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Puede escucharse el chillido. Ver que, sobre la copa de algún árbol alto, las ramas se mueven con más ímpetu de lo acostumbrado. Puede aparecer la sombra: una huella oscura que se imprime sobre la ciudad. Y la sensación de que ahí arriba hay algo que se mueve distinto, que observa distinto, que vuela con una cadencia que se impone.

Gavilanes, halcones, caranchos, picos curvos, garras afiladas: Montevideo está llena de aves rapaces. Su vida transcurre entre los pretiles de los edificios más altos y los pulmones verdes como el Parque Batlle o el Parque Rivera. La ciudad no es una excepción frente a otras capitales del mundo: Nueva York, Londres, San Pablo, todas tienen su cuota de rapaces, sus especies estables y peregrinas, y esa permanencia responde a factores que se intercambian y que alteran a las poblaciones dependiendo del momento histórico.

Hoy, en Montevideo, hay una especie en particular que predomina sobre el resto y que hace levantar cabezas e, incluso, produce cierta preocupación en algunas personas. Es un ave de gran tamaño, cuya hembra puede alcanzar los 55 cm de longitud, que presenta un plumaje de color pardo oscuro, patas amarillas y que tiene un grito fuerte, agudo e inconfundible: es el gavilán mixto.

No está claro cuándo se produjo la explosión de esta especie en la ciudad, ni de qué lugar vinieron exactamente, pero sucedió. A principios de la década del 2000, ver un gavilán mixto surcar los cielos montevideanos era prácticamente imposible; hoy su residencia habitual es la capital y también la ciudad de Canelones. El ornitólogo uruguayo Gabriel Rocha tiene un recuerdo claro que escenifica la magnitud del cambio que se produjo en los últimos veinte años con esta especie: para la tercera edición de su libro El país de los pájaros pintados, tuvo que pedir una foto de un ejemplar a Estados Unidos porque nadie en Uruguay había logrado fotografiarlo. Hoy, se ven a simple vista en varios barrios de la ciudad si uno presta atención.

“El gavilán mixto llama la atención. Es grande, grita mucho, está en el Centro, en Ciudad Vieja, en casi todos los barrios. Los llaman ‘los lobos del aire’, porque en general cazan en grupo, en torno a una hembra alfa. En la década pasada aumentó la población enormemente. Ellos colonizaron un nicho ecológico que no estaban usufructuando”, dice.

Rocha, que además de divulgador y autor —suya es la Guía completa para conocer a las aves del Uruguay, casi una biblia en esta materia en el país— es presidente de la Asociación Conservacionista Uruguaya de Ornitología (ACUO), indica que una de las razones que hace que esta especie haya proliferado en Montevideo es la gran cantidad de roedores y palomas que hay, que están al tope de su lista de presas.

“Antes de ellos, el que se alimentaba de palomas domésticas era el halcón peregrino, una subespecie que viene de EEUU y que se puede encontrar acá. Pero como no había tantos, el alimento sobraba en Montevideo. Y los gavilanes mixtos vinieron a ocupar ese espacio.”

El halcón peregrino, de hecho, es un ave rapaz frecuente en las ciudades del mundo desde hace algunas décadas. La escritora británica Helen McDonald, naturalista y cetrera que saltó a la fama con su novela H de Halcón, rastrea en uno de sus ensayos reunidos en Vuelos vespertinos la presencia de esta especie a lo largo del mundo.

halcón peregrino

Halcón Peregrino

“Los halcones han anidado en las edificaciones altas durante siglos, pero el incremento en los núcleos urbanos es un fenómeno relativamente reciente. (...) Hoy en día los halcones peregrinos se han convertido en una presencia habitual de las ciudades. Nueva York tiene unas veinte parejas reproductoras y Londres unas veinticinco. El hecho de anidar en rascacielos y de perseguir a las palomas por las calles de la ciudad les ha hecho desarrollar nuevos comportamientos como respuesta al entorno. Algunos han aprendido a cazar de noche, para atrapar aves que se ven mejor al estar iluminadas desde abajo por las farolas. Aunque las áreas urbanas no están exentas de riesgos: las fachadas transparentes, los cristales reflectantes y las repentinas rachas de viento alrededor de los edificios de gran altura pueden provocar aterrizajes forzosos. (...) A pesar de eso, la población de halcones está creciendo en las ciudades. Encaramados en lo más alto de las sedes corporativas, escudriñando el cielo y las calles de la ciudad, no resulta difícil ver en los halcones un reflejo de nuestra propia fascinación por la cosmovisión, la vigilancia y el poder.

