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Marcel Suárez pasó de pensar en la jubilación a apagar un incendio. Literalmente. El nuevo director de la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación recibió el llamado del ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía, con la propuesta de ocupar ese cargo de cara a los próximos cinco años y no pudo decir que no. Primero, porque la relación con Mahía era larga, cercana, y lo sintió como un compromiso. En el buen sentido. En segundo lugar, porque le pareció el colofón ideal para una carrera que empezó en la docencia, se vinculó a la historia, lo llevó a una especialización en museología e historia del arte, y que le pareció que podía fortalecer su relación con el lugar que hoy encabeza, donde trabajó como asesor artístico. De esta forma, Suárez aplazó la jubilación que tenía tramitada y conversada con su familia, y allá fue. Y un día antes de asumir, se prendió fuego la zona de la capilla Narbona en Carmelo, un edificio de mucho valor patrimonial, y hubo que actuar rápido. Fue un bautismo, o algo así. Él espera que no haya sido una señal de lo que puede venir.

Lo que sí tiene claro Suárez es que por delante tiene mucho trabajo y poca capacidad de movimiento. Lo menciona varias veces durante la entrevista: a la Comisión de Patrimonio la integran pocas personas, dieciocho entre administrativos y técnicos, para ser exactos, y los recursos son pocos. Por otro lado, el territorio a abarcar es inmenso. De hecho, la idea de territorio es justamente algo que desvela al nuevo jerarca: quiere que la institución sea efectivamente nacional, y quiere empezar a prestarle más atención a aquellas manifestaciones patrimoniales que, quizás, hoy están fuera del radar por ubicación u otra causa aledaña.

Sobre estos planes, sus anhelos patrimoniales, una ley de Patrimonio obsoleta y la visión que tiene sobre las transformaciones que vive Montevideo, Suárez recibió a El Observador en su oficina de la quinta de Manuel Oribe, en Ciudad Vieja, y habló.

¿Qué tenía esta propuesta que lo convenció? Si le ganó a una jubilación que ya estaba planeada, algo activó.

Activó más de un resorte interno. En primer lugar, el compromiso personal con un amigo y colega como el ministro Mahía. En segundo lugar, un desafío profesional, la necesidad de cerrar una trayectoria profesional vinculada a la historia y al patrimonio. Es mucho más de lo que me imaginaba, pero el consuelo que tengo en los momentos de zozobra es que de no haber aceptado me hubiera quedado con la incertidumbre.

¿Fue la dimensión del trabajo lo que lo sorprendió?

La escala. Pequeña de la institución, porque somos poquitas personas, y la escala de la amplitud de la temática, de la cantidad de inquietudes que llegan de todo el país, lo cual habla de una preocupación, un interés, una demanda que estamos tratando de atender en la medida de nuestras posibilidades.

20250724 Entrevista a Marcel Suárez, nuevo director de Comisión de Patrimonio.

¿Qué es el patrimonio para usted?

Voy a tomar prestadas las palabras de un historiador que vive entre Río Branco y Yaguarón, en Cerro Largo: el patrimonio es la huella que dejamos, y en ese sentido dejamos distintos tipos de huellas. No solo de carácter material, sino también el patrimonio cultural inmaterial, las prácticas, las fiestas, los oficios. Además, el patrimonio no abarca únicamente la dimensión cultural. Hay patrimonio natural, que no entra en nuestra órbita institucional porque lo atienden otros, pero que necesitamos y hacemos articulaciones. Dentro del Sistema de Áreas Protegidas, por ejemplo, hay algunas que incluyen patrimonio cultural, como las pictografías rupestres de Chamangá, en Flores.

¿Cuáles fueron las imágenes inmediatas que se le vinieron a la cabeza cuando aceptó el cargo?

