todo lo demás. A partir de ahí, mi único proyecto de vida fue la música”, dice en su biografía.

Rada, en pantalla

En aquellos años de juventud también se las rebuscaba todas las mañanas plumereando las ochocientas butacas del cine Premier. “Los muchachos me pasaban algunas películas en la pantalla y yo imitaba a Fred Astaire y a Gene Kelly. Me pasaban Cantando bajo la lluvia y yo cantaba y bailaba I'm singing in the rain / I'm singing in the rain. Me ponían Tres marineros en Nueva York, con Frank Sinatra, Gene Kelly y el otro que no me acuerdo el nombre, y yo bailaba delante de la pantalla con todos ellos”, contó en su biografía.

“Los muchachos me dejaban entrar gratis todas las semanas, y en las matinés me veía cuatro o cinco películas, las de Pedro Infante, las de Jorge Negrete, las películas argentinas, todas. Me encantaban las películas de cowboys, sobre todo las que tenían canciones de Frankie Laine. Y apareció el rock'n'roll”.

El encuentro con Cacho de la Cruz también inició una nueva etapa en la carrera de Ruben Rada junto a quien sería el Señor Televisión. Durante 9 años participó de El show del mediodía en Canal 12 haciendo uso de ese afilado sentido del humor característico.

Rada tuvo una prolífica participación en la televisión uruguaya y del Río de la Plata en ciclos de entretenimiento como el histórico programa humorístico Telecataplum. “Hacía imitaciones y personajes cómicos. Trabajábamos con una sola cámara, y ahí aprendí justamente a mirar a cámara. Eso me sirvió para toda la vida”.

Después comenzaría a asumir la conducción de programas de entretenimiento como El teléfono con Emilia Díaz, Décadas junto a Victoria Rodríguez y Es tu sentido con su hija Lucila, lo llamó Adrián Suar para hacer telenovelas como Gasoleros, y fue parte de ficciones hito de la televisión nacional como La oveja negra o Porque te quiero así. También fue parte de programas musicales como La puerta grande y La Voz Uruguay. Incluso se aventuró en el cine, con un rol protagónico en la película El Chevrolé.

Este año se había aventurado a las pantallas de Youtube con el ciclo musical Quién va a cantar. Un ciclo de sesiones musicales junto a artistas de diversos géneros que comenzó con una colaboración con La Vela Puerca. Y es que todos quisieron cantar con Rada, ya lo demostraron músicos como Joss Stone, Michel Legran, Joaquín Sabina o Ian Anderson. Todos han querido un poco de Rada.

El Kinto, Totem, Opa

Un día, cerca de su casa, se encontró con Eduardo Mateo. Y de ese encuentro nació El Kinto, con la participación de Luis Sosa, Walter Cambón, Urbano Moraes, Chichito Cabral, Alfredo Vita y Antonio Lagarde.

Gran referencia de la música popular uruguaya, El Kinto se convertiría en una banda de culto por su propuesta vanguardista en una época donde el pop se abrazaba a covers de bandas anglosajonas y la nueva ola argentina. Entonces decidieron mezclar candombe, beat, psicodelia, jazz, rock y bossa nova. Candombe Beat.

El ciclo de recitales “Musicasiones” creado por Horacio Buscaglia y Eduardo Mateo hizo cuatro ediciones en el teatro El Galpón. “En esa época con Mateo compusimos más de 100 canciones y la mayoría se perdieron porque no teníamos grabador”, recordó hace poco tiempo en sus redes.

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A pesar de que el conjunto tuvo una corta vida y no llegó a grabar como banda ningún disco, se convirtió en un mito nacional. En 1971 se editó el registro de Musicación 4 ½, mientras que en 1977 se publicó, a partir de grabaciones realizadas para ser publicadas como simples, el disco Circa 1968.

“El Kinto fue el primer grupo que, en pleno reinado de la beatlemanía, ajustó su repertorio a temas propios, cantados en castellano y que, en conocimiento de ciertos antecedentes de utilización del candombe con pautas no tradicionales, le dio su propio aporte”, escribió Carlos Martins en la contratapa del álbum.

Dos años después, en 1971, se integró a Tótem, con el guitarrista Eduardo Useta, el percusionista Mario Chichito Cabral, el bajista Daniel Lobito Lagarde, el baterista Roberto Galleti y el guitarrista Enrique Rey. Todos Tenemos Música. Totem es una pieza fundamental en la música uruguaya, que fue uno de los gérmenes seminales de un rock con identidad uruguaya.

Con tres álbumes de estudio entre 1971 y 1973 una de las propuestas más influyentes de la música nacional. Tras su debut homónimo –que incluye los clásicos Dedos y Biafra o la canción que le dedicó a su padre, De este cielo santo–, el año siguiente llegó Descarga, con Santiago Ameijenda en batería, un disco que tiene temas como Heloísa y Manos. Ya sin Rada, ni Lagarde, Totem editó Corrupción, su tercer y último trabajo.

Centenares de personas quedaron afuera del Teatro Solís en aquel show de 1972 cuando llegaron por primera vez a uno de los escenarios más prestigiosos del país. “La música uruguaya se va a dividir en un antes y un después de Totem”, dijo entonces Ruben Castillo. Y así fue.

