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¿Qué hacemos cuando, en un destello de lucidez, vemos con claridad la peor versión de nosotros y el camino que nos lleva hasta ese futuro? El cineasta colombiano Simón Mesa Soto hizo, naturalmente, una película. Su imagen eventual, ese contorno en el que no quiere dibujarse, se refleja en la vida de un hombre que ha malentendido sus propios ideales y se ha dejado vencer, incluso sin percatarse de ello. Es la imagen que se refleja en la vida del protagonista de Un poeta.

Estrenada hace algunos meses en la plataforma HBO Max y con funciones en Cinemateca desde este jueves, Un poeta fue una especie de pequeño fenómeno del cine latinoamericano en 2026. En buena medida la reacción la produjo su buen desempeño en festivales internacionales, entre ellos Cannes, pero también el magnetismo de una propuesta que basa su encanto en uno de los protagonistas más rechazables y al mismo tiempo entrañables del año: Óscar Restrepo, un veterano profesor de literatura y alcohólico irredento que entierra en noches étilicas y lloriqueos insoportables un proyecto de poeta fracasado en el que se quedó estancado.

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“Esta película es un retrato sobre mi peor versión del futuro, para reconectarme con la versión joven que empezó, llena de energía y emociones, desprovista de cualquier maquinaria, con el interés puro de hacer y amar el cine. Esa es para mí la poesía. Si renuncio a hacer cine, ¿en qué me convertiré? En un bohemio soñador que dejó atrás sus sueños”, le confesó hace poco Mesa Soto a la la revista Caimán Cuadernos de Cine, resumiendo en buena medida el problema principal de Óscar, su poeta: renunció a sus sueños, aunque él sienta que todavía pelea por ellos y que defiende ideales que, en realidad, lo dejan afuera de la conversación.

Este poeta fracasado, entonces, se pasea por las calles de una Medellín filmada en 16 mm que no le da tregua y tampoco esperanzas en su lucha por volver a recuperar la luz de la juventud. Y esto es: la escueta atención que recibieron sus primeros y únicos dos poemarios editados, que orbitan frente a él casi tanto como la imagen del poeta colombiano José Asunción Silva, su ídolo, modelo a seguir y también su cruz.

El problema, además de su alcoholismo rampante, es que la fealdad física de Óscar se conecta con su fealdad interior: es un vago bueno para nada, que esquiva las 8 horas hasta que lo fuerzan a trabajar, que desatiende su vínculo con su hija adolescente, que se aprovecha de su madre anciana y de su hermana, que se lo carcome la envidia cuando habla con sus pares del circuito literario paisa y que se deja masticar por el resentimiento que le genera que nadie atienda su autoproclamada genialidad poética. Óscar es un gran personaje gracias al texto de Mesa Soto, pero también a Ubeimar Ríos, un actor no profesional que cambió radicalmente el rumbo de la película cuando se le apareció en el casting al director y delineó un nuevo horizonte de posibilidades para Un poeta.

La mirada de Mesa Soto sobre Óscar no es, de todos modos, acusadora o castigadora: Un poeta es ciertamente cruel con algunos aspectos menos halagüeños de su protagonista, pero también lo mira con amor, o al menos cierta compasión. Y así lo justifica su director: “El mundo del cine es demasiado bello. Y a mí me molesta mucho la extrema belleza con la que se retrata en el cine. Los actores son bellos en general, algo muy lejano, que no me resulta interesante. Es la belleza de un mundo artificial. Por eso quería a Ubeimar Ríos como protagonista. Encuentro belleza en su rostro, en sus arrugas, en su forma de hablar. Y es el poder del cine. No lo veo como algo feo, lo veo como algo vivo, lleno de vida, de poesía. Y siempre voy a buscar ese tipo de belleza.”

La vida y la suerte de Óscar cambian cuando se cruza con Yurlady, una estudiante de los barrios periféricos de la ciudad que se revela como un prodigio involuntario de la poesía. Y a Óscar, a quien le cuesta mucho ver la belleza del mundo, de repente entiende: su fracaso vital y artístico puede redimirse si logra que Yurlady se convierta en la nueva referente literaria de la ciudad.

Pero Yurlady no tiene muchas ganas de ser la nueva referente literaria de la ciudad. Y entonces entra en juego una inteligente dinámica de presiones sociales, triquiñuelas literarias y un tono cáustico que impregna a la película de una frescura sarcástica deliciosa.

Así, Un poeta hace bailar a sus personajes en un carnaval de patetismo y desconcierto que fluctúa entre el humor ácido, el retrato sardónico del mundillo literario y la tragicomedia social que envuelve a la familia de Yurlady; también entre las buenas intenciones de Óscar y sus proyecciones egoístas y manipuladoras. Si a Mesa Soto este tránsito le sale tan bien, es por el enorme trabajo de Ríos y su antológico personaje, que se desdobla entre la belleza de una poesía que se resiste al fracaso y el impulso autodestructivo de un hombre quebrado. Un poeta que conduce a la película a estar entre las mejores del año.

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