Lo primero que me asaltó, porque lo veo todos los días, fue la imagen de la estación central de ferrocarril de AFE en Montevideo, que es una herida que supura. Y después un lugar con el que fui generando un vínculo desde que era estudiante del IPA, que tiene que ver con mi interés en la historia del arte en Uruguay, que es el taller de José Luis Zorrilla de San Martín. Si bien es un monumento histórico y la propiedad de las obras es de la familia, gestionar ese acervo implica un desafío muy grande. Pero es muy conmovedor, luego de aceptado el cargo, ver los cientos de mensajes que nos llegan a diario, y desde el interior del país. Como dice un historiador de Vergara, Jorge Carlos Muniz Cuello, "el interior tiene sed de sentirse escuchado". Se percibe ese interés de que el MEC y la Comisión tengan una presencia, que se escuche, y tratamos de ir, con nuestras limitaciones de tiempo y personal, y recibiendo a los que piden ser atendidos. De repente todavía no se tiene claro hasta dónde puede ir la Comisión, que función cumple, qué posibilidades tiene, qué consideramos como patrimonio cultural. Lo que puede ser relevante para una comunidad local puede no tener una relevancia nacional, pero hay que encontrarle un espacio para que quien lo sienta propio lo pueda promover. Para eso hay que buscar alianzas y también actualizar la ley vigente.

La ley de Patrimonio es de 1971. Uruguay era otro país.

El mundo era otro. Esa ley se enfocó en el patrimonio material, y un año después salió la convención de Unesco que amplía el concepto incluyendo al patrimonio inmaterial. Eso ya implicó que se fueran incorporando otros caminos que la ley no prevé, pero que tampoco inhibe. Ya tenemos un espacio de desarrollo en torno al patrimonio inmaterial que necesita ser fortalecido, el marco legal debe ser actualizado. Estamos iniciando ese proceso en este período, tomando insumos de años anteriores para poder generar el debate legislativo. Porque hubo varios intentos de actualización.

20250724 Entrevista a Marcel Suárez, nuevo director de Comisión de Patrimonio.

¿Por qué no prosperaron?

Los proyectos de actualización, los intentos más fuertes, son de este siglo. Lo que pasa es que, según interpreto y sin haber participado en detalle de ese debate, la gestión del patrimonio implica necesariamente conflictos de interés. Está el interés, por ejemplo, de conservar un edificio, pero también hay un interés de que se construya uno nuevo porque tiene beneficios económicos. Esta gestión siempre implica estar mediando con intereses que muchas veces son contrapuestos, y eso enlentece, complejiza, porque el tema ya es complejo. Y a veces la comunidad se pone ansiosa y está preocupada porque el tiempo pasa e inevitablemente los deterioros se producen. La idea es seleccionar. Porque tampoco tiene sentido patrimonializar y congelar todo, no es la idea. Y eso genera debate y discusión. ¿Qué se conserva? ¿Qué puede permitirse que no se conserve? Aunque quisiéramos no podríamos cuidar todo lo que tenemos declarado o que consideramos de nivel patrimonial. Cuando tenemos limitaciones presupuestarias hay que ver qué proyectos deberían disponer de recursos para su mantenimiento. Hoy hay más de dos mil monumentos históricos en el país, y hay que elegir: si es una situación de urgencia, si se necesita una intervención. Y hay que tener en cuenta del crédito que se dispone. Si quisiéramos recuperar la estación de AFE implicaría un trabajo interinstitucional y una disponibilidad de recursos en un plazo muy largo.

¿Entonces no es posible recuperar la estación de AFE? ¿Qué falla ahí?

Cuando se elige dónde invertir o qué destino darle a los recursos se trata de priorizar las situaciones más graves y que tienen que ver con la vida humana, con la supervivencia de las personas. Recién después se puede pensar en la materialidad en la que nos movemos nosotros y lo que implica. Sabemos que la estación central requiere una inversión muy grande, y está bueno convencer a la ciudadanía de que no es un tema que se resuelva de un día para el otro, que requiere un pienso, un proyecto potente, recursos, alianzas. El Estado no puede solo. Y a su vez no es responsabilidad exclusiva de una sola institución. A mí personalmente me ha tocado tener que participar en una denuncia para recuperar un cartel robado en la estación y que se recuperara. Ahí uno se encuentra con que tiene que aprender a manejar el sentimiento de impotencia. Y es difícil pedirle paciencia a la sociedad que se angustia o se enoja cuando ve que algo se viene abajo, pero no es tan fácil de solucionar. En el caso concreto de la estación, también hay problemas jurídicos que no están totalmente resueltos y que permitan la intervención del Estado en un proyecto de largo aliento que logre su recuperación material y darle un uso que le permita una gestión sustentable en el tiempo.

