“Desde que arranqué, la docencia y el teatro se vincularon todo el tiempo. Soy de las pocas directoras de teatro que no viene de la actuación. La primera vez que alguien me dijo ‘vos tenés que dirigir’ fue porque me vieron dando clases en La Gaviota. Yo daba literatura, pero ponía actores en el escenario”, recuerda.
El libro se presentará el 7 de marzo en el Solís, junto a María Esther Burgueño y Fernando Miranda, autor del prólogo. Su título habla, según Percovich, de la “defensa del marginado, del no hegemónico, que el arte tiene que hacer”. 30 años después de haber estrenado Te casarás en América, los principios se mantienen. ¡Y las ganas!, parece querer gritar ella, encendida.
En 2025 cumplís 30 años de carrera: ¿qué son esas tres décadas para vos? ¿En qué cosas las ves reflejadas?
En que soy parte de una generación. Para los artistas es importante reconocerse en una. La nuestra fue la generación del 2000, a pesar de que no teníamos la misma edad porque yo empecé a dirigir un poco más tarde. Fuimos, con Mario Ferreira, Coco Rivero, Roberto Suárez, María Dodera y un poquito después Marianella Morena, quienes empezamos a hacer el teatro por fuera de las instituciones, a buscar otras dramaturgias, otras lógicas. Fuimos el cambio de siglo, la entrada al teatro de lo digital y el audiovisual, de los sitios específicos, porque hoy son comunes pero antes no. Yo hice teatro la caballeriza del Blanes, en una sinagoga, en la estación de trenes de Colón. Pasaron 30 años y hoy me siento en la madurez de mi trabajo creativo, también por el acumulado de esas demencias que hicimos con cero peso, con un esfuerzo tremendo, haciendo un teatro en Colón entre los trenes, por ejemplo. Son cosas que Uruguay permite, que Montevideo permite. Ahora voy a estrenar en la sala de los Constituyentes del Cabildo, y es un privilegio. Luego de estar enferma y de haber tenido cáncer, empecé a emplear el tiempo que me queda en lo que realmente creo. Si viniera alguien a pagarme para hacer lo contrario, diría que no. No lo necesito.
¿El cáncer te cambió las perspectivas a nivel artístico también?
Haber pasado por un cáncer tan jodido me permitió preocuparme menos por el qué dirán, por si alguien me quiere o no. Tengo una familia muy sólida, tengo amigos y amigas queridas que me acompañan y respetan, y sé que no podés ser amado por todo el mundo. Ahora administro mucho mi energía, voy a ver lo que tengo ganas, no estoy en los lugares por compromiso. Eso también te lo dan estas experiencias tan extremas como esta. La vida es un regalo y de un momento al otro puede cambiar. Cuando entré al consultorio, cuando me miraron y me dijeron "tenés cáncer y es serio", yo acababa de salir de mi oficina de la Intendencia, en un día normal, en otra dimensión. Ahí te das cuenta de que hay cosas por las que no vale la pena sufrir. Te enseña a pararte en el mundo. Eso me ha hecho quizás más combativa por las causas en las que creo, más batalladora por las desigualdades, más crítica de los lobbies de interés. Pienso en qué puedo aportar como artista a la gente. Siempre lo pensé, pero ahora más que nunca. Me cuesta tanto salir de mi casa, con el bastón, tomarme el ómnibus hasta Montevideo, trabajar sin ganar plata, que si lo hago es por convencimiento y porque creo que aporta algo a la sociedad, a la conversación. Sino, no lo hago. Mirarme el ombligo me aburre profundamente. Hoy necesito mirar el entorno de una manera más cruda. ¿Cuál es, como artistas, nuestra función en lo social? Porque aunque parezca que no, las torres de marfil todavía existen. Y mucha gente se queda ahí arriba.
Tus dos proyectos actuales dialogan y confluyen de alguna manera de esa postura. En el libro, está la huella de las mujeres maestras del teatro al frente; en Fiesta Patria, la diversidad cultural que ha quedado relegada de un teatro más hegemónico.