Tras la etapa Tótem, se estableció en el extranjero e inició definitivamente una carrera solista que ya había tenido sus primeros (y exitosos) pasos en 1969, con su primer disco en solitario y su primer gran hit: Las manzanas, que compuso dando una vuelta por el centro antes de un espectáculo.

Entre 1973 y 1995 vivió entre Argentina y México, y fue a partir de 1980 que consolidó su popularidad del otro lado del Río de la Plata, donde residió de forma casi permanente hasta la década de 1990, cuando se trasladó al país norteamericano, donde trabajó como compositor.

Mientras tanto, grababa canciones y melodías en un grabador portátil y les mandaba los casetes por correo a Hugo y Osvaldo Fattoruso, que estaban en Estados Unidos y habían grabado el primer disco de Opa junto al bajista Ringo Thielmann. A ese trío se incorporó en 1977 para grabar el segundo disco del proyecto, Goldenwings, un álbum reverenciado por músicos y conocedores tanto uruguayos como internacionales.

Ruben Rá

A mediados de los 90 volvió a Uruguay con mil dólares en el bolsillo. “Ese era todo mi patrimonio”, relató en Rada, su biografía de 2013. Extrañaba a Peñarol y los tambores. Y su disco Montevideo se iba a editar en Uruguay. Aunque la carrera de Rada fue (por razones coyunturales, personales y laborales) una carrera para sustentarse a él y a los suyos durante toda su vida (“me retiré una vez, pero me toqué el bolsillo y me di cuenta que no podía parar”, le dijo a El Observador alguna vez), el corazón tiró en ese caso.

Su vuelta definitiva a Uruguay incluyó algunos de sus proyectos y trabajos más exitosos. A raíz de su vínculo con discográficas internacionales, y una colaboración con el productor argentino “Cachorro” López, Rada apuntó definitivamente a ser un artista masivo y comercial. “Nos decíamos Qué chorro López y Ruben Roba”, contó el músico en referencia a su intención directa de hacer música más accesible y cercana a los estándares del pop.

Así surgieron trabajos como Quién va a cantar y Alegre caballero, con canciones como Muriendo de plena, Cha-Cha-muchacha o las que bautizaron esos dos discos.

En una vida mortal, Ruben Rada también se convirtió en super héroe. El mismo músico que había cambiado el sonido nacional, se enfrentó a su mayor miedo: los niños.

Horacio “Corto” Buscaglia le había dicho que debía pensar en los niños. “Me dijo: ‘Los niños uruguayos necesitan que vos les cantes’. Y yo les tenía terror a los niños. Porque te dan con un caño. Cuando no les gusta algo, patalean y gritan. Y no hay nada para hacer. Horacio me enseñó a hablarles de otra manera a la que yo estaba acostumbrado, a llevar lo mío hacia ellos”, le confesó en una entrevista a El País.

Ruben Rá se convirtió en el sonido de la infancia. En la música de una generación de niños y niñas uruguayos que crecieron escuchando su voz y, con los años, descubrieron las múltiples personalidades de aquel hombre de pelo colorado.

Sus últimas dos décadas de carrera fueron imparables: un torrente de discos entre jazz, candombe, música instrumental, rock, murga, colaboraciones con colegas de todas las generaciones y géneros, desde Fabián “Fata” Delgado y No Te Va Gustar a Trueno y Fito Páez.

Grabó un disco –de esos que tenía aún guardados en un cajón– junto a sus tres hijos, Lucila, Matías y Julieta. Repasó su propio camino con el show Parte de la historia. La Intendencia de Montevideo lo declaró Ciudadano Ilustre en diciembre de 2008. En el año 2014 el Ministerio de Educación y Cultura le otorgó la distinción de la Medalla Delmira Agustini, como forma de reconocimiento de su aporte a la cultura nacional. En noviembre del 2011, Rada recibió el Grammy a la Excelencia Musical por su trayectoria artística, premio otorgado por la Academia Latina de Grabación.

Y hasta los últimos meses de su vida hizo música. En junio de este año fue invitado por Jorge Drexler en la presentación local de su disco Taracá, y se metió el show en el bolsillo al cantar con la Rueda de Candombe. La ovación que recibió esa noche fue un testimonio de tantos del cariño y la popularidad que le costó obtener en un principio, pero que con el tiempo —y la música— terminó convirtiéndolo en una de las voces uruguayas definitivas.

Aunque él decía que lo suyo era música del mundo. World Music. Que ahí cabía todo y todos los que habían hecho música con él. “Soy todo yo. A mí me gusta toda la música. Cuando apareció la palabra World Music, ahí me encontré. Y ahí me encontré a Gismonte, a Piazzolla, a Milton Nascimento, a Joao Gilberto, Hermeto Pascoal, Opa con los Fattoruso, que tocábamos la música del mundo, yo toco la música del mundo. Como yo era crooner, yo cantaba en hoteles, en barcos. Cantaba todo eso, entonces me acostumbré a cantar cha cha cha, candombe, todos los ritmos. Yo soy un crooner”.

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