Rocha indica que el halcón peregrino, en Montevideo, está presente pero su vida a gran altura hace que verlo a simple vista sea más complejo que al gavilán mixto. “Se posa en antenas altas, en pretiles de edificios muy altos. El halcón peregrino es la subespecie presente en Montevideo que tiene más velocidad, alcanza entre 320 y 350 kilómetros por hora en caída en picada”, dice sobre esta rapaz que migra en primavera y verano desde Canadá.

Además de gavilanes mixtos y halcones peregrinos, en la ciudad también se pueden divisar otras especies de aves rapaces: halcones comunes, caranchos, chimangos, ñacurutú, tamborcitos, lechuzón orejudo, lechuzas de campanario, algunos cuervos de cabeza negra sobre la rambla de Carrasco o en los humedales de Santa Lucía. En general, las especies alternan en zonas arboladas, como los parques Rivera, Battle, Rodó o el Jardín Botánico, así como también en la rambla de Punta Carretas y la zona del Golf.

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El vínculo con los montevideanos

En noviembre de 2022, un grupo de padres de la escuela n° 149, ubicada en el Cerro, denunció que un par de gavilanes atacó a un alumno y a una auxiliar de limpieza durante un recreo. Los animales tenían su nido en el patio de la institución, y luego del incidente fueron retirados por una empresa de cetrería que se encargó de la situación. Si bien el incidente despertó preocupación por el riesgo que pueda presentar esta especie cada vez más estable en la ciudad, Rocha asegura que son casos rarísimos: las aves rapaces no suelen meterse con los humanos a menos que se sientan en peligro real.

“Eran animales que estaban estresadísimos”, dice el ornitólogo. “Tenían un nido a pocos metros del lugar donde se hacía el recreo, donde había gritos y juegos como suele pasar en esos casos, y claro, eso estresa a los animales. Es casi imposible que te ataque un ave de este tipo. Ellos están comiendo ratas, ratones, palomas.”

gavilán mixto

Gavilán mixto

Más allá de esta “seguridad”, cohabitar la ciudad con estas especies ha despertado cierta preocupación en una parte de la población. Rocha asegura que las consultas a la ACUO son permanentes, y que la gente escribe temiendo hasta por sus mascotas.

“Los mails a nuestra organización son continuos. La gente nos escribe con miedo, preguntando si pueden lastimar a sus hijos chicos, o si les pueden llevar el gato. A veces también mandan fotos porque los escuchan chillar y preguntan por la especie, pero me han llegado a consultar hasta por el peligro de que un gavilán les robe la tortuga”.

Entre esa preocupación se ha generado una especie de leyenda urbana: que los gavilanes mixtos proliferaron en la ciudad porque un grupo de cetreros los liberó. Rocha no sabe de dónde salió esa teoría, pero asegura que no tiene sentido. “Es imposible, pero la gente lo repite. Como repite eso de que el hornero no trabaja los domingos”, ríe. Porque además, explica, no hay tantos cetreros. Y los que hay tienen mucho trabajo que hacer y su propio vínculo con estos animales.