El libro y Fiesta Patria están muy vinculados. En el libro hablo de Florencio Sánchez y de cómo él negó un poco la impronta local desde ese anarquismo blanco de clase media; Florencio es un personaje de la obra. Y es verdad lo de las mujeres. Es algo que me parece inaudito: lo que le cuesta al teatro uruguayo aceptar la desigualdad de género que hay. No se acepta. Es más: cuando se planteó la necesidad de tener cuotas para mujeres en salas públicas, se llegó a hablar de que se estaba direccionando lo público. Las cuotas en el mundo existen por alguna razón. Si vos analizás cualquier lista histórica, la de la Comedia Nacional, la de los premios Florencio, incluso si mirás la cartelera, es recién en el siglo XXI que las mujeres vuelven a recuperar un lugar que a mitad del siglo XX tenían. No lo queremos ver, y hoy desde un lugar de dominación parece mal que las mujeres hablen de cosas de mujeres. A mí me han llegado a hacer comentarios fuertes. Yo nunca salgo de ver un espectáculo de varones y digo "uh, cuánta testosterona". Sí, claro, en mis obras puede haber olor a estrógeno, pero porque soy mujer, no me lo digas como un insulto. El tema es que no lo tenemos integrado de verdad el problema, y lo que ha pasado incluso con nuestro propio #MeToo fallido, que fue Varones Carnaval o Varones Teatro, demuestra que hay algo muy soterrada que no logra abrir. Invito a cualquiera a hacer el ejercicio de mirar las carteleras. Pasa en la música, en las artes visuales, pero en el teatro es peor. Y cuando se habla de la Xirgu, de Azambuya, siempre se dicen que eran mujeres fuertes, mandonas, que levantaban la voz, y está todo mal cuando eso pasa. Yo ahora en el mundo de las redes lo sufro. El nivel de violencia con el que se meten con mi orientación sexual, con mi pelo, mi edad, las cosas que me dicen son tremendas. Ojalá las nuevas generaciones de creadoras sigan conquistando el derecho a no tener que explicarse, a no ser la que sale de la norma, la única, la primera, una excepción.
Si bien el libro plantea una idea del monstruo como el diferente, el distinto, y a la necesidad de cobijarlo en las artes, me quedo con el sentido tradicional de la palabra para preguntarte: ¿cuáles son los monstruos a los que te enfrentaste en tu carrrera?
De todos los monstruos interiores que una tiene, lo peor fue las veces que transé con el sistema. Fue lo más peligroso. En algún momento estaba haciendo algo que en realidad no quería hacer, y lo hice por transar con un sistema de producción. Mi viejo era marxista, y yo me formé en un hogar donde el marxismo estaba muy presente, y sin ser comunista ni nada, porque lo fui pero dejé de serlo en los 90, siempre digo lo mismo: tenés que controlar los medios de producción. Cuando no lo hacés, el sistema te controla a vos. Y ese es un monstruo recontra peligroso.
¿En qué sentido "transaste" con el sistema?
Tuve momentos donde estaba en un sistema que me arrastraba a una forma de producir. Ahora volví al barro, a tener poca guita para producir, a remarla en dulce de leche, como cuando empecé. No siento que retrocedí, sino que volví a la esencia. Volví a ser la Perco que hacía teatro en Colón con Suárez y Troncoso viajando en tren. Hay algo en ese espíritu independiente que creo que no se debe perder. Quizás mucha gente no está de acuerdo y prefiere tener todos los fondos, pero eso te mete en un sistema que a mí no me hace sentir cómoda. Sí creo, y siempre lo creí, que hay que apoyar mucho las infraestructuras culturales para tenerlas a disposición para crear. Que se puedan presentar proyectos y tener el espacio. Eso es importante. Que la directora de Cabildo quiera arriesgarse con esta temporada teatral, que podamos aportar nuestro trabajo de forma honoraria, hacer un convenio que permita ganar-ganar, esas políticas me parecen geniales. Pero el monstruo al que le tengo miedo es la comodidad. No me gusta la comodidad. Incluso en las veces en que he trabajado con la Comedia, que fueron seis y me sentí muy cómoda, siempre fui a provocar un poco. Siempre planteé alguna discusión con el propio teatro, con el sistema, porque es ahí donde me siento más creativa, activa y desafiada. No tener ese control del descontrol me perturba.