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Vuelvo al interior. ¿Esa “sed de ser escuchado” que mencionaba se da porque la gestión patrimonial ha estado históricamente mirando a la capital y de espalda al resto del país?

Esa sed tiene que ver con que generalmente las decisiones se toman desde la capital y no siempre se tiene en cuenta que aunque algunas se aplican con relativa facilidad en la zona sur del país, no pasa lo mismo a medida que aumenta la distancia con la capital. Y al mismo tiempo no es un tema de competencia, rivalidad o desprecio: a veces es por nuestra propia ignorancia de lo que ocurre y se hace en otras partes del país. Por ejemplo, la zona de la frontera tiene intercambios, trabajos académicos, formas de hablar intercambiadas, hay ahora hasta literatura que se produce en portuñol que es maravillosa. Eso tenemos que asumirlo como algo que tiene que tener un reconocimiento de su valor. A veces por ignorancia no se lo damos.

Un día antes de asumir tuvo que apagar el primer incendio, uno literal: el de la capilla Narbona en Colonia. ¿Cuáles son los otros focos ígneos metafóricos que están encendidos en el patrimonio uruguayo y cuáles corren riesgo de incendio?

Un caso que ocurrió antes de que asumiera, pero que estamos procesando, es la casa de Clemente Estable, que es monumento histórico, propiedad estatal, y que fue vandalizada en los últimos años. Se está trabajando con la ANEP para hacer una recuperación de ese edificio para que tenga uso educativo en ese contexto. Lamentablemente, no fue posible cuidarla de la mejor manera y esa es otra herida que duele. Casos como ese hay varios. A veces son bienes, sitios que pertenecen al Estado, y a veces son pérdidas que uno va viendo en propiedades privadas que son patrimonio material. Y también uno a veces va dándose cuenta de la extinción o del riesgo que corren determinadas expresiones inmateriales culturales. Nuestro equipo, que es muy pequeño, va lentamente trabajando para abordarlo.

Hace un rato habló de “impotencia”. Parece ser una sensación que prima en una parte de los habitantes de Montevideo, que ven como algunos edificios históricos se demuelen y reaccionan ante ello. ¿Nota que eso, la reacción, la indignación o el “estado de alerta”, es algo que se está viendo de forma más recurrente?

A ciertas reacciones de molestia o enojo por la pérdida de patrimonio cultural trato de verlas como un síntoma positivo, en el sentido de que siento que hay un creciente interés y preocupación. No siempre se canaliza de la mejor manera, porque a veces la ciudadanía no tiene claro qué papel le corresponde a cada uno, pero que haya preocupación ya es algo. Lo que hay que generar es el contacto para ver cómo colaborar juntos en ese proceso. El Estado solo no puede y es importante que la comunidad se sienta comprometida. No solamente por la pérdida por demolición, y no solamente porque sea declarado o no declarado formalmente como patrimonio. A veces hay que pedir paciencia para controlar la impotencia que sentimos ante ciertas situaciones para poder generar los vínculos institucionales y los mecanismos. Y también hay que sensibilizar a quienes toman las decisiones políticas. Yo soy una pieza en un mecanismo muy grande. Hay que ser persuasivos, saber fundamentar por qué de repente es conveniente preservar un sitio o monumento público que se hizo hace mucho tiempo, por ejemplo. Y entender que cuando se sufre una destrucción deliberada hay que atender las causas de esa destrucción, algo que excede a las posibilidades de nuestra comisión. Hay que saber qué situación de la sociedad o la cultura contemporánea llevan a que determinadas personas vandalicen un monumento público. Y, a su vez, ver si estamos en condiciones de tener la respuesta adecuada. Hoy tenemos monumentos vandalizados hace mucho tiempo y siguen en el mismo estado. A veces tenemos identificada la situación pero no se puede solucionar. Entre otras cosas porque hemos perdido oficios, como el trabajo en bronce, que permiten restaurar monumentos destruidos. O lo mismo con las esculturas en mármol. Pero hay que intervenir para evitar que aumente el deterioro y se produzca la desaparición definitiva. Necesitamos formar técnicos. No tenemos espacios de formación profesional profunda para restauradores. Los que hay se forman en el exterior. Los que tenemos en nuestro taller de restauración son muy pocos y la lista de obras para trabajar es enorme.

20250724 Entrevista a Marcel Suárez, nuevo director de Comisión de Patrimonio.

Hace algunos meses, Alfredo Ghierra estrenó su película Montevideo inolvidable y en entrevista con El Observador decía lo siguiente: “Montevideo vive un goteo en el que estamos perdiendo la escenografía de nuestras vidas”. ¿Coincide con esa percepción?

Mi coincidencia es parcial. El Montevideo que por goteo va perdiendo un perfil, que es algo más que una escenografía y tiene que ver con valores identitarios, es una parte de la ciudad. Es un Montevideo urbano, predominantemente costero, que tiene valores indudables, pero hay otras expresiones culturales además de la arquitectura en él, y otras de la propia arquitectura que corresponden a otras partes del país. La problemática se da en distintos puntos del Uruguay, y cada vez vamos descubriendo la necesidad de conservar otro tipo de expresiones culturales que antes no no suscitaban interés. Lo que son los vestigios de las culturas indígenas, los pueblos originales, por ejemplo. El problema de la conservación de los cerritos de indios, que es gravísimo. Entonces, tenemos que seguir trabajando en la construcción de una conciencia patrimonial, que podamos conservar y al mismo tiempo permitir el desarrollo de la vida presente y dejar espacio para el futuro. Eso a veces implica que haya lugares con un nivel de deterioro tal que no valga la pena o sea demasiado oneroso recuperarlos. Pero está bueno prevenir sobre los tramos, en el caso de los trazos urbanos; cuando queda solo un edificio no es tan sencillo.

¿Cuál es la Montevideo que ve cuando camina por la calle?

Veo una Montevideo que sufre un proceso de transformación que no la favorece. Lo nuevo que va suplantando a lo viejo no es de calidad. Puede ser vistoso al principio, pero uno ve, por ejemplo, que algunos edificios de factura reciente envejecen con rapidez, que el clima y el tiempo parecen afectarlos más rápidamente.

¿Esta transformación desfavorecedora está vinculada con las construcciones que se benefician de la Ley de Vivienda Promovida?

Es un tema que todavía no lo tengo suficientemente estudiado como para emitir una opinión certera al respecto. Sé que está vinculado el tema, pero realmente no he tenido tiempo de analizar el impacto de esa ley, que se pensó con una intención determinada pero que da lugar a un fenómeno vinculado a la especulación inmobiliaria y que ha afectado sin dudas el acervo arquitectónico de Montevideo y de algunos otros puntos. Quizás sí deberíamos dejar asentado que este tema necesita formación, profesionalización, recursos económicos y humanos que estén debidamente capacitados. Hoy este espacio institucional todavía es muy vulnerable y frágil, y no nos permite tener la capacidad de respuesta que sería deseable para atender los desafíos que tenemos por delante. Necesitamos ser más, y ser certeros en el manejo de los recursos que estén a nuestra disposición. También saber cómo persuadir a inversores privados, porque la protección de un bien cultural favorece a una comunidad y también favorece al colaborador privado. Generalmente la recuperación de un espacio tiene un costo muy alto a nivel económico y no tiene un retorno inmediato a quien hace la inversión, pero el retorno lo tiene de repente la comunidad cuando se genera la inclusión de ese sitio en un circuito turístico.

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