Trabajo conjunto

En diciembre de 2025, las aves rapaces fueron tema en el Parlamento. Según informó Búsqueda en marzo de este año, el senador blanco Sebastián da Silva tenía una duda y la trasladó a Wilder Leal, secretario de la Comisión Administrativa, en medio de la sesión de la Comisión de Presupuesto: “¿Me puede explicar cuántos halcones hay, dónde duermen y si son fijos?”. El funcionario respondió que en el Palacio Legislativo se gastan unos $17 mil mensuales en controlar a las palomas que se cuelan y anidan en la zona de las calderas y evitar problemas más grandes en el sistema de calefacción. Y eso se hace a partir de la implementación de una disciplina milenaria que sigue vigente: la cetrería.

En su definición estricta, la cetrería es el arte de adiestrar aves rapaces con el fin de cazar con ellas. Los textos más antiguos sobre la implementación de esta práctica datan de hace seis mil años y provienen de la zona de Asia Central y Oriente Medio, aunque luego se extendió a China, Persia y, a través de Europa, a occidente. Originalmente nació como una forma de conseguir alimento para el ser humano, y con el tiempo derivó en una aplicación más utilitaria, que es el control biológico de plagas.

HALCON

En un control biológico, como el que se implementa en el Palacio Legislativo y en otras zonas de la ciudad, como en el Aeropuerto de Carrasco o en galpones privados, el objetivo no es matar, sino ahuyentar a la plaga de turno, como las palomas. El ave rapaz adiestrada por el cetrero crea un entorno inseguro para la presa, por lo que esta termina optando por irse a otro sitio.

El primer cetrero uruguayo fue Manuel Maier. Presidente de la Asociación Uruguaya de Cetrería y fundador de la empresa de cetrería Intercepta Uruguay, Maier empezó a meterse en el mundo de las aves rapaces a los 15 años. Hoy tiene 45 y es un referente.

“No había ningún cetrero acá. Empecé en el año 95 de forma autodidacta, con libros y videos. En ese momento se encontraba muy poco en internet. Yo vivía por el Prado, y ahí encontré un nido de halconcitos en el que pude capturar mi primer pichón. El primer pájaro que tuve fue una hembra de halconcito común que se llamaba Arwen, con la que capturé 74 pajaritos y después la devolví a la naturaleza”, cuenta Maier.

Mientras hacía sus primeras armas en la cetrería por su cuenta, y mientras se filmaba y subía videos a internet con su ave, trabajó en diversas cuestiones vinculadas a la conservación de las especies. En un momento le llegó una invitación especial: Nick Fox, el “Messi” inglés de la cetrería, le ofreció aprender con él en el Reino Unido.

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“Él es el cetrero número uno contemporáneo, y trabaja en el criadero de halcones más grande del mundo. Tiene más de 500 parejas de halcones. A él le llegaron unos vídeos míos, cazando con la bicicleta, y me invitó a trabajar con él. Y ahí empecé un viaje por los países donde tienen esta tradición milenaria. Estuve en Gales, en Inglaterra, en España, trabajando en criaderos y en control biológico.” Al volver creó Intercepta Uruguay y también la Asociación, donde trabajan en la conservación y recuperación de aves.

El vínculo entre el ave y el cetrero es especial. En el mencionado libro H de Halcón, de Helen McDonald, la autora cuenta en primera persona la forma en la que su unión a una hembra de azor llamada Mabel la ayudó a sobreponerse de la muerte de su padre. Encontró en la cetrería una forma de purgar el duelo.

“De todas las lecciones que aprendí en mis meses con Mabel, esta es la mayor de todas: que ahí afuera hay un mundo de cosas —rocas y árboles y piedras y pasto y todo lo que se arrastra y corre y vuela—. Todas son cosas en sí mismas, pero las volvemos comprensibles para nosotros al darles significados que apuntalan nuestras propias ideas del mundo. En mi tiempo con Mabel he aprendido que uno se siente más humano una vez que ha conocido, aunque sea en la imaginación, lo que es no serlo. Y también he aprendido el peligro de confundir la ferocidad que le atribuimos a algo con la ferocidad que realmente lo anima. Los azores son criaturas de muerte, sangre y violencia, pero no son excusas para atrocidades. Su inhumanidad debe ser atesorada, porque lo que hacen no tiene absolutamente nada que ver con nosotros.”

Para Maier el vínculo con el ave es fundamental. En la entrevista, su gavilán mixto, una hembra llamada Narsha, lo relojea bien aferrada de su guante y su tranquilidad parece apoyar la idea de que entre ellos hay confianza y años de trabajo en conjunto.

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El gavilán mixto es una ave muy inteligente y versátil, y el adiestramiento básico para poder soltarlo y que te vuelva al puño depende del ave y la experiencia del cetrero, pero ronda aproximadamente un mes. Después viene la parte más difícil, que es que te vea como un compañero de caza. Generar ese vínculo es lo que lleva más tiempo, y es lo máximo a lo que queremos llegar los cetreros”, explica.

Su fascinación con estas aves es incluso previa a la captura de su primer halcón. “Desde chico me quedaba mirando a los pájaros. Me llamaban mucho la atención las aves rapaces volando arriba. Y una vez que supe que se podía crear un vínculo con ellas, fue algo que cambió mi vida y no hubo retorno. Es un lazo muy difícil de explicar, porque ellos no son una mascota. En la cadena alimenticia están en el lugar más alto. No tienen depredadores. No es como un perro que entiende el estímulo negativo. A un perro le decís no y entiende. Si Narsha hace algo que no me gusta y yo le digo que no lo haga, no vuelve nunca más.”

Luego agrega: “Lo más lindo de la cetrería es que somos testigos de primera mano de algo que sucede todo el tiempo en la naturaleza, pero que no solemos ver: la disputa, la persecución entre la vida y la muerte del depredador presa, algo tan primitivo y tan animal. La primera vez que lo ves es algo muy difícil de explicar y te llega muy al fondo”.

Hoy, el centro de recuperación que encabeza Maier tiene aproximadamente veinte aves y trabajan en ellas con veterinarios de los Emiratos Árabes y otras partes del mundo. Los ejemplares heridos que les llegan son frecuentes, y la idea es siempre tratar al animal para que se incorpore con éxito a la naturaleza otra vez. Si por motivos físicos o psicológicos la reinserción es imposible, el ave se queda con ellos y se convierte en una compañera de cetrería. “Intentamos darles la mejor vida posible, lo más similar a sus pares silvestres, que puedan cazar todos los días”, dice.

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Una de las razones por las que aquella leyenda que dice que fueron los cetreros los que soltaron gavilanes mixtos en Montevideo es imposible es porque, directamente, las personas que se dedican a esta disciplina son más bien pocas. Maier explica que si nos ajustamos a la definición estricta de la cetrería, que es el acto de cazar en conjunto con el ave, apenas se cuentan cinco o seis en todo el país. Luego, el número sube a unos 30 cuando se trata de personas que tienen aves rapaces con las que realizan vuelos o que tienen otras empresas de control biológico. Si una persona quiere convertirse en cetrero, no existe un curso como tal para hacerlo, pero puede contactarse con la Asociación Uruguaya de Cetrería y lo pondrán en carrera con materiales, consejos y apoyo para hacerlo.

Por otro lado, desde la organización se está en diálogo con el Ministerio de Ambiente para establecer un marco regulatorio para esta práctica, de manera que encuentre vías más formales para su desarrollo.

“Para darte una idea, en Estados Unidos para tener el permiso de cetrero y poder volar tu ave rapaz tenés que estar dos años practicando como acompañante de un cetrero. En Europa, por otro lado, te hacen un examen teórico-práctico, que yo tuve que dar cuando estaba en Inglaterra, que tiene una dificultad bastante grande, y te dan la habilitación si lo pasás. Nosotros recomendamos que primero se lea mucho sobre el tema y después, idealmente, salir por un tiempo con alguien experimentado que empiece a transmitir el conocimiento. Primero hay que tener eso y después el ave, y en eso hacemos mucho hincapié porque sino el que sufre es el animal”, dice Maier. Narsha abre las alas, esconde la cabeza entre las plumas y después clava sus ojos afilados en él. Podríamos decir que están de acuerdo.

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