Fuiste una de las pioneras en sacar al teatro de sus entornos habituales. En su momento era rupturista, hoy es algo más recurrente. ¿Por qué seguís creyendo que es valioso ir a los espacios no convencionales?
La sala teatral es una construcción occidental europea que formatea tu lugar como espectador. Vos tenés una sola opción: sentarte en tu lugar y mirar hacia el escenario. El espacio no convencional, como se llamaba en mi época, o el site específico como se le dice ahora, te da una libertad para construirte como espectador. Creo mucho en ese poder y me encanta que el espectador tenga la posibilidad de decidir en dónde pone la atención. Hoy que se habla tanto de descolonizar, no hay mayor descolonización que salir de ese tipo de teatro, el teatro italiano. No hay una mejor forma de deconstruir la escena y soltar el poder en la creación. Yo no tengo el poder de la obra, lo tiene el público. El mejor espectáculo es el que cada uno recuerda, no el que yo creo. Si yo no me corro del centro del poder, se nota, porque en realidad nunca tenés el control. Por eso odio que le pidan a la gente que apague los celulares en el teatro. ¿Por qué? El público debería tener la libertad de usarlo, de grabar, de que si suena, suene. Así es la vida.
O sea que si alguien prende un celular en Fiesta Patria está todo bien.
Al contrario, va a estar habilitado. Si querés grabar, vas a poder grabar. La negociación con la realidad tiene que estar. El teatro no puede estar de espaldas a eso. Cada creador y creadora va a encontrar sus técnicas, y muchos van a seguir diciendo apaguen el celular y no coman caramelos. Yo no. Estamos vivos, son artes vivas. La idea de la ceremonia, del silencio, de la oscuridad, para mí es un poco vieja. Muchas artes lo han entendido, pero el teatro es un poquito conservador.
¿Cómo era la Mariana que estrenó por primera vez en 1995? ¿Y cómo era la Mariana que estrenó hace diez años y en qué se diferencia esta?
La de 1995 era una inconsciente total. Me largué a dirigir sin venir de la actuación, éramos una manga de inconscientes que montaron una obra en una sinagoga. Ese espíritu yo lo adoro. Eso de no preocuparse mucho por la plata, de no tenerla, de querer hacer cosas igual, eso lo añoro. A mis 61 años pienso en ese momento sin responsabilidades y digo "qué divino".
El 2015, en cambio, fue un momento muy difícil para mí. Como feminista había peleado toda la vida para que las mujeres tuvieran cargos y era la primera vez que le ofrecían la Dirección de Cultura de Montevideo a una mujer. Por eso no podía decir que no, pero yo sabía lo que estaba abandonando. No me olvido más de esa noche de 2015 en la Sala Hugo Balzo, con mis futuros compañeros de gabinete en la platea y mis compañeros de Complot atrás, diciéndole al público que era mi último estreno porque iba a asumir. Fue un momento de desgarro. También mucha alegría después, porque fui a la oficina y me puse a laburar contenta, pero extrañé mucho hacer teatro. Si hoy me ofrecieran cualquier cosa, que no va a pasar, diría "no, quiero escribir libros y dirigir teatro". Lo tengo clarísimo. Pero en ese momento era lo que tenía que hacer.
A la Mariana de hoy le cuesta todo un poco más. Todavía soy joven, y aunque tengo un cuerpo con sus limitaciones, tengo el entusiasmo intacto. La inseguridad intacta. El miedo a fracasar intacto. Y el amor por lo que